LAS TRES VIDAS DE MARÍA (22) Los que hablan sin saber

Tras aquel abrazo que parecía trascender el tiempo y las circunstancias, ambas mujeres permanecieron unos instantes en silencio.

—Entonces, señora… ¿cree que él volverá a visitarla? —preguntó María con suavidad.

Ana dejó escapar un profundo suspiro.

—¿Quién puede saberlo, hija? No estoy segura de nada. Lo único que deseo es que, cuando llegue mi hora, venga a recogerme. Si algún día he de cruzar esa misteriosa frontera entre la vida física y la espiritual, preferiría hacerlo en buena compañía.

María sonrió.

—Dice usted bien. Es más, creo que ha acumulado méritos suficientes para dar ese paso junto a su hijo, junto a su marido o quizá junto a ambos. Alberto se lo prometió y, en cuanto a su esposo… estoy convencida de que lamenta profundamente haberla dejado sola durante tantos años.

—Eso espero, querida. Es una aspiración legítima y deposito esa esperanza en Dios. Confío en que, si realmente me conviene, Él sabrá concedérmela. Siempre he creído en su justicia. ¿Por qué habría de dejar de hacerlo ahora?

María permaneció pensativa.

Algo de todo aquello resonaba con fuerza en su interior.

—Dios mío… no sé cómo expresarlo. Tengo la sensación de que usted ha aparecido por alguna razón en mi camino para hacerme reflexionar.

Ana sonrió.

—Hija, ¿conoces algo en esta existencia que provenga verdaderamente del azar? Solo los ignorantes atribuyen a la suerte aquello que no comprenden.

—Después de hablar con usted, creo que empiezo a pensar exactamente igual.

En ese momento, unas carcajadas resonaron a sus espaldas.

—Ja, ja… Desde luego, hoy esta señora viene con las pilas cargadas. Lleva más de una hora hablando sola y no parece cansarse —comentó uno de los empleados.

—Yo también me he fijado —respondió una cuidadora cercana—. Parece que le han dado cuerda. No para ni un segundo.

—Pero ¿tú entiendes algo de lo que dice? Porque no solo habla. También gesticula, sonríe y mira al frente como si tuviera a alguien sentado delante.

—No es la primera vez que la veo así. Por eso ya ni me sorprende.

—Creo que está hablando con algún familiar fallecido. Antes me pareció oír algo de que vinieran a buscarla cuando muriese.

La mujer negó con la cabeza.

—Qué sociedad tan triste hemos construido. Dejamos a nuestros mayores en estos lugares y luego nos olvidamos de ellos. Al final terminan refugiándose en recuerdos o fantasías para combatir la soledad.

—Sí, da bastante pena. A muchos solo les queda la ilusión de que alguien venga a buscarlos cuando llegue el final.

—Y pensar que quizá acabemos igual.

—No quiero ni imaginarlo.

El hombre cruzó los brazos.

—Lo que más me impresiona es la capacidad de la mente humana para rellenar los vacíos. Para compensar todo lo que supone hacerse viejo.

—Es puro instinto de adaptación. Cuando uno envejece deja de sentirse atraído por lo que ve y tampoco le entusiasma lo que le espera. Entonces la imaginación hace su trabajo.

—Como en su caso.

—Exacto. Se inventan conversaciones, recrean recuerdos, hablan con personas que ya no están. En el fondo es una forma de proteger la propia identidad.

—Tal vez ni siquiera recuerde ya quién es realmente.

—Y aun así intenta defender la historia de su vida.

Ambos observaron unos segundos a la anciana.

—Está completamente sola.

—Sí. Ni siquiera recibe visitas. Está viuda.

—¿No tiene hijos?

—Creo que no. O si los tiene, hace mucho que dejaron de venir.

—Bueno, ya sabes cómo funciona todo hoy. La gente está demasiado ocupada para perder el tiempo con los mayores.

La otra cuidadora soltó una breve risa.

—¿Ocupada? Yo lo llamaría de otra manera. Nos hemos vuelto cómodos. Preferimos mirar hacia otro lado antes que enfrentarnos a lo que nos incomoda.

—Puede ser.

—Además, vivimos en una época extraña. Cada vez nacen menos niños y cada vez hay más ancianos.

—¿Y te sorprende? ¿Quién quiere traer hijos a un mundo como este?

—No exageres.

—¿Exagerar? Mira a tu alrededor. Sueldos ridículos, alquileres imposibles, trabajos precarios… Muchos jóvenes no pueden independizarse ni con treinta años.

—Eso es verdad.

—Algunos sobreviven gracias a ayudas. Otros trabajan sin esperanza de construir nada estable. Y luego nos preguntamos por qué nadie quiere formar una familia.

El hombre asintió lentamente.

—Parece que hemos perdido la confianza en el futuro.

—Exactamente. Y sin confianza, nadie construye nada.

Miró alrededor con gesto cansado.

—Mientras tanto, aquí seguimos rodeados de ancianos que se aferran a la vida como pueden. Oye, que no se muere ninguno.

—Bueno, tampoco puedes reprochárselo.

—No, claro que no. Pero a veces tengo la sensación de que el mundo se ha quedado sin relevo.

Un silencio incómodo se instaló entre ambos.

Y mientras aquellos trabajadores discutían sobre la vejez, la soledad y el sentido de la existencia, ninguno de los dos sospechaba que, a pocos metros de distancia, María estaba escuchando cada una de sus palabras.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

AS TRÊS VIDAS DE MARIA (22) Quem fala do que não sabe

Dom Jun 14 , 2026
Depois daquele abraço que parecia transcender o tempo e as circunstâncias, as duas mulheres permaneceram alguns instantes em silêncio. — Então, dona Ana… a senhora acha que ele vai voltar para visitá-la? — perguntou Maria, com suavidade. Ana soltou um suspiro fundo. — Quem pode saber, minha filha? Eu não […]

Puede que te guste