LAS TRES VIDAS DE MARÍA (24) El árbol de tu vida

—Querida, siempre he procurado guiarme por el sentido común, aunque reconozco que hay momentos en los que las emociones pueden arrastrarnos. Lo que intento decirte, María, es que cuando llegan las dificultades conviene compartirlas y no encerrarlas dentro de una coraza. Hay que aligerar la carga, y para eso existen los demás. Siempre encontrarás a alguien dispuesto a escucharte y, al mismo tiempo, esa persona también se sentirá aliviada al compartir contigo sus propias preocupaciones. No existen seres humanos que vivan sin problemas. Puedes darlo por seguro.

—Sí, lo entiendo —admitió María con una mirada receptiva.

—La peor etapa de mi vida llegó con la pérdida de mi hijo y de mi marido. De aquel dolor aprendí muchas cosas. También sé que tu esposo murió hace años, pero aún tienes a… a…

—A Tony. Lo llamo así para distinguirlo de su padre, Antonio.

—Eso es. Lo había olvidado. Después del suicidio de mi marido, lo que yo habría dado por tener un adolescente en casa al que cuidar y orientar. Ya sé que no es una tarea sencilla, pero no te fijes únicamente en las dificultades. Mira también el privilegio que supone tener a alguien por quien levantarte cada mañana. Eres una mujer joven, con muchas facultades todavía.

—Sí, estoy de acuerdo. El problema es que no me siento con fuerzas. Ni siquiera me considero capaz de sacar adelante a mi hijo.

—María, concéntrate —replicó la anciana con una firmeza inesperada—. ¿Existe acaso alguna tarea importante que no tenga su cuota de dificultad? Me da la impresión de que uno de tus mayores errores consiste en creer que las cosas deberían ser fáciles para poder afrontarlas. Y la vida no funciona así. Más vale que te arranques de la cabeza esa idea tan simplista.

Ana hizo una breve pausa.

—Piensa un momento. ¿Conoces a alguna madre que pueda educar a sus hijos sin estar pendiente de ellos? ¿Desde cuándo los niños maduran solos? ¿Desde cuándo se aprueban los exámenes sin sentarse a estudiar?

María bajó la cabeza y apoyó los codos sobre las rodillas. Permaneció en silencio.

Por un lado, sentía una punzada de enfado. Aquella conversación estaba dejando al descubierto sus debilidades y, sobre todo, la forma equivocada en que había afrontado los desafíos de su existencia.

Pero, al mismo tiempo, Ana le estaba ofreciendo una alternativa a la única respuesta que ella había contemplado durante años: dejarse arrastrar por la corriente de los problemas.

Y había sido precisamente esa actitud, repetida una y otra vez, la que la había conducido a la decisión más extrema de su vida.

Con los ojos humedecidos, terminó por hablar.

—Doña Ana, son demasiadas cosas… Me está obligando a pensar, y eso me hace sentir peor porque me coloca frente a mis fantasmas, frente a mis contradicciones. Hay algo dentro de mí que se está removiendo. Es toda esa mierda que llevo acumulando desde que me quedé sola con mi niño.

—Lo sé, María. Esta conversación te incomoda porque pone de manifiesto tu falta de voluntad para agarrar con firmeza el timón de tu vida. Pero nunca voy a animarte a que continúes por ese camino. Hasta los barcos más sofisticados necesitan un buen capitán. Cuando arrecia el viento o aparece la tormenta, hay que reaccionar. De lo contrario, el naufragio resulta inevitable.

—Será eso. Que ya no me importa naufragar. Ni siquiera ahogarme.

—Y yo te hablo como amiga —replicó Ana—, porque siempre te consideré la mejor trabajadora que pasó por esta residencia. Tengo claro que las soluciones mágicas no existen. Esas pertenecen a los cuentos infantiles. Los adultos somos responsables de nuestras decisiones.

La anciana señaló discretamente su silla de ruedas.

—Mírame. Tengo casi noventa años y aún conservo la capacidad de pensar. ¿No crees que tendría motivos más que suficientes para quitarle los opiáceos a la anciana con cáncer que ocupa la habitación de mi pasillo y despedirme para siempre de este espectáculo deprimente? Sería un método indoloro. Incluso más eficaz que una cuerda.

María asintió lentamente.

—La vida no me ha tratado precisamente con delicadeza. ¿No habría sido legítimo desear una existencia en la que pudiera ver a mi hijo casado y abrazar a mis nietos mientras envejecía junto a mi esposo? Claro que sí. Y, sin embargo, aquí sigo.

La anciana la observó fijamente.

—Tal vez, en mis circunstancias, tú te habrías rendido mucho antes.

—Me está dando una lección tras otra, doña Ana. Y le confieso que siento vergüenza. Tengo treinta y ocho años. Hoy eso sigue siendo juventud. Sin embargo, paso gran parte del tiempo quejándome de mi vida. Hay días en que me invade una rabia tan grande que termino agotada.

—¿Rabia? —sonrió la anciana—. Pues imagina la mía. Todo el santo día entre estas paredes, de la cama a la silla y de la silla a la cama. Menuda aventura.

Las dos mujeres compartieron una sonrisa.

—¿Sabes qué pienso?

—Dígamelo. Empiezo a creer que cualquier cosa que me diga me hará bien.

Ana le tomó las manos.

—Has mencionado la rabia. Pues utiliza esa energía. Aprovecha el enfado para reconstruirte. Deja de lamentarte, deja de perder el tiempo en quejas estériles y ponte en movimiento.

—Ese es el mensaje de siempre. Muy fácil de decir y bastante más difícil de cumplir.

—Por supuesto. Pero también sabes que no existe acción más noble que la que emprendemos para ayudar a otros. Eso está escrito en la conciencia de todos nosotros.

La anciana apretó suavemente sus manos.

—Dios te ha puesto en mi camino y, como vieja profesora, tu presencia ha despertado algo que creía dormido. María, ha llegado tu hora de vivir. Y si no quieres hacerlo por ti, hazlo por aquello que más amas.

—¿Tony?

—Claro que sí. Él también es tu prójimo. Quizá el más cercano de todos.

Ana levantó la mirada hacia los árboles del patio acristalado.

—Contempla el árbol de tu vida. Está lleno de frutos. Frutos que puedes ofrecer a quienes se crucen contigo. ¿Vas a cortar el tronco y negarles a los demás tu cosecha?

La anciana sonrió.

—No. Te conozco bien. Y tú no eres tan egoísta, María.

…continuará…

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AS TRÈS VIDAS DE MARIA (24) A árvore da sua vida

Sáb Jun 20 , 2026
— Minha querida, sempre procurei me guiar pelo bom senso, embora reconheça que há momentos em que as emoções podem nos arrastar. O que tento lhe dizer, Maria, é que, quando chegam as dificuldades, convém compartilhá-las, e não trancá-las dentro de uma couraça. É preciso aliviar o peso, e é […]

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