—Al principio —continuó Antonio— aparecieron los recuerdos felices.
Su rostro se suavizó durante unos instantes, como si las imágenes que evocaba consiguieran apartarlo de la oscuridad de aquella carretera.
—Vi mi infancia, los años del colegio, a mis amigos… Incluso recordé el día en que conseguí la licencia para trabajar como taxista. Después apareciste tú.
María guardó silencio.
—Volví a contemplar cómo nos conocimos, nuestras primeras citas, los paseos, la emoción de sentirnos enamorados… y, por fin, nuestra vida de casados. Aquella era la parte hermosa de la película. La que uno querría conservar para siempre.
Antonio respiró profundamente.
—Pero después comenzó otra muy distinta.
—¿Distinta en qué sentido? —preguntó María, todavía a la defensiva—. ¿Otra vez el Ícaro?
—Sí. El hotel empezó a introducirse entre los capítulos más importantes de mi vida hasta deformarlos por completo. Primero aparecieron los trayectos con los clientes, las conversaciones dentro del taxi, las comisiones… Después llegaron las noches de diversión, las mujeres y el alcohol.
Bajó la voz.
—Y también los viajes de regreso a casa. Media hora al volante, muchas veces borracho… y bajo los efectos de la cocaína.
María abrió los ojos con estupor.
—¿También cocaína?
Antonio no respondió de inmediato.
—Dios mío… —añadió ella—. Alcohol, mujeres y ahora, drogas estimulantes. ¿Hay algo más que todavía no me hayas contado?
—No intento ocultarte nada.
—¿Y para qué la consumías? —preguntó con rabia—. Déjame adivinar: para soportar tus maratonianas noches de placer.
Antonio bajó la cabeza.
—Sí. Para aguantar despierto, sentirme fuerte y prolongar la noche. El cansancio desaparecía y durante unas horas creía que podía con todo.
—¡Maldita sea tu noche! —estalló María—. ¿Te estás escuchando? Hablas como si estuvieras describiendo la vida de otro hombre.
—En cierto modo lo era.
La respuesta la dejó desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
—Que acabé convirtiéndome en alguien que ni yo mismo reconocía.
Antonio miró hacia el hotel, iluminado a lo lejos.
—Al principio, aquella vida era como una escalera que me producía vértigo. Cada peldaño significaba hacer algo que hasta entonces me había parecido incorrecto. El primer cliente que llevé conociendo lo que iba a encontrar allí. La primera comisión. La primera copa gratuita. La primera mujer.
Hizo una pausa.
—Al comienzo dudaba antes de subir cada escalón. Pero la cocaína eliminaba el miedo. Cuanto más ascendía, menos consciente era de la altura.
María lo observó, aún irritada, aunque atrapada por la imagen.
—Y cuando quisiste bajar, ya era demasiado tarde.
—Eso creía yo. Aunque la verdad es que durante mucho tiempo ni siquiera quise bajar. Me decía que podía detenerme cuando lo deseara. Ese es uno de los grandes engaños de la droga: te convence de que sigues dominando la situación justo cuando estás perdiendo el control.
Se llevó una mano a la frente.
—Te sientes poderoso. Inteligente. Capaz de trabajar toda la noche, beber, divertirte y conducir después como si nada hubiese ocurrido. Crees que eres el protagonista de una película, el hombre que controla la escena. Pero solo eres una víctima interpretando el papel que la sustancia ha escrito para ti.
—Una víctima muy satisfecha —replicó María con frialdad.
Antonio asintió.
—Tienes razón. No quiero presentarme como alguien inocente. La cocaína me atrapó porque yo abrí la puerta y porque me gustaba lo que sentía. Me proporcionaba una falsa seguridad y alimentaba mi orgullo.
—Y mientras tú te sentías invencible, Tony y yo vivíamos con un extraño sin saberlo.
La dureza de aquellas palabras lo obligó a cerrar los ojos.
—Llevabas una vida paralela —prosiguió María—. Una familia en casa y otra existencia durante la noche. Nosotros éramos los únicos que ignorábamos el doble juego.
—Sí.
—¿Y nunca llegaste a mirarnos y sentir vergüenza?
—Muchas veces.
—Pero no la suficiente para detenerte.
Antonio no encontró respuesta.
—Intentaba mantener cierto orden dentro de aquel caos —dijo después—. Trabajar algunas horas, llevar dinero a casa, no llegar demasiado borracho, descansar lo suficiente para que no sospecharas… Incluso llegué a convencerme de que lo tenía todo bajo control.
—Otro autoengaño.
—El mayor de todos.
El hombre guardó silencio. Cuando retomó la palabra, su tono había cambiado.
—Después de beber aquella sustancia verdosa y despertar más recuperado, los recuerdos regresaron con una claridad brutal. Ya no podía contemplarlos como antes ni envolverlos en excusas.
María reparó en el dolor de su expresión.
—Me vi como un hombre débil, quebradizo, dominado por sus impulsos y por aquellas sustancias. Un ser que presumía de libertad cuando, en realidad, se había convertido en esclavo.
Antonio apretó las manos.
—Ni siquiera reconocía al hombre que aparecía en aquellas imágenes. Sentí vergüenza, repugnancia… y una rabia inmensa contra mí mismo.
—Supongo que sería muy cómodo odiar al Antonio de antes como si fuese otra persona.
Él aceptó el reproche sin protestar.
—Lo pensé. Durante unos instantes quise separarme de él, decirme que aquel hombre ya no existía. Pero comprendí que seguía siendo yo. No podía rechazarlo como a un desconocido. Tenía que asumirlo.
María bajó la mirada, meditando sobre sus palabras.
—¿Y qué hiciste con todo ese asco que sentías?
—Por primera vez pensé que podía utilizarlo para cambiar. No para borrar lo ocurrido, sino para dejar de ser aquel sujeto atrapado por sus apetitos.
…continuará…

