—No lo entiendo, Antonio. Aquella habitación tenía una puerta. ¿Por qué no intentaste salir en cuanto se marcharon? Permanecer allí encerrado, sin poder hablar con nadie y sin saber dónde estabas, debió de resultar insoportable.
Antonio desvió la mirada hacia la carretera mojada. Parecía buscar en la oscuridad unas palabras que llevaba demasiado tiempo sin pronunciar.
—Estaba desconcertado, María. No sabía qué pensar. Lo único cierto era que aquellas personas me habían atendido, habían limpiado mis heridas y, a su manera, se habían mostrado amables conmigo. No tenía motivos claros para desconfiar de ellos, pero tampoco comprendía nada de lo que estaba sucediendo.
Se pasó una mano por el cabello y respiró profundamente.
—Después de que se marcharan, me senté en el borde de la cama. Intenté ordenar mis recuerdos: el hotel, el taxi, el ruido del impacto… Todo aparecía en mi cabeza como imágenes sueltas, sin conexión entre ellas. Empecé a preguntarme si aquello no sería un sueño del que era incapaz de despertar.
María lo escuchaba con el ceño fruncido.
—Incluso llegué a pensar que quizá me hubiesen echado alguna sustancia en la bebida mientras estaba en el Ícaro —continuó Antonio—. Algo que me provocara una alucinación. Ya sabes que por allí circulaba de todo.
—Perdona, cariño —lo interrumpió ella con cautela—. ¿En ningún momento comprendiste que habías muerto?
Antonio negó despacio.
—No. Solo sabía que me habían atropellado. Por eso no me extrañó despertar en una camilla ni que aquellas personas me curasen. Pensé que quizá me encontraba en un hospital extraño o en alguna clínica privada.
—Pero tu cuerpo debía de sentirse diferente.
—Todo era diferente —admitió él—. Y precisamente por eso no conseguía razonar. Me encontraba aturdido, como si una niebla me envolviese la cabeza.
María reparó entonces en el vaso que Antonio había mencionado.
—¿Y aquella bebida verdosa?
—Tenía mucha sed. El vaso resultaba tentador y estuve a punto de bebérmelo varias veces. Pero la desconfianza me pudo. Pensé que tal vez querían drogarme o incluso envenenarme.
Antonio sonrió con amargura.
—Ahora me parece absurdo, pero en aquel momento el miedo gobernaba todos mis pensamientos.
—Es comprensible. Estabas solo y nadie te explicaba nada.
—Exactamente. Al final, como no era capaz de encontrar una salida ni de ordenar mis ideas, me tumbé en la cama. Creo que dormir fue mi manera de escapar de aquella angustia.
María lo contempló con extrañeza.
—Pero, si ya estabas muerto, ¿cómo podías sentir sueño? ¿Por qué necesitabas descansar si tu cuerpo físico ya no existía?
—No sabría explicártelo. Tal vez uno conserve durante un tiempo las costumbres y sensaciones del organismo que acaba de abandonar. O quizá aquella necesidad de dormir no fuese física, sino mental. Todo había sucedido tan deprisa que necesitaba refugiarme en algún sitio, aunque solo fuera dentro del sueño.
María guardó silencio. La explicación le parecía extraordinaria, pero después de cuanto había vivido ya no se atrevía a rechazar nada.
—Es increíble —murmuró—. No tenía la menor idea de lo que podía ocurrir después de la muerte. Y mírame ahora, interrogándote como si fueras un viajero que regresa de un país lejano.
Antonio esbozó una sonrisa tenue.
—En cierto modo, eso es lo que soy.
—¿Qué sucedió cuando despertaste?
El gesto de él volvió a ensombrecerse.
—No sabía cuánto tiempo había pasado. Podían haber sido minutos, horas o días. Allí el tiempo no parecía funcionar como en nuestro mundo. Lo único que recuerdo con claridad es que había soñado de una manera muy intensa. Por mi mente desfilaron imágenes que me produjeron una impresión enorme.
—¿Qué imágenes?
Antonio tardó en responder.
—¿Recuerdas que antes te dije que llevaba mucho tiempo jugando con fuego?
—Sí.
Él bajó la cabeza.
—Pues eso fue lo que vi. Una sucesión de noches, decisiones y mentiras. Era como contemplar mi vida desde fuera, sin poder apartar la mirada.
María observó cómo el rostro de su marido se contraía.
—Tengo que pedirte perdón —añadió Antonio—. Te mentí muchas veces. Y todavía hoy me duele reconocerlo.
María quedó inmóvil.
—¿Mentirme? ¿A mí?
En su voz no había solo sorpresa. También comenzaba a asomar una inquietud más profunda, una sospecha que la obligó a dar un paso atrás.
—Cariño, llegaba a casa de madrugada con demasiada frecuencia. Tú me preguntabas por mis horarios y yo siempre te ofrecía la misma explicación: que un taxista no tiene hora de apertura ni de cierre, que debía aprovechar los mejores servicios y que, si queríamos salir adelante, tenías que respetar mi manera de llevar el negocio.
María sintió una opresión en el pecho.
—Antonio, no te estoy entendiendo bien. ¿Quieres decir que utilizabas el trabajo como excusa?
Él asintió con visible vergüenza.
—En parte. No todo cuanto te contaba era falso, porque muchas noches trabajaba de verdad. Pero ocultaba aquello que no me convenía que supieras.
María apretó los labios.
—Habla claro.
Antonio levantó la mirada. Durante unos segundos pareció arrepentirse de haber iniciado aquella confesión, pero ya no podía retroceder.
—Hubo muchas noches en las que regresaba tarde porque pasaba horas llevando clientes al Hotel Ícaro.
—Eso ya lo sabía. Eras taxista.
—No era tan sencillo.
María aguardó en silencio.
—El Ícaro era mucho más que un hotel o una sala de fiestas. Allí se jugaba, circulaban drogas y trabajaban mujeres que ofrecían servicios sexuales. Yo conocía bien el funcionamiento del local y llegué a un acuerdo con sus propietarios.
El rostro de María cambió por completo.
—¿Qué clase de acuerdo?
—Me pagaban una comisión por cada cliente que llevaba hasta allí.
Ella lo miró fijamente, como si esperase que rectificara.
—¿Una comisión?
—Sí. Recogía a hombres en el aeropuerto, en la estación o en determinados puntos de la ciudad. Durante el trayecto les hablaba del Ícaro, de las fiestas, del casino y de todo lo que podían encontrar dentro. Si conseguía convencerlos, los propietarios me entregaban una parte de lo que aquellos clientes gastaban.
…continuará…

