Tras unos minutos de oración y de reposo, de alabanzas a Dios, a la Virgen y a su enviada, la madre Beatriz de Silva, ambas mujeres se incorporaron.
—¿Qué hacemos, Verónica? Yo tampoco puedo con mi alma.
—Creo que lo mejor es llevarse a la novicia a su celda para que descanse y mañana comprobaremos cómo se encuentra. Hay que abandonarse a la voluntad divina y confiar plenamente en Él.
—Desde luego, pero… ¿no será mejor pedir ayuda? No sé si entre las dos podremos cargar con su cuerpo.
—No, Concepción. Hay que ser discretas. Con todo el pánico que se ha instalado en la ciudad y entre estos muros ¿a quién le pediríamos que se arriesgara a contagiarse? Te lo repito, son hermanas, mujeres de carne y hueso, no santas. Aunque sea a rastras, tendremos que hacerlo nosotras solas.
—Es verdad. Sería pedir demasiado ni sería justo. Espera un momento; trataré de despertarla pasando un paño húmedo por su cara y cuello. Tal vez nos apañemos.
Usando un trapo sumergido en agua fresca, la enfermera trató de espabilar a Consolación, la cual, atontada, no acababa por recuperar la conciencia. Fue justo el impulso que necesitaban. Efectuando un esfuerzo sobrehumano, al fin las dos monjas pudieron conducir a la novicia hasta alcanzar su habitación. Por fortuna, la joven pudo dar unos pasos, aunque siempre auxiliada por los brazos de las otras dos monjas.
Lo que ninguna sabía es que la recién llegada al convento procedente de Toledo, la hermana Martina, tras haber sido sometida a procedimiento disciplinario y movida por la curiosidad, había observado entre las sombras de la oscuridad el traslado de la joven desde la enfermería hasta su estancia. Poco después, con cada hermana en su celda, un tenso silencio volvió a adueñarse de la abadía, una construcción que llevaba a sus espaldas casi cien años aguantando todo el peso de su historia.
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Un rato antes de que empezase a alborear, la hermana Martina llamó varias veces a la puerta de la habitación de la hermana Carmen.
—¿Qué son esas prisas? ¿Quién llama? —se escuchó desde dentro de la celda.
—Soy yo, abre.
—Pero, ¿qué quieres a estas horas, Martina? Aún queda un rato para bajar. Por Dios, si ni siquiera ha clareado.
—Calla y déjame entrar.
—¿Qué estás diciendo, imprudente? ¿Ya te has olvidado de la advertencia que nos hicieron ayer? No estoy tan loca como para contagiarme. Aún pretendo vivir, por si no lo habías pensado.
—Pues a mí, la verdad, me da todo igual —expresó con un gesto despectivo la monja mientras que penetraba en la estancia y cerraba con rapidez la puerta—. Ya verás como tú y yo estamos a salvo.
—¿De qué hablas, chiflada? ¿Acaso puedes predecir el futuro?
—No puedo, pero sí conozco el presente y eso es lo más bonito que tenemos.
—¿Ya estás de nuevo con tus muestras exageradas de afecto? Te gusta ignorar que vivimos en un convento de clausura y que como tales, debemos respetar unas normas.
—Ah ¿sí? ¿Y qué está por encima de eso? No me digas ahora que las leyes creadas por los hombres están por encima de las leyes naturales y de todas estas, la más importante es la relativa al amor.
—¿Amor, hermana? Permíteme que me ría a estas horas de tu «exposición doctrinal». Yo no lo denominaría así. Nada más llegar, me miraste y penetraste en mí, pero yo a eso lo llamaría lascivia y no otra cosa. Por ahora, eso es lo que tú me has ofrecido. Deja de engañarte, anda.
—Vale, acepto el desafío de tus palabras. Sin embargo, habrás de convenir que tú bien que has aceptado mi propuesta. Que yo sepa, en ningún momento te has opuesto a mis caricias y a mis besos.
—Baja la voz, por lo más sagrado. Si alguien oyese esta conversación nos denunciarían y nos enfrentaríamos a un tribunal. Ya sabes de las consecuencias. Ninguna de las dos se salvaría, da igual que hayas sido tú la que has iniciado todo y que yo no me haya resistido. La responsabilidad es compartida, estúpida.
—¿De qué te quejas, Carmen? Del resto de hermanas, solo a ti te hallé receptiva. Se te nota a leguas que el amor de otra mujer es lo que más te conviene y donde te recreas. ¿Es que lo niegas?
—No lo niego. Nací así, digamos que desviada. Desde la adolescencia tenía claras mis inclinaciones. Y reconozco que tú tienes mucho poder en tu mirada y en tus gestos sobre mí. Viniste hace poco, tras la muerte de la antigua superiora y no me hizo falta investigar mucho para comprobar que tú y yo éramos de la misma condición. Sin embargo, has de admitirlo: tú eres más osada y proclive al placer sensual, ese que da la carne al tocarla. Te lo dejaré claro, Martina. No quiero que luego te lleves sorpresas. Tarde o temprano, todo este juego nos traerá problemas. Por eso te digo que debemos extremar la cautela y más en estas horribles condiciones extraordinarias. De la vida a la muerte solo existe un paso. No sé si eres consciente de ello.
—Sí. Soy de la opinión de que, para morirse, solo hace falta estar viva. De todas formas, no te inventes más historias de las tuyas, que eres muy tendente a la imaginación acelerada. En vez de ver el lado negativo, hay que disfrutar de la compañía mutua. Todavía somos jóvenes.
—Vaya, ahora te mientes a ti misma como una cría. Joven soy yo que acabo de hacer los treinta. A ti te resta muy poco para los cuarenta, por lo que envejecerás antes que yo.
…continuará…

