Cuando aún no habían transcurrido tres meses desde aquella importante charla mantenida entre la veterana responsable del convento y la hermana Verónica, Juana llevaba postrada en la cama de su celda varios días aguardando por su despedida del mundo terrenal.
—Concepción —expresó con gravedad la hija del conde de Valcárcel—. Entre nosotras siempre ha habido la máxima confianza. Por eso te pregunto: ¿cuánto crees que le queda a la madre para partir a la morada del cielo?
—Ya sabes que no existen previsiones de futuro que encajen a la perfección; y menos aún si hablamos de esa puerta que el alma debe cruzar para resucitar. Lo cierto es que no le resta mucho para ello, atendiendo a las leyes de la vida y de la muerte. Eso se observa a lo lejos conociendo de su vejez, pero no te sabría decir el día concreto. Tranquila, se irá cuando le corresponda pues solo Dios sabe de ello. Todos tenemos un ciclo en nuestro paso por esta dimensión y nadie puede añadir un día, ni siquiera una hora a la duración de su camino. Creo que no conviene preocuparse en exceso por ese detalle que supone el cambio de tránsito a un paisaje celestial dejando atrás el físico.
—Tienes mucha razón, hermana. Soy yo y mi nerviosismo los que quiebran mi fe. Recuerda que solo tú en el monasterio conoces la conversación que mantuve con la abadesa hace ahora más de dos meses. La madre tenía tan claro que se iba a ir pronto que me dejó asombrada con sus palabras, pero también preocupada. Todas estas semanas he notado sobre mis espaldas y mi mente el peso de la responsabilidad. Puede que se trate de un anticipo de lo que me aguarda tras su partida.
—Verónica, ya te lo he dicho unas cuantas veces: no debes preocuparte por ese evento. Lo afirmo porque las revelaciones del cielo no llegan a nosotras por casualidad. Incluso la madre, que ahora se está despidiendo de este mundo de pruebas, supo ver que había llegado tu hora. Recuerda: lo que en su día te dijo la fundadora no ha perdido hoy ni un ápice de actualidad. Prepárate: tu momento está próximo y deja de repetir que tu falta de experiencia es tu principal impedimento.
—¿De veras crees que sabré cumplir con mi función, Concepción?
—Mira, de niña y adolescente recibiste la mejor de las educaciones, tan buena que, si fueras hombre, podrías hasta gobernar un extenso territorio, así como a sus habitantes. ¿Y te vas a acobardar porque tengas que guiar a veinte religiosas? ¿Qué es dirigir a un grupo de monjas disciplinadas y serviciales? ¿Acaso un desafío insuperable, una tarea para la que no estés lista? Arriba ese ánimo, que llevas en tu sangre el linaje y el liderazgo de tu padre, un hombre de su época que cayó en batalla como un héroe defendiendo a su rey y a su patria. ¿No sabes el carácter que eso te imprime de cara a ejercer tus funciones como madre de este monasterio? Naciste adulta, Verónica; y cuanto antes entiendas eso, será mejor para ti y para todas. Si Dios te otorgó esas magníficas condiciones es porque confiaba plenamente en ti. Soy tu hermana de vocación, pero, sobre todo, tu amiga íntima desde que nos conocimos en este convento. Por eso, todo lo que te he dicho ha sido para alentarte, para que despejes tus dudas y para que refuerces la confianza en tus posibilidades.
—Gracias, Concepción. En serio, ¿qué sería de mi sin tu mano y sin tus buenos consejos?
En ese preciso instante, se escuchó el tímido sonido de la voz de la madre Juana, quien, tumbada en su lecho, parecía haber recobrado el conocimiento.
—Hija mía, acercaos, por favor…
—¿Preguntáis por mí, mi señora? —comentó Verónica llevándose su mano derecha al pecho.
—Sí, venid.
—Madre, ¿cómo estáis? —dijo la joven mientras que se arrodillaba junto al lecho de la enferma—. ¿Notáis alguna mejoría? Lleváis horas medio inconsciente. Creo que os viene muy bien ese jugo de hierbas que os proporciona la hermana enfermera. Alivia vuestros dolores.
—Ella sabe lo que hace y nunca le estaré lo suficientemente agradecida por sus cuidados y los remedios que me da. Hija, oídme, todo sigue el curso previsto. ¿Por qué será que incluso antes de morir una tiene la cabeza tan despejada y las visiones tan claras? Es posible que mi próximo despertar ya sea en ese reino de los cielos del que nos hablaba nuestro amado Jesús. No quiero extender mi tiempo aquí, pero respeto las reglas. Vuestro tiempo ha llegado y así se lo he pedido a la Virgen, para que os facilite la transición y el buen gobierno.
—Será la voluntad de Dios Todopoderoso.
—Antes de marcharme, quiero confesaros algo que se me olvidó deciros. Hace unos días recibí una carta de Toledo donde se me avisaba de algo.
—Y ¿qué es ese aviso, madre?
—En breve, una hermana de nuestra orden que se llama Martina vendrá destinada a nuestro convento.
—Bien. La recibiremos con los brazos abiertos. ¿Es eso lo que queríais decirme?
—No. Poneos en guardia y sed prudente con la nueva monja. Ella ha sido sometida a procedimiento disciplinario y digamos que podría resultar conflictiva de cara a la armonía que se respira en nuestra comunidad. Tranquila, solo os estoy pidiendo cautela. Tratad de anticiparos a sus movimientos, por si acaso sus actuaciones os perturbaran. Es mejor prevenir que luego reaccionar frente a los problemas. Que Dios me perdone por mi apreciación, solo pretendo facilitaros la gestión de este grupo maravilloso de mujeres entregadas a la oración y la humildad. Os lo digo porque la persona que me ha escrito es de mi confianza y mesurada en sus juicios. Querida, hay que evitar el sufrimiento innecesario.
…continuará…

