Las leyes que nos gobiernan (I)

     

No voy a tratar sobre aquellas leyes humanas que nuestros políticos (supongo que con la mejor intención) elaboran y administran sobre el resto de los ciudadanos. Vamos a hablar de aquellos preceptos que se sitúan por encima de ellos y de nosotros, pero que en definitiva, gobiernan el universo y por ende nuestra existencia, tanto en su aspecto físico como en el inmaterial.

Como ya podéis imaginaros y acorde a la filosofía que nos anima, me estoy refiriendo a las leyes espirituales establecidas en su momento por el Creador, henchidas de sabiduría y que sirven para ordenar el cosmos, asegurar su funcionamiento y aplicar la equidad sobre nuestras vidas.

En lo fundamental, son dos y las demás se subordinan a estas:

*Ley de causa-efecto o
de acción-reacción

*Ley del progreso

La primera de ellas es relativamente fácil de entender ya que, desde pequeños y al estudiar física, sabemos que a toda acción le sigue una reacción o, en otras palabras, que toda causa genera un efecto. De aquí se deriva que no puede haber efectos sin causas.

¿Por qué la luz tarda algo más de ocho minutos en llegar desde el Sol a la Tierra? (efecto). Por la velocidad de la misma y por la distancia que ha de recorrer (causa), o sea, tiempo = espacio/velocidad.

¿Por qué aquel hombre murió en accidente de tráfico? (efecto). Porque conducía su vehículo a 192 km/h, tenía una tasa de alcohol de 1.2 g. en sangre y se empotró contra un muro (causa).

¡Elemental! ¿Verdad? Pues sí. Lo que ocurre es que cuando hablamos de otros aspectos no tan evidentes de la vida humana, la cosa no se nos muestra como tan inmediata, pero eso no impide que la legislación divina continúe con su inexorable curso. Veamos. Si yo cometo una mala acción sobre alguien, lo lógico (aplicando la comentada ley), es que alguien también realice esa misma acción sobre mí. A veces, es muy evidente. Golpeo a mi vecino y él me responde con una patada. Empiezo a gritarle a mi esposa en una discusión y ella también comienza a chillarme. Invito a un amigo a comer a casa y él hace lo mismo pasadas unas fechas. Siguen siendo conductas simples y sencillas de entender.

El problema surge cuando no vemos de forma directa los efectos de nuestras causas. Ahí reside la dificultad, en que la ley de acción-reacción no siempre se ejecuta de manera rápida o inmediata en el tiempo. Cuando pasado un período contemplamos los efectos, quizá incluso hayamos olvidado dónde estuvo el origen de todo lo que nos está ocurriendo. Esto explica, por ejemplo, que personas que están continuamente sembrando insidias, generando malestar en los que conocen o causando daño en sus semejantes terminen sus días aparentemente felices en la cama de su hogar y rodeados por su familia, sin al parecer haber recibido los efectos de las causas por ellos originadas.

Comprendo que este tipo de supuestas “injusticias” sirvan de coartada a muchos, para así negar la existencia de los mecanismos reguladores a los que estamos aludiendo. Tranquilos. La vida humana es eterna, perece el envoltorio carnal que sirve de “traje” al espíritu, pero este habrá de retornar en su fecha a la existencia física y será entonces cuando la ley de causa-efecto prosiga su curso. Pues ¿qué es una vida en este plano sino un soplo? Para eso existe el mecanismo de la reencarnación, entre otras cosas para asegurar el cumplimiento de los preceptos divinos universales que a todos nos afectan. Si creemos firmemente en la supervivencia del espíritu, no podemos negar que el fenómeno de volver a nacer en un nuevo cuerpo es el único que permite en el tiempo la ejecución de la citada ley. Queda claro pues, que la dilación en lo temporal no impide que se obtenga una reacción proporcional a la acción emprendida en su día.

Contamos con un problema añadido. La influencia cultural e histórica de nuestro entorno nos empuja muchas veces a catalogar de forma simplista determinadas acciones como “buenas” o “malas”, de lo que deducimos rápidamente basándonos en un juicio subjetivo que a lo positivo debe seguirle algo positivo y lo mismo con las causas negativas. Pero detengámonos en un aspecto importante. La ley de acción-reacción es objetiva, no nos habla de criterios humanos sometidos inevitablemente a la parcialidad. De ser así, cada uno, acorde a su entendimiento, podría aplicar su propia “justicia” a la hora de conceptuar cualquier acción. Este precepto, su funcionamiento y aplicación deben estar garantizados directamente por voluntad divina para evitar cualquier tipo de desafuero al respecto. Por explicarlo con palabras rudimentarias pero claras, si planto semillas de tomates recogeré tomates y no patatas. Y si arrojo una cerilla encendida a un charco de gasolina, el combustible arderá. Podrá gustarnos más o menos pero no por ello los efectos van a dejar de producirse, lo cual nos lleva a la conclusión de que podemos vivir con total serenidad. La justicia de Dios está garantizada por “ley” (nunca mejor dicho), y debemos tener la absoluta certeza de que acorde a la siembra que realicemos a través de nuestras decisiones así será lo que recojamos tarde o temprano, puede que en esta vida, puede que en otra venidera.

Nada de lo que emprendemos en nuestra biografía, por muy insignificante que nos parezca, permanece sin generar consecuencias. En función del carácter de nuestras actuaciones así serán los resultados. Y… ¿hacia dónde deben ir encaminadas nuestras acciones? Esta pregunta será materia del siguiente artículo donde abordaremos la gran segunda ley universal: la ley del progreso.

…continuará…

One Reply on “Las leyes que nos gobiernan (I)”

  1. No existe "justicia divina". Cada uno ya sabe que lo que hace esta bien o mal. Si yo llevo a un niño a la montaña y le corto el cuello estará mal PORQUE SÉ QUE ESTÁ MAL. Si fuera un poblador de la antigüedad y cometiera ese asesinato creyendo que esta bien porque con eso calmo a los dioses y así salvo a mi pueblo de la hambruna ¿Habré hecho mal?. Lo que mata tu espíritu es escoger deliberadamente el mal.

    ¿Es todo esto obra de Dios o incluso los espíritus son gobernados por las leyes de la física?
    Hemos visto espíritus de formas diversas; como sombras, como luces, como vapor, como ectoplasma, como energía en suma. Por ejemplo, si acercáramos un espíritu a un agujero negro, este, que atrae todas las energías ¿Atraería a un espíritu? Querría decir que los espíritus son afectos a las leyes de la física. Que los espíritus son seres vivos sin la caparazón de la carne. ¿Un espíritu siente amor? ¿Odio? ¿Temor? En todo caso, ¿A qué le puede temer un espíritu? ¿Hay algo peor que la muerte?
    ¿Por qué habitan entre nosotros? ¿Por qué no navegan por el espacio? ¿Dónde está Dios?

    Lo único que he descubierto es que el camino del mal, nos lleva al mal y que el camino del bien nos da felicidad. Para ser parte del bien sólo debemos ser felices cada día, disfrutar el mundo y amar. Y si puedes, salva a tu hermano perdido. Si eres de los buenos eso te dará felicidad.

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