—Hija mía —comentó don Diego mientras que se levantaba de la silla y se acercaba a Verónica—. ¿De verdad que no has sufrido ningún tipo de presión para permanecer aquí? Tengo entendido que la superiora es una buena mujer, prudente y equilibrada en su proceder. No sé, pero aquí hay algo que no encaja. Es cierto que yo no te conocía tan bien como tu madre Catalina, entre otras cosas, porque yo pasaba mucho tiempo fuera de casa por mis obligaciones. También es verdad que tú eras la única niña de nuestra familia y, además, la más pequeña, lo que provocó que la condesa se concentrase más en tu educación y cuidados. Sin embargo, no olvides que soy tu progenitor y que hemos pasado miles de días y de horas juntos.
—Mi señor, no entiendo bien ese discurso que insiste en elementos que ambos conocemos. ¿Adónde queréis llegar?
—Verás, soy hombre de palabra y de principios y por ello, respeto tu libertad. No quisiera retornar a mi palacio sin contar con la absoluta seguridad de que has sido tú y no otros los que han tomado la decisión de que te dediques a la vida religiosa. Examina con cuidado un aspecto, Verónica: entrar aquí es bien fácil, sobre todo si tienes a alguien como yo que te respalde, pero salir de este lugar ya no me parece tan sencillo. Sabes que una monja arrepentida de su vocación constituye un lastre social nada desdeñable. Las personas de condición noble como nosotras debemos mantener una reputación. Forma parte de nuestra tradición y representa un deber el dar ejemplo de buena conducta y rectitud ante la sociedad. Me pregunto: si por las razones que sean te arrepientes de tu dictamen ¿eres consciente de las consecuencias, de las puertas que se te podrían cerrar incluso para concertar en el futuro un buen matrimonio?
—Lo soy, padre. He tenido en cuenta esa contingencia que toda mujer debe considerar. Aun así, ni siquiera hay fecha para que yo realice mis votos. Primero, tendré que superar mi etapa de formación.
—Sí, entiendo. Tal vez me traicione mi instinto por tener todo controlado. Por favor, mi niña, piénsalo bien, que solo tienes diecisiete años.
De repente, se hizo el silencio en aquella estancia cercana a la entrada del convento y que se utilizaba para recibir las escasas visitas que allí se producían. Se produjo un curioso cruce de miradas entre padre e hija que se interrumpió tras tomar don Diego la palabra.
—Verás, ya sé lo que voy a hacer. Te noto muy convencida en tu planteamiento, mas he hallado una salida a esta coyuntura que para mí resulta cuando menos complicada. Eres mi benjamina y debo responsabilizarme de ti, tal y como habría hecho tu madre si siguiera entre nosotros. En ese sentido, dejaré transcurrir tres meses más. Si en ese período, no recibo ninguna noticia en contra de tu parte, entenderé que tu decisión de quedarte en el monasterio es definitiva y yo me quedaré conforme y tranquilo con tu elección. ¿Estás de acuerdo, Verónica?
—Sí, padre. Cúmplase tu voluntad —respondió la joven que no tenía muchas ganas de prolongar aquella conversación que le parecía no llegar a ninguna parte.
—Bien, ya me marcho. ¿No me quieres pedir algo más? Lo que tú me solicites, te lo otorgaré, salvo que lo que demandes le corresponda a Dios.
—Gracias, padre. En ese caso, deseo haceros dos peticiones. Primero, me gustaría que mantuvieseis la asignación que aportáis regularmente a este convento concepcionista. Que esa ayuda que inauguró mi madre vos la conservéis. Nos vendrá bien ese sostén económico que desde hace años nuestra familia patrocina para seguir con normalidad nuestras actividades comunes.
—Concedido, hija. Todo aquello que mejore las condiciones de esta comunidad repercutirá positivamente sobre ti. Se lo comentaré a la abadesa antes de irme.
—Gracias, padre. Sin duda que se trata de una buena mujer y una excepcional educadora. No hay ningún motivo para la desconfianza en cuanto a su gestión.
—Lo sé. Me he informado de ello y tienes toda la razón. Y a todo esto, ¿cuál es tu segunda petición?
—Esta es la realmente importante para mí. Veamos, ¿podría saber a qué familia le habéis otorgado la custodia de mi pequeña Beatriz?
—Vaya, has sido muy perspicaz dejando para lo último tu verdadera pretensión. Querida, seré directo contigo. Esa información no me es posible revelarla. Y, de veras, no quisiera que insistieses con esa cuestión. Hace tiempo que hablamos de ello. La hija del conde de Valcárcel no puede andar por ahí con una niña en sus brazos concebida sin que se sepa ni siquiera la identidad de su progenitor. Lo siento, pero sería un escándalo.
—Ya, don Diego de Nebrija y sus escándalos. Solo cuenta la reputación, el honor y conservar el prestigio social. Mientras tanto, se quiebra con toda la crueldad del mundo el más sagrado vínculo: el que existe entre una madre y la criatura que ha parido. Pero es verdad, conociéndoos no sé ni por qué me hago ilusiones. Si consentisteis en que el médico «secuestrase» a la cría, por qué me iba a enfadar ahora con quien organizó semejante acción.
—Vaya por Dios, mi querida Verónica, mi «tierna» hija, manifestando su arrolladora personalidad, esa que mostraba desde que tenía uso de razón. Menos mal que ese carácter osado también te sacará de dificultades cuando proceda. A Dios gracias, sé que no eres débil y que no te dejarás manipular por otras mentes más experimentadas. Si eres capaz de reaccionar así frente a quien más te quiere, imagina tu respuesta ante cualquier extraño que pretenda aprovecharse de ti.
—Gracias por vuestro elogio, mi señor, aunque no sé qué cantidad de crítica se esconde detrás de vuestras palabras.
—Piensa una cosa. Tu hija se halla en buenas manos o ¿crees que no me he preocupado por cerciorarme de la dignidad de esas personas? Ellos han respetado tu voluntad y en consiguiente, la cría llevará el nombre que tú quisiste para ella: Beatriz. A mí me hubiese gustado más que se llamase Catalina, como su abuela, pero he consentido en tu deseo. Es justo que mi nieta tenga el nombre que su madre ha pensado para ella. En resumen, no te preocupes por este asunto. Tu chiquilla crecerá en un entorno seguro, pero no te revelaré su identidad.
…continuará…

