LAS TRES VIDAS DE MARÍA (57) El mundo siguió sin ella

María continuó caminando con una sensación cada vez más incómoda.

La conversación con Tony había dejado una idea clavada en su pensamiento: las decisiones nunca terminan en uno mismo. Se extienden hacia los demás, como ondas sobre el agua. Hechos-consecuencias.

Dos palabras sencillas que ahora adquirían un peso insoportable.

No era el dolor físico lo que más la castigaba. Era algo más profundo, una especie de penitencia interior que parecía envolverla por completo.

Y, aun así, entre tanta angustia apareció un pensamiento capaz de proporcionarle un instante de esperanza. Tony le había pedido que volviera al día siguiente. Volvería a verlo. La sola posibilidad consiguió arrancarle una sonrisa fugaz.

Casi sin darse cuenta llegó a la calle donde había vivido durante tantos años. Se detuvo en la acera de enfrente. Allí estaba el edificio. El mismo portal. Los mismos balcones. La misma pequeña terraza.

Pero algo resultaba distinto. María permaneció inmóvil, observando con atención.

Entonces apareció una mujer joven en la terraza de su antiguo piso. Sacó un tendedero y comenzó a colocar algunas prendas.

María sintió un sobresalto.

—¿Quién será?

Durante unos segundos se permitió imaginar una posibilidad.

¿La pareja de Tony? ¿Viviría todavía allí su hijo?

La idea consiguió incluso ilusionarla, pero la respuesta llegó enseguida.

Un hombre de unos treinta años apareció detrás de la muchacha, la rodeó con los brazos y le dio un beso en el cuello. Ambos sonrieron.

María sintió que algo se rompía dentro de ella. Aquellas personas no tenían ninguna relación con Tony. Eran desconocidos. Su casa ya no era su casa.

Permaneció observando la escena, incapaz de apartar la mirada. Cinco años. Solo cinco años y, sin embargo, todo parecía haber continuado sin ella. Otros dormían en su dormitorio. Otros preparaban la comida en su cocina. Otros salían a aquella terraza. Otros llenaban de conversaciones las habitaciones donde ella había criado a su hijo.

María bajó la cabeza. La calle seguía estando allí y también el edificio. Pero ya no le pertenecían. Era como despertar después de un coma prolongado y descubrir que el mundo había continuado girando mientras uno permanecía detenido.

—La vida sigue… —murmuró.

Volvieron a su memoria las palabras de Tony.

De pronto, algo captó su atención. Una mujer se acercaba al portal. María la reconoció inmediatamente.

—Merche…

Era la vecina del primer piso. Durante años habían coincidido en la escalera, en el ascensor y en pequeñas conversaciones cotidianas. Nunca habían sido amigas íntimas, pero sí habían mantenido una relación cordial.

María sintió una necesidad inmediata de acercarse. Necesitaba respuestas.

Cruzó la calle.

—¡Señora! ¡Disculpe!

Merche se volvió.

—¿Sí? ¿Qué quiere?

María se quedó mirándola.

—Perdone… ¿usted se acuerda de mí?

La mujer frunció el ceño.

—¿De usted?

La observó detenidamente.

—Pues no. ¿Por qué debería acordarme? ¿Nos conocemos?

María sintió otra punzada. Claro. Aquello formaba parte de la prueba. No podía presentarse como quien era.

—No, disculpe. Me he explicado mal.

Respiró profundamente.

—Usted es Merche y vive en el primer piso, ¿verdad?

La mujer dio un paso atrás.

—Sí.

Su expresión cambió.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Yo era amiga de María, la mujer que vivía arriba.

Merche abrió ligeramente los ojos.

—¿María?

—Sí. Hablábamos mucho y alguna vez me comentó cosas de los vecinos.

La otra mujer relajó el gesto.

—Ah, ya entiendo.

Después negó con la cabeza.

—Pobre María.

Aquellas dos palabras hicieron estremecerse a la aludida.

—Supongo que sabe cómo terminó todo.

María asintió.

—Me contaron que murió.

—Se ahorcó.

Merche pronunció la frase con naturalidad. María sintió que le faltaba el aire.

—Hace unos cinco años ya.

—Sí… eso me dijeron.

La mujer levantó la mirada hacia su antiguo piso.

—Hacía mucho que no pasaba por aquí. Al verlo me han venido muchos recuerdos.

Merche suspiró.

—Fue una historia muy triste.

María dudó unos instantes.

—¿Estaba realmente tan mal?

—No sabría decirle.

La vecina miró hacia la fachada.

—Hay personas que guardan muchas cosas dentro y los demás ni nos enteramos.

María sintió que aquellas palabras se acercaban peligrosamente a la verdad.

—Quizá tuvo mala suerte —añadió Merche.

—¿Mala suerte?

—Su marido había muerto atropellado años antes.

—Sí, lo sé.

—Aquello tuvo que afectarle muchísimo.

Merche hizo una pausa.

—María tampoco era de ir contando sus penas por ahí. Era bastante reservada.

—Tal vez necesitaba desahogarse y no supo cómo hacerlo.

—Puede ser.

La vecina permaneció pensativa.

—Pero si quiere que le diga lo que realmente pienso…

María sintió un presentimiento desagradable.

—Dígamelo.

Merche la miró directamente.

—Creo que fue una cobarde.

…continuará…

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Jue Oct 29 , 2026
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