LAS TRES VIDAS DE MARÍA (44) Romper las cadenas

María lo escuchó atentamente.

—Conducía después de beber, consumía drogas, dormía poco, me exponía continuamente a situaciones peligrosas…

Antonio se llevó las manos al rostro.

—Durante mucho tiempo he tenido que reflexionar sobre eso. Sobre mis decisiones y sus consecuencias.

Cuando volvió a mirar a María, las lágrimas ya habían aparecido.

—Era como jugar a una lotería terrible. Cada noche compraba un número más para que algún día me tocara el premio que nadie quiere recibir.

María permaneció inmóvil.

—No significa que yo deseara morir —aclaró él—. Ni que provocara aquel atropello. Pero vivía como si la posibilidad de perderlo todo no fuera conmigo.

—Hasta que ocurrió.

—Hasta que ocurrió.

La mujer bajó la mirada.

El enfado seguía dentro de ella, pero empezaba a mezclarse con algo diferente.

—Antonio…

—Dime.

—No quiero que interpretes mis palabras como si te odiara.

Él pareció sorprendido.

—Después de todo lo que acabo de decirte, puede sonar contradictorio, pero todavía te tengo cariño.

Antonio la contempló en silencio.

—No sé —continuó María con una media sonrisa triste—. A lo mejor soy masoquista y disfruto torturándome un día sí y otro también. Solo me falta comprarme un látigo.

Antonio sonrió débilmente.

—No creo que sea eso.

—Yo tampoco.

María dejó escapar un suspiro.

—Supongo que el afecto no desaparece de repente porque descubramos cosas desagradables sobre alguien. Sería demasiado sencillo.

—Gracias por decirlo.

—No me las des todavía.

La advertencia hizo sonreír a Antonio.

—Estoy intentando ser constructiva —prosiguió María—. Algo tendrá que cambiar después de todo esto.

Miró sus propias manos.

—Tengo manos.

Después abrió ligeramente los ojos, como sorprendida por su propio razonamiento.

—Tengo ojos. Tengo una cabeza que, de vez en cuando, incluso funciona.

Antonio soltó una pequeña carcajada.

—No voy a dejar que una mala racha decida por mí durante el resto de mi existencia.

Su voz adquirió una firmeza que él no había escuchado hasta entonces.

—¿Quién lo ha dicho? ¿Dónde está escrito que tenga que conformarme con las circunstancias actuales?

María comenzó a caminar despacio mientras hablaba, como si las palabras estuvieran destinadas más a ella misma que a Antonio.

—Tal vez haya llegado el momento de rebelarme.

Él la siguió con la mirada.

—Pero no contra el mundo, ni contra Dios, ni contra todos los que considero culpables de mi desgracia. Rebelarme contra esta manera de vivir que me tiene atrapada.

María apretó los puños.

—Quiero romper con estos recuerdos de pesadilla, con esas cadenas que me mantienen unida a un pasado oscuro y lleno de mentiras.

Se llevó una mano al pecho.

—No puedo cambiar lo que ocurrió. Pero quizá sí pueda decidir cuánto poder seguirá teniendo sobre mí.

Antonio permaneció absolutamente callado. María también. Durante un largo intervalo, pareció escuchar el eco de sus propias palabras. Algo acababa de ocurrir dentro de ella.

No sabía exactamente qué, pero por primera vez desde que había iniciado aquella extraña experiencia, había hablado de su futuro sin asociarlo inevitablemente a la muerte.

Cuando volvió a dirigirse a Antonio, su tono era distinto.

—Y ahora quiero saber una cosa.

—Pregunta.

—¿En qué situación te encuentras tú actualmente?

Antonio pareció agradecido por el cambio de tema.

—Continúo viviendo en la casa de la que te hablé.

—¿Y sigues con la terapia?

—Sí. Dicen que mi evolución está siendo positiva.

Antonio sonrió discretamente.

—De hecho, este encuentro contigo forma parte de mi período de prácticas.

María arqueó las cejas.

—¿Tus «prácticas»?

—Exactamente.

—¿Quieres decir que venir aquí, contarme todas tus miserias y aguantar mis reproches forma parte de una especie de ejercicio terapéutico?

—Dicho así suena bastante peor de lo que es.

—Pues explícate.

Antonio recuperó la serenidad.

—Allí aprendemos que de poco sirve comprender intelectualmente nuestros errores si ese conocimiento no termina produciendo algún efecto real.

—La teoría no basta.

—Eso es.

Antonio señaló hacia ella.

—Yo podía pasar años diciendo que estaba arrepentido por haberte engañado. Podía repetir mil veces que comprendía el daño que os hice a ti y a Tony. Pero mientras no fuese capaz de enfrentarme a vosotros, asumir vuestra reacción y hacer algo útil con aquello que aprendí, mi arrepentimiento seguiría estando incompleto.

María lo observó sorprendida.

—Entonces te han permitido venir a verme precisamente por eso —dedujo María.

—Sí —respondió Antonio—. Para comprobar si soy capaz de enfrentarme a las consecuencias de lo que hice y, dentro de mis posibilidades, reparar una parte del daño.

María lo observó durante unos segundos, como si aquella explicación terminara de encajar en su cabeza.

—Ahora lo entiendo. Esta conversación no forma parte únicamente de mi prueba.

Antonio negó despacio.

—No, María. También forma parte de la mía.

Ella mantuvo la mirada sobre él.

—Tú necesitas enfrentarte a lo que hiciste y yo necesito enfrentarme a lo que todavía puedo hacer con mi vida.

—Exactamente —confirmó Antonio con una leve sonrisa.

María respiró profundamente. Por primera vez desde que había comenzado aquella experiencia, aquellas palabras no le produjeron miedo.

—Entonces parece que los dos tenemos algo que aprender esta noche.

—Eso parece —respondió Antonio.

Y, durante unos instantes, ninguno de los dos añadió nada. Ya no estaban allí únicamente como marido y mujer separados por la muerte, ni como víctima y culpable enfrentados a un pasado doloroso. Eran dos personas obligadas a mirar de frente aquello que habían sido y, sobre todo, aquello que todavía podían llegar a ser.

…continuará…

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Sáb Sep 12 , 2026
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