LAS TRES VIDAS DE MARÍA (16) El uniforme y la tragedia

De repente, la anciana guardó silencio, como si estuviera ordenando dentro de sí los recuerdos que estaba a punto de desenterrar.

—Por favor, doña Ana, no se quede callada —pidió María con interés—. Lo que me estaba contando me parece fascinante. Continúe… Tengo la impresión de que voy a aprender mucho con su historia.

La mujer mayor pareció reaccionar de golpe, como quien regresa de un lugar lejano.

—Ah, sí, perdona, hija —dijo con una leve sonrisa de disculpa—. Estaba pensando en cómo explicarte todo aquello. Hay recuerdos que, aunque hayan pasado muchos años, siguen doliendo.

—Inténtelo. Haré lo posible por comprenderla.

Doña Ana asintió lentamente.

—Quiero recordarlo bien, sin dejarme nada. Mi marido siempre fue un hombre profundamente comprometido con su profesión. Era militar y se sentía orgulloso de vestir aquel uniforme. Solía decir que los soldados existen para proteger a su país cuando llegan tiempos difíciles.

—Eso suele decirse, sí.

—Y estaba tan enamorado de su vocación que, sin darse cuenta, terminó transmitiéndole ese amor a nuestro hijo Alberto. Desde pequeño admiraba a su padre; quería parecerse a él en todo. Así que, cuando cumplió la mayoría de edad, se preparó con una disciplina admirable para ingresar en la Academia General Militar de Zaragoza, donde se forman los futuros oficiales del Ejército.

María sonrió.

—Debieron sentirse inmensamente orgullosos. Estaba siguiendo los pasos de su padre.

—Claro que sí, María —respondió la anciana con una nostalgia serena—. Éramos felices. En aquellos momentos ninguno sospechaba la tragedia que se acercaba lentamente a nuestra familia.

María percibió un cambio en su expresión.

—Dios mío… ¿qué está diciendo? ¿Por qué la noto tan triste? Cuénteme.

Doña Ana bajó la mirada.

—Sucedió algo que nadie esperaba. Quizá fuera inevitable; con los años terminé pensando que aquel era el destino de mi hijo. Aunque ya te explicaré por qué llegué a esa conclusión.

Durante unos segundos pareció perderse en sus pensamientos.

—Apenas un año después de recibir su despacho como teniente, tuvo que participar en unas maniobras militares en una zona desértica de Aragón donde solían realizar ejercicios. Nunca supe exactamente qué ocurrió. Al parecer, una granada defectuosa explotó antes de tiempo, antes siquiera de ser lanzada.

Se detuvo.

—Y ya puedes imaginar quién era la persona que la llevaba en la mano.

María sintió un estremecimiento.

—Dios mío, Ana… qué tragedia tan espantosa. Nadie está preparado para recibir una noticia así. Hay cosas que parecen ir contra el orden natural de la vida. Los hijos no deberían marcharse antes que sus padres.

La anciana cerró los ojos un instante.

—Lo has expresado muy bien. Fue un golpe devastador. Jamás conseguimos recuperarnos del todo. Alberto era nuestro único hijo, aquel en quien habíamos depositado todos nuestros sueños y nuestras esperanzas… y, de pronto, desapareció sin ninguna explicación.

Su voz comenzó a quebrarse ligeramente.

—La noticia nos destruyó por dentro. Mi marido no consiguió asumir aquella pérdida y empezó a alejarse de mí. Y yo… yo también me fui alejando de él. Cada vez hablábamos menos.

Tragó saliva.

—Y lo peor es que yo era injusta. Muy injusta. En ocasiones descargaba mi dolor contra él y le repetía algo cruel: que Alberto se había hecho militar por su culpa. Le decía que, si hubiese llevado una vida civil, jamás habría sufrido aquel maldito accidente.

Bajó la cabeza lentamente.

—Solo mucho tiempo después comprendí el daño que le estaba haciendo. Mi marido sufría tanto como yo.

María la observó con ternura.

—Pero no creo que actuase con mala intención. Era el dolor hablando por usted. Una madre que pierde a un hijo pierde algo tan profundo que las heridas dejan de obedecer a la lógica.

—Puede que tengas razón.

La anciana suspiró.

—No mucho después, mi marido pasó a la reserva ya siendo coronel. Solo podrían movilizarlo en caso de guerra. Al principio pensé que aquello nos ayudaría, que estaríamos más unidos. Me equivoqué.

Miró hacia algún punto perdido del patio.

—Con tanto tiempo libre comenzó a apagarse poco a poco. Ya no tenía el cuartel, ni sus rutinas, ni las conversaciones con sus compañeros. Empecé a tener un pensamiento que me asustaba: aquella nueva vida no podía traer nada bueno.

María frunció el ceño.

—¿Y qué pasó entonces, doña Ana? Lo dice como si la desgracia hubiese vuelto a llamar a la puerta.

La anciana la miró directamente a los ojos.

—Fue mi segundo gran golpe. Como si el primero no hubiese bastado, la vida volvió a sacudirme.

Guardó silencio.

—Una mañana salió temprano y me dijo que había quedado con antiguos compañeros para comer y pasar un rato con ellos. Pero algo en él me resultó extraño. No había alegría en su voz.

Las manos comenzaron a temblarle ligeramente.

—Pasaron las horas y no regresó. Empecé a inquietarme. Se me pasaron por la cabeza los peores pensamientos. Él era un hombre extremadamente ordenado y rutinario; aquello no era propio de él.

La anciana se detuvo. Algo parecía removerse dentro de ella.

—Perdona, María. Recuerdo que, movida por un presentimiento que me estaba devorando por dentro, fui a una caja fuerte que tenía en su habitación. Allí guardaba objetos personales, entre ellos el carnet militar de Alberto.

Respiró profundamente.

—Yo conocía la combinación, así que la abrí.

Su mirada se oscureció.

—Y el terror me golpeó de inmediato. Faltaba lo más importante que había allí.

María sintió cómo se le aceleraba el corazón.

—¿Qué era?

Doña Ana tardó unos segundos en responder.

—Una pistola para la que tenía licencia. Le encantaban las armas y jamás quiso desprenderse de aquella. Decía que le hacía sentirse más seguro.

La mujer tragó saliva.

—Siempre repetía una frase: «Quién sabe si algún día tendré que usarla».

María se llevó las manos a la cabeza.

—Dios mío… No puede ser lo que estoy imaginando.

…continuará…

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Sáb May 23 , 2026
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