Martina la miró de soslayo, como si aquella naturalidad la desarmara. —Envidié vuestra seguridad —confesó—. Vuestra manera de andar por los corredores, de ordenar y de callar. Yo, mientras, rumiaba agravios. Me alimenté de sombras. —La envidia es pan negro —dijo Verónica—. Sacia un instante y después enferma. Pero escucha: […]