—¿Entonces? —consideró el dominico, observando con fría curiosidad el rictus de horror que endurecía el rostro de Concepción—. Insisto, hermana: ¿queréis seguir tentando a la suerte o ya es bastante por ahora? Siento deciros que vuestro pie no presenta buen aspecto… claro que todo puede empeorar. Dependerá de si vuestra actitud cambia.
El silencio de la monja espesó aún más el aire mortecino de la estancia.
—Venga, por favor —prosiguió él con fingida mansedumbre—, que solo cumplo con mi oficio. No intentéis haceros la heroína de este castillo ni queráis buscar un espacio de santidad en el cielo… Y no seáis quejica: pareciera que vais a explotar. Si así os ponéis con un apretón, ¿qué ocurrirá con el siguiente? Recapacitad; aún estáis a tiempo. Este instrumento es el más sencillo, el más suave de cuantos se emplean aquí. Os lo pido en nombre de la razón: no pretendáis pasar a mayores.
Concepción, trémula, movió la cabeza de un lado a otro, negándose instintivamente a colaborar pese al dolor salvaje que le habían infligido.
El verdugo aguardaba con la mirada baja, atento a la menor seña. Hubo un silencio cortante y el fraile, apenas con los ojos, ordenó aumentar el tormento. La manivela dio nuevas vueltas; un crujido infame se propagó por la cámara. El hierro, al morder las falanges, quebró el metatarso bajo la fuerza brutal del mecanismo.
Incapaz de resistir más, Concepción lanzó una serie de alaridos cuyo eco se perdió por los pasillos oscuros de aquella antigua construcción. El cuerpo se le retorció; las muñecas sangraron a la altura de los grilletes por sus inútiles forcejeos.
Al cabo, cuando sus gritos se trocaron en un jadeo desordenado y solo su respiración, acelerada, delataba que seguía consciente, fray Bernardo se aproximó.
—Bien, hermana. Según se comprueba a la vista, vuestro cuerpo reacciona a la fuerza del verdugo; es buena señal si queremos no prolongar lo inevitable. ¡Qué lástima que no hayáis querido colaborar! Todo habría sido fácil desde el principio; ahora nos vemos obligados a contemplar el destrozo de vuestras extremidades. Es desagradable, incluso para una mente habituada como la mía —añadió, inclinándose para mirar el pie aplastado—. Mucho me temo que habrá que empezar con el otro. Vos lo habéis querido. Lo siento, pero no veo otra opción si persistís.
—¡Nooooo! —chilló la monja, fuera de sí—. No quiero perder también el otro pie —las palabras le salían con espuma en los labios, tal era su consternación—. Tened piedad de mí… ¿no cabe compasión en vuestra alma?
—Claro que la hay. ¿Por quién me tomáis? No soy hombre que goce con este espectáculo. Pertenezco a la misma Iglesia que vos y ambos rezamos al mismo Dios. Os lo pido de nuevo: colaborad y os liberaré al instante.
—Sí… sí… colaboraré —balbució—. Decidle que pare… al verdugo… que no ponga los hierros en el otro pie…
No hicieron falta más explicaciones. El fraile sabía que, a fuerza de presión, había logrado lo que quería.
—¿Qué han escuchado mis oídos? —se relamió con una sonrisa de sombra—. No me lo puedo creer, hermana Concepción. ¿Será posible? Por fin, una pequeña victoria en este dilatado proceso. Espero que no sea una de vuestras tretas para ganar tiempo. Podemos permanecer aquí cuanto haga falta. Soy paciente y persuasivo; es la experiencia de muchos años. ¿Es seguro, entonces, que vais a confesar?
—Por favor… por favor… —musitó ella—. Un poco de agua… solo un poco…
El verdugo miró al fiscal.
—¿Se acabó la fiesta, mi señor?
—Sí. No es menester cebarse cuando el reo se dispone a cumplir con su deber, que es decir cuanto sabe. Soltadla y dadle lo que pide.
Le liberaron las manos. Concepción bebió un cazo de agua con ansia, como si fuese la última de su vida. Tras un breve intervalo, logró rehacerse a duras penas y recuperar la voz.
—¿Y bien? —apremió Bernardo, volviéndose hacia la sombra del secretario—. ¿Ya habéis recobrado el aliento? Hablad: el hermano Agustín está presto a anotar cuanto digáis.
—Nunca fui mujer cobarde —replicó ella con un hilo de dignidad—, pero tampoco una masoquista que ame el suplicio. ¿Es que acaso vos aguantaríais tal dolor?
—No lo sé; yo no he sido acusado de delito alguno —cortó el fraile—. Y recordad que las preguntas las hace el fiscal. Vos os lo habéis buscado con vuestra actitud desafiante. Ahora, lo lógico es confesar. Mirad una cosa: aún no he despedido al verdugo. Sigue a vuestras espaldas para cuanto se le ordene. Vamos, no me hagáis perder la paciencia.
—Está bien, fray Bernardo… no deseo acabar desmembrada como un animal —dijo ella entre jadeos que delataban su impotencia y el ánimo quebrado—. He estado a punto de desmayarme. Tal vez habría sido lo mejor… así habría llamado a mi padre para que me llevase con él. ¿Qué queréis que os diga?
—Tranquilizaos y no albergue vuestra cabeza falsas esperanzas. El Santo Oficio sabe proceder: en caso de indisposición temporal, os reanimaríamos y proseguiríamos el tormento. Ya os lo he dicho: somos persuasivos… y pacientes. O sea, que cuando queráis.
—Y yo os pregunto de nuevo —respondió Concepción, mirando, llorosa, el lamentable estado de su pie izquierdo—: ¿qué queréis oír de mis labios?
…continuará…

