Antonio entrelazó las manos.
—Antes de marcharse, aquel caballero nos dijo algo que se me quedó grabado. Nos explicó que, aunque nos sintiéramos desorientados, todo estaba organizado para nuestro bienestar y para ayudarnos a comprender las causas que nos habían llevado hasta allí.
—No para castigaros.
—No. Y eso fue importante.
Antonio levantó la mirada.
—Hasta ese momento yo todavía tenía miedo de que aquello fuese una especie de prisión o un lugar donde debía pagar por mis errores. Pero aquel hombre no habló en ningún momento de castigos.
—¿De qué habló entonces?
—De comprensión. De aprendizaje. De recuperación.
María quedó en silencio.
—Eso cambia mucho las cosas.
—Muchísimo.
Antonio respiró profundamente.
—Aun así, durante un rato seguí pensando que todo podía ser un sueño. Una especie de fantasía demasiado elaborada de la que en algún momento despertaría.
—Pero no despertaste.
—No.
—¿Y cómo acabaste aceptándolo?
Antonio miró alrededor, como si volviera a contemplar los rostros de sus antiguos compañeros.
—Observándolos.
—¿A los demás?
—Sí. Uno puede dudar de sus propios sentidos, pero cuando contempla a otras personas reaccionando ante la misma situación, todo empieza a parecer más real.
Recordó aquella escena con intensidad.
—Había quien lloraba. Otros permanecían serios. Algunos parecían enfadados. Uno de los hombres no dejaba de mirar hacia las puertas como si estuviera buscando una salida.
—Entonces comprendiste que ellos también estaban viviendo aquella experiencia.
—Exactamente.
Antonio asintió.
—Y pensé que lo peor que podía hacer era negar lo que tenía delante. Si aquello era real, debía aprovecharlo. Y si fuese un sueño… tampoco perdía nada por intentar aprender de él.
María sonrió.
—Eso sí me parece razonable.
—Poco a poco, el ambiente fue cambiando. La tensión inicial se transformó en una especie de curiosidad compartida.
—Como si todos estuvierais esperando que empezara una clase.
—Algo parecido.
Antonio volvió a observar mentalmente la sala.
—Recuerdo que conté a los presentes. Éramos doce en total: ocho hombres y cuatro mujeres.
—Una docena exacta.
—Sí. Y cuanto más observaba sus expresiones, más convencido estaba de que todos habíamos llegado allí por motivos semejantes.
María se llevó una mano a la barbilla.
—Eso encaja perfectamente con la idea de una terapia grupal.
Antonio la miró con atención.
—Continúa.
—Si os habían reunido por experiencias parecidas, lo lógico sería que quisieran ayudaros a comprender cómo habíais abandonado el mundo físico, qué decisiones os condujeron hasta allí y qué consecuencias habían tenido.
Antonio permaneció callado.
María siguió desarrollando la idea.
—Quizá el objetivo no fuese únicamente recordar lo sucedido. Tal vez pretendían que relacionaseis causas y efectos. Que comprendierais por qué actuasteis como lo hicisteis y qué podíais aprender de todo aquello para continuar evolucionando.
Antonio abrió ligeramente los ojos.
—Un momento.
—¿Qué ocurre?
—Yo estoy muerto y tú todavía no.
María soltó una pequeña risa.
—Hasta donde sabemos.
—Lo digo en serio. ¿Cómo es posible que estés anticipando con tanta precisión lo que ocurrió allí?
Ella dejó de sonreír.
Durante unos segundos pensó en doña Ana.
—Porque creo que estoy empezando a comprender ciertas cosas.
—¿Gracias a Ángel?
—También. Pero sobre todo gracias a una mujer.
—¿Qué mujer?
—Una anciana de la residencia donde trabajaba. Se llama Ana.
Antonio frunció el ceño.
—Recuerdo aquel sitio. Siempre me pareció bastante triste.
—Pues aquella mujer tiene más vitalidad interior que muchas personas de veinte años.
María sonrió al evocarla.
—Mantuvimos una conversación larguísima. Me habló de su vida, de su hijo, de su marido… y de muchas otras cosas que jamás habría esperado escuchar.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—Mucho.
La expresión de María adquirió una serenidad diferente.
—Doña Ana me hizo reflexionar sobre por qué estamos aquí, sobre lo que hacemos con nuestras decisiones y sobre la forma en que el sufrimiento puede convertirse en una oportunidad para aprender.
Antonio la observaba con creciente interés.
—¿Era religiosa?
—No exactamente. Era profesora de historia.
—¿Profesora?
—Durante muchos años.
María sonrió.
—Y quizá por eso tenía esa costumbre de convertir cualquier conversación en una lección.
—Parece que hizo un buen trabajo contigo.
La frase sorprendió a María.
Durante unos segundos permaneció callada.
—Puede ser —admitió finalmente—. Tal vez mucho mejor de lo que yo misma había comprendido.
Antonio contempló a su antigua esposa con una expresión diferente.
Por primera vez desde que habían vuelto a encontrarse, tuvo la impresión de que María ya no era exactamente la misma mujer desesperada que había llegado hasta aquella carretera.
Algo estaba cambiando dentro de ella.
Y ambos empezaban a darse cuenta.
…continuará…

