SOMBRAS DE DIOS (109) La segunda hija de Verónica

—¿Veis, hermana Genoveva? —dejó caer la madre Fátima, con la mirada fija en la pared blanca que tenía enfrente, como si allí estuviese escrito el resumen de su vida—. Es cierto que en este mundo suceden cosas horribles, pero también es verdad que esas experiencias, por terribles que sean, pueden conducirnos a tomar las decisiones más correctas.

—Claro que sí, madre. Y lo entiendo. Para vos debió ser todo tan brutal, tan incomprensible, que…

—Exacto —afirmó la superiora, con un brillo húmedo en los ojos al evocar aquella etapa adolescente—. Seguro que era mi destino. Después de aquel acontecimiento traumático, durante semanas, y luego durante meses, me despertaba en mitad de la noche angustiada, empapada en sudor. Me bastaba un ruido, un crujido del monasterio, el roce del viento en una ventana, para que el corazón se me desbocase. No podía olvidar aquella figura de pesadilla, ni el temor a que algún extraño volviese a abalanzarse sobre mí, a solas en mi celda.

—Como es lógico —asintió Genoveva—, desarrollasteis un gran temor a que aquel hecho se repitiera.

—En efecto, hermana. Me sentía insegura. Y lo peor no fue tanto el hecho en sí, sino el miedo que, durante los meses siguientes, se apoderó de mi mente. Vivía intranquila, perdí peso, y creo que hasta envejecí antes de tiempo. Fue una manera brutal de acelerar mi paso hacia la adultez; de comprender que ya no era una niña, que ya no bastaban los cuidados del resto de mujeres que habitaban conmigo y que siempre habían estado pendientes de mí.

—Y… ¿en qué sentido alteró ese hecho vuestro carácter? —preguntó la monja, con una curiosidad respetuosa.

—Me costó tiempo reconocerlo, lo admito. Pero tengo facilidad para meditar y hablar conmigo misma en soledad. Eso, aunque a veces duele, me permite convertir en certezas las dudas que me asaltan.

—¿Y cuáles fueron esas certezas, madre?

—Me resultó trabajoso, pero con el paso del tiempo descubrí lo que me ocurría. Había una parte oculta en mi alma que deseaba ser fea, envejecida, repelente… de modo que no atrajese nunca el deseo de ningún hombre.

—Desde luego… —murmuró Genoveva, estremecida—. Debió ser una trampa muy sutil, pero efectiva. Si perdíais la belleza, el futuro agresor que imaginaba vuestra cabeza se fijaría en otra.

—Creo que fue una reflexión artificial, incluso egoísta… pero era el reflejo del miedo que me invadía. Todo eso resultó inevitable. Con mi edad, no tenía la madurez suficiente como para gobernar el curso de mis pensamientos y conducirlos a un punto de equilibrio. La lección que aprendí fue que una existencia empujada por el miedo o por la inseguridad no conduce a nada bueno, y solo nos arrastra a tomar decisiones erróneas.

—Sin embargo —apuntó Genoveva—, creo recordar que fue la madre Verónica quien os condujo hacia una serenidad nueva, hacia una mayor confianza.

—Es que, para mí, con toda sinceridad, era como mi madre. ¡Ni que me hubiese parido! La madre que nunca pude conocer. Fue mi mejor apoyo. Parecía conocer cómo era yo por dentro: mis inquietudes, mis miedos, mis dudas… y eso me ayudó más de lo que las palabras pueden expresar.

—Cuando os recogió como a una recién nacida —dijo Genoveva con suavidad—, yo creo que puso sus ilusiones y sus miras en educaros, en convertiros en mujer. Para aquella excelsa señora, vos erais más su propia hija Beatriz que Fátima. Lo contemplaba como una segunda oportunidad que Dios le concedía: la de amar a la niña que le arrebataron por la fuerza.

—No albergo dudas al respecto. Recuerdo que, al tiempo de suceder aquella agresión, me confesé con ella. Yo ya era una mujercita y sabía bien lo que iba a decirle.

—Lo desconocía, madre —admitió Genoveva—. ¿Y puedo saber lo que le comentasteis?

—Claro que sí. Todo eso que estáis escribiendo no deja de ser un compendio de memorias vividas, que han influido en la trayectoria de este bendito monasterio y en la vida de sus mujeres. Yo no tenía a nadie fuera esperándome. Después de lo acontecido a mis catorce años, bastaba con pensar en la figura de un hombre para que se me formase un nudo en la garganta y tuviese que tragar saliva. De pronto, me entraba una angustia en la boca del estómago. Me faltaba el aire, y eso me empujaba con prisa al claustro para respirar, para mirar el cielo y recordarme que aún estaba viva.

En uno de esos días, al notarme mejor contemplando el azul, sintiendo el viento en el rostro y el verdor de los árboles, comprendí cuál debía ser mi destino.

—Tuvisteis la visión definitiva de vuestro futuro.

—Le pedí a Verónica que me concediera un instante de su precioso tiempo. Y, para mi dicha, me lo concedió. Emocionada, le revelé mi decisión: jamás la abandonaría. Me quedaría en este convento hasta mis últimos días. Tanto se alegró aquella mujer —que para mí era como una santa vestida de carne— que, poco después de nuestra charla, convocó a su hermano Francisco, ese letrado que la defendió ante la Inquisición. Pasaron unos meses. Y un día, el más inesperado, aquel señor regresó al monasterio y, en presencia de Verónica, me entregó un documento debidamente firmado. En él se hacía constar que yo era, desde ese instante, una mujer con apellido; lo que, de algún modo, me reconciliaba con mi pasado. Fue así como pasé a ser otra mujer: Fátima de Nebrija, con todas las garantías legales. La madre me había cedido su noble apellido, pues como todo el mundo sabía… yo era, para ella, su hija.

—Feliz determinación la vuestra, madre —concluyó Genoveva—. Convertirse en esposa de Cristo, nuestro Señor, no es nada fácil. Se renuncia a muchos placeres y dádivas… de esos que tanto agradan a quienes desconocen nuestra forma de vivir.

—Desde luego, hermana. Pero también se ganan otros. En mi caso, ahora que me resta escaso tiempo para contemplar la luz que al final del túnel anuncia la resurrección, reflexiono… y la serenidad me invade.

—Su merced… —susurró Genoveva—. Las lágrimas brotan por vuestros ojos. Espero que sean de dicha.

—¿Y de qué otra cosa podrían ser? —respondió Fátima, con una sonrisa apenas visible—. Y ahora, dejad que recuerde los últimos días de mi preceptora. Un ángel con forma de mujer, enviada por el cielo a esta áspera tierra. Si supierais las cosas que me enseñó… pero yo estuve presente cuando llegó su final a la carne… y su inicio a la verdadera vida, esa que tanto anhela el espíritu.

…continuará…

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