Puerta a la luz

 

Hace tan solo unos días, mi mejor amiga, alguien a quien yo considero vinculada a mí por lazos inmortales del pasado, me llamó con urgencia. Precisaba de mi ayuda, pues su madre, ya octogenaria, se encontraba ingresada en el hospital aquejada de múltiples fallos en su organismo, desatando los débiles nudos que la mantenían ligada a la carne y abriendo la puerta a su espíritu, allí donde se vislumbra la luz más purificadora.

Estuve encantado de asistirla en tan duros momentos, ya que si bien el saber espírita es consuelo para este tipo de aflicciones, lo cierto es que el fenómeno de la muerte física no deja de sobrecogernos, por un lado, porque no se trata de algo que ocurra a diario y por otro, porque pierdes a un ser que para ti ha significado tanto, aunque lo que desaparezca sea solo su envoltorio, el ropaje con el que vino a este mundo de pruebas y expiaciones.

Aunque mi buena amiga no hablaba ni utilizaba en su lenguaje las mismas frases que yo al conversar de estos temas, lo cierto es que nos entendíamos bastante bien. Tenía claro que la reciprocidad de nuestras almas afines era infinitamente superior a nuestro sistema de creencias filosóficas. Ella no necesitaba lecciones doctrinarias sino palabras de consuelo, no reclamaba demostraciones de bellos discursos sino tan solo compañía humana en una situación de crisis personal.

Por el tiempo transcurrido, yo conocía bien a esa mujer que estaba a punto de cortar el fino hilo que la mantenía sujeta aún a la vida material. Seguí su trayectoria y desde luego, no había destacado por sus logros intelectuales ni por su celebridad, pues gustaba a menudo de pasar desapercibida y sin embargo, había descollado en el aspecto más esencial de un ser: su dignidad. Desde su más tierna infancia se enfrentó a una coyuntura más que espinosa: los efectos desgarradores de una guerra, la pérdida de la figura paterna cuando era niña a consecuencia del resquemor y de la más cruel de las venganzas y por último, la exposición a un conjunto de carencias de todo tipo con las que tuvo que convivir y por las que en vez de sufrir una amarga derrota, le sirvieron para levantarse y crecer más fuerte.

Más tarde, pudo encontrar al hombre adecuado, justo el que le sirvió de ideal vehículo para traer a la dimensión física a cuantos espíritus ella aceptó antes de descender a esta esfera. Sabiendo que esta fundamental tarea podía llevarse a cabo de múltiples formas, la realizó con total esmero y con las herramientas que el Creador había puesto en sus manos: el esfuerzo sin límites, una paciencia infinita y el sacrificio más elevado, fiel reflejo de una naturaleza superior, forjada en refinado acero, capaz de rasgar los pliegues de la Verdad con su cortante filo.

Armada con su espada y en férreo combate, recondujo los desvíos provenientes del carácter imperfecto de su numerosa prole, la cual no siempre supo estar a la altura moral de su progenitora. No existía en su mente mayor preocupación que la de educar e instruir en las más nobles intenciones a sus hijos, para que al alcanzar la adultez, pudieran aprovechar en pos del bien toda la potencialidad que sus almas habían mostrado desde infantes.

Bendita labor que denotaba la supremacía de esta mujer, pues encaró unos tiempos y una época, donde sobrevivir algunas horas y no caer en la más agria desesperación era ya toda una conquista. Así era la empinada cuesta que jornada tras jornada debía ascender para no resquebrajarse, cumpliendo así con los compromisos adquiridos de encauzar bien el torrente desbordante de tan cuantiosa familia. Con su alentador entusiasmo, no solo se preocupó de alimentar las bocas de sus vástagos sino de inundar de generosas advertencias sus oídos, nutriendo de grandeza y de sentido de justicia sus lozanos interiores.

¿Qué moraría en lo intrínseco de esta madre para que, aun sin formación intelectual ni acceso a colegios o academias, pudiera proporcionarles las mejores orientaciones y consejos, los más sabios jamás escuchados por retoño alguno? Estos habrían de prender con ardor en el libre albedrío de cada cual, pues resultaron criaturas inmortales que precisaban de lecciones cuyos contenidos no podían plasmarse en letras o números, sino en el ejemplo de una actitud ante la vida: siempre luchar, caminar con paso firme sin volver la vista atrás salvo para aprender de los errores y sobre todo, el trabajo purificador, el que eleva la conciencia hasta tal punto que sirve de reflejo luminoso para el resto.

Si Dios depositó su mano creadora en nosotros, haciéndonos a su imagen y semejanza, esta persona era modelo vivo de ese obrar, aquel con el nos sentimos tan rebosantes, pues actuamos conforme a la dignidad y a la tenaz superación. Son los momentos en los que nos percibimos henchidos de plenitud, pues la vida y lo que haces cobran un sentido que te acercan a tu parte más sublime: la espiritual.

De todo esto, de su historia y de sus avatares, hablaba yo con mi amiga esos días, pues estando su madre en los umbrales de la muerte, era el momento perfecto para el análisis del camino de una mujer tan vital, que había derrotado a las tinieblas del estancamiento con el servicio resplandeciente de sus actos, aquellos que ahora la llevarían en volandas junto a los que cuidan de nosotros, los buenos espíritus.

