La palabra golpeó a María con una violencia inesperada.
—¿Cobarde?
—Sí.
María tuvo que controlar su respiración.
—¿Por qué piensa eso?
Merche se encogió de hombros.
—Porque todos tenemos problemas.
María permaneció callada.
—Unos más graves que otros, claro. No voy a comparar dolores. Perder al marido de aquella manera tuvo que ser terrible. Pero de ahí a quitarte la vida hay un trecho.
María apretó los labios.
—Mire, yo estoy a punto de cumplir cincuenta años y el año pasado mi marido me dejó por otra mujer.
—Lo siento.
—Y yo también.
La vecina soltó una breve risa amarga.
—Después de tantos años juntos decidió que prefería a una más joven. Imagínese cómo me sentí.
María la observó con atención.
—Yo había estado a su lado en los buenos momentos y en los malos. Había aguantado muchísimo por aquella relación.
—Tiene que haber sido muy doloroso.
—Lo fue. Pero ¿qué tenía que hacer? ¿Atarme una cuerda al cuello?
María sintió un escalofrío.
—No.
—Exactamente.
La vecina negó con firmeza.
—¿Iba a terminar con mi vida porque un hombre decidiera abandonarme?
María bajó los ojos.
—Supongo que no.
—Pues claro que no.
Merche continuó hablando, ajena al terremoto que provocaba en su interlocutora.
—Uno llora, se hunde durante un tiempo, se enfada con el mundo… pero después hay que levantarse.
—No siempre resulta fácil.
—Nunca he dicho que lo sea.
La respuesta sorprendió a María.
—Pero una cosa es que algo sea difícil y otra rendirse definitivamente. Por eso pienso que María se equivocó.
—Quizá estuviera sufriendo mucho más de lo que usted imaginaba.
—Seguramente.
—Tal vez llegó un momento en que no pudo ver ninguna salida.
—Puede ser. Yo no estaba dentro de su cabeza.
Aquella pequeña concesión alivió algo a María.
—Pero sigo pensando que debió pedir ayuda.
—¿Ayuda?
—Sí. A quien fuera. A su familia, a un médico, a una amiga, a un vecino… Lo que no se puede es marcharse dejando detrás a un hijo en plena adolescencia.
María quedó inmóvil.
Tony. Otra vez Tony. Siempre Tony.
—¿Lo conocía?
—Claro. Era un buen muchacho. Pobre crío.
María sintió cómo las lágrimas amenazaban con aparecer.
—¿Qué fue de él?
La vecina se encogió de hombros.
—No lo sé con detalle. Después de aquello todo se complicó y acabó marchándose del piso.
María miró hacia arriba. Ahora entendía por qué había otros viviendo allí.
—La vida sigue. Yo creo que solo tenemos una —añadió—. Y precisamente por eso hay que aprovecharla.
María levantó la cabeza.
—¿No cree que exista nada después?
—Nada. Cuando se acaba, se acabó.
María pensó en Ángel. En doña Ana. En Antonio. En Tony. En todo cuanto había visto desde que abandonó su cuerpo. Por primera vez sintió deseos de sonreír.
—Puede que algún día se lleve una sorpresa.
Merche arqueó las cejas.
—¿Cómo dice?
—Nada. Una tontería.
…continuará…

