LA PRINCESA MENDIGA (y V)

—Hija, te noto mayor, no tanto en tu rostro como en tu interior; no sé dónde has estado ni me importa, pero mi intuición le dice a este viejo que has ganado en sabiduría. Llamad a mis consejeros con prontitud y anunciad a todos con felicidad que este reino ya tiene una nueva regidora. Dios puede retirarme de aquí cuando desee. Él me situó aquí desde niño y ahora que ha llegado el momento supremo, no me quejaré. Al fin podré abrazar a tu madre. Lo ansío tanto… ¡Aleluya!
 
Unos días más tarde, todos los presagios se cumplieron y el alma del rey partió para la morada de la que salió. Un digno funeral aconteció entre aquellos muros, honrando la figura del hombre que durante tantos años había regido los destinos de aquel reino. Transcurridas las exequias, una noble ceremonia estaba preparada en la gran sala del homenaje del castillo para desarrollar la toma de posesión de la nueva monarca.
 
Entre los numerosos invitados al magno evento, había una sorprendida pareja que no daba crédito a lo que estaba contemplando. Ni Wilfred ni Isolda hubieran imaginado nunca que esa criatura que olía mal, vestida con harapos y suciedad en su rostro, era la mismísima hija del rey, justo la persona que había sido invitada por el comerciante en esa fría noche a la cena de Navidad en aquella inolvidable velada, esa joven que había pasado con ellos unos días de estudio y reflexión, que había compartido su mesa y sus horas en amplios diálogos de aprendizaje mutuo y que ahora, se había convertido en la nueva mandataria del reino.
 
Conforme desfilaban las autoridades y demás personajes distinguidos para felicitar a la nueva reina y saludarla, llegó el turno de la pareja…
 
—¡Levantaos, por favor! —comentó la antigua princesa—. ¿Sorprendidos? No os preocupéis. Durante estas fechas he pensado mucho en vosotros y me gustaría haceros una proposición para que libremente decidáis de buen grado lo que hacer. Caballero Wilfred, vos también me hicisteis no hace mucho una sugerencia que cambió mi vida. Jamás podré pagaros a ambos por la felicidad y la enseñanza rescatada en aquellos días imborrables en mi memoria. Al hablaros, parece que oyese la mismísima voz de mi padre pero asimismo la de mi conciencia. Me gustaría proponeros que ambos vinieseis a vivir al castillo y que fueseis partícipes activos de la planificación de la nueva política, esa que habrá de hacer de estas tierras un lugar de prosperidad y de paz para todos sus habitantes.  Wilfred, Isolda, tomaos el tiempo que haga falta para meditarlo. Ya encontraremos una solución para la continuidad de vuestros negocios.  ¿Qué me decís?
 
—Majestad —respondió con su mirada cálida el mercader—, para mí constituirá una gran responsabilidad el serviros a vos y al reino. No puede existir una mayor honra que esa para un hombre. Solo puedo afirmar que erais sabia y buena cuando erais mendiga y que lo sois también vestida de reina. Mis ojos aún deslumbrados, han de acostumbrarse a vuestra presencia.
 
—Bien dicho, amigo— contestó la reina—, pero recordad lo que hablamos sobre las apariencias. Estos atuendos están no solo para lucirlos sino para recordarnos el compromiso interior que tenemos con nuestros semejantes. Y vos, Isolda, ¿qué contestáis?
 
—Mi señora, me habéis dejado sin habla con vuestra propuesta, pero es evidente que aceptaré vuestro ofrecimiento y que estaré honrada de vivir con Wilfred en esta construcción.
 
—Muchísimas gracias a los dos. Os necesitaré, sin duda. ¡Escribano, acercaos y tomad nota! Esta será mi primera decisión como regidora. Prestad atención todos. En el día de mi proclamación, he decidido en uso de mis competencias nombrar como primer ministro del reino al caballero Wilfred, aquí presente y en el que deposito mi mano derecha sobre su hombro izquierdo en muestra de confianza real, del que doy fe de su idoneidad para desempeñar el cargo. Asimismo, la dama Isolda, a la que contempláis junto a mí, será nombrada como consejera particular de la reina en asuntos de gobierno. ¡Cúmplase esta disposición desde el día en el que asumo la responsabilidad sobre este castillo y las tierras que de él dependen!
 
Un sonoro aplauso con su atronador eco entre los muros de piedra correspondió a las palabras pronunciadas por la joven, al tiempo que un viento fresco de primavera penetró en la gran estancia del homenaje, esparciendo entre todos los presentes el inconfundible olor de las miles de rosas del jardín.
 
Y cuenta la leyenda que aquellos años en los que la “princesa mendiga” junto a sus colaboradores Wilfred e Isolda, gobernaron el reino, fueron los más gloriosos para la gente de aquel territorio, un tiempo marcado por la paz y la justicia, por el corazón y la razón, un reinado de sabiduría y de amor que jamás sería olvidado por los habitantes del lugar.
 
F I N
 
 
 

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