Su trayectoria evolutiva indujo en mí una reflexión. Existen almas que habitan muy cerca o que pasan inadvertidas a nuestra presencia, que no precisan de universidades en el plano físico para revelarnos que han permanecido durante largas épocas en la mejor de las facultades. Solícitas y educadas, no piden venir entre nosotros rodeadas de un lujo distractor o de una belleza física paralizante; tampoco pretenden arribar a un ambiente rico en facilidades pues saben que ello limitaría sus ansias de progreso. Por eso, suplican con respeto y en silencio pruebas dificultosas, andanzas entre riscos escarpados, entornos exigentes donde se hace necesario poner toda tu atención y trabajar con fortaleza, no solo con las manos sino sobre todo con la conciencia, destello del espíritu que habita dentro. Es en estas coyunturas cuando si te duermes, duele, ya que solicitaste, al igual que la madre de mi amiga, arduos desafíos para engrandecerte en lo moral y no para hundirte en el barrizal de la inacción.

Contemplándola en el lecho de aquel hospital, la veía sufrir por fuera pero regocijarse en lo más íntimo, pues aunque ya no podía articular palabra, su sentido interno se comunicaba por ella y se alegraba, ya que el pesado fardo que resultaban sus células y sus huesos iba a aligerarse en breves instantes para dejar atrás la espesura de lo terrenal y atravesar entonces la límpida puerta de la luz, la que nos hace vislumbrar la auténtica y añorada patria del hombre. Tras experimentar un destierro de decenios, esta digna mujer anhelaba descender de la fatigosa carroza con la que había viajado hasta ese momento a golpe de vaivenes, para marchar ahora con las extremidades de su propia alma, ya engrandecida por su catarata de compasivas actuaciones.

En los últimos segundos de su travesía por la tierra que labró, alzaba la mano derecha, y doblada su muñeca por el lastre de los años, apuntaba con el índice hacia arriba, donde una blanca pared realizaba funciones de pórtico de entrada a la nueva dimensión, a la que gentilmente había sido invitada por melodiosas voces que susurraban en sus oídos mensajes de acogedora bienvenida. Para mí, su dedo desplegado era señal que trazaba el descorrer de la cortina cuando amanece, cuando el sol traspasa el visillo de tu iris y un nuevo día se descubre ante las pupilas del alma. Aquel se erigía en portón que es abierto de par en par por los seres luminosos de túnica inmaculada, pues uno de sus hermanos afines pedía paso, una vez superado su confinamiento en tan vasta superficie, la material, aquella que resulta necesaria para demostrar tu valía, todos tus talentos, los que traes en el zurrón de tu pasado y también los que has ganado a fuerza de luchar, caer y levantarte de nuevo.

Su rugosa uña señalaba el brillo de una vida, encarnada en el valor que Dios atribuye al trabajo bien hecho acometido por una de sus criaturas, esa labor encomiable que cuando culmina es reconocida por sus celestes enviados, los que velan por nosotros haciéndoles exclamar: “sé bienvenida hermana, misión cumplida”.

De este modo, se extinguió el aliento vigoroso de esa persona, como la llama de una lámpara que se queda sin aceite, pero inmensamente feliz porque otro fulgor resplandeciente surgía justo en ese momento en el lado inmaterial de la existencia.

Con su índice, aquella ilustre anciana me reveló el futuro, el que todos, tarde o temprano, habremos de acometer. Su natural nobleza y sus acciones ejemplarizantes se constituyeron en el mejor de los estímulos para sus hijos, para mi amiga y para mí. Y es que esos espíritus, cuando descienden entre nosotros, nos proporcionan el patrón clarificador de cómo se pueden afrontar los retos de la vida, aquellos que merced a la voluntad del Creador, resultan tan necesarios para avanzar. Pues ¿qué sería de nuestro destino si naciéramos en medio de comodidades y placeres, eximidos de contiendas?

No perdamos de vista a estas almas deslumbrantes que Dios pone en nuestro camino, personas nada complicadas y sencillas de corazón, tal y como Jesús dijo que se mostrarían ante nosotros y que suponen la mayor de las bienaventuranzas cuando arrecia la tempestad de nuestros dilemas. Esa música celestial, imposible de captar con nuestros oídos físicos, se derrama como el agua cristalina de una cascada, cuando ellos retornan al Reino que les despidió con ilusión y les acoge de nuevo entre sonidos de clarines afinados.

Gracias siempre por tu ejemplo de dignidad y excelencia. No te demores en volver, mujer, pues los que aquí todavía permanecemos enfrascados en la lucha evolutiva, precisamos de gente como tú. ¡Bendiciones!

5 Replies to “Puerta a la luz”

  1. Muy emotivo relato de la vida. Muy cierto ademas, nos hace pensar en como es la vida en realidad, desde el punto de vista de cada cual. Esta narración donde logras crear el ambiente y nos envuelves en la trama es logrado muy apropiadamente por ti mi amigo. Te felicito porque pones al relieve también tus nobles sentimientos ante la tragedia humana. Continua con esta magnifica labor de enseñarnos ternura y compasión, gracias, José, sigue adelante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *