—Y… entonces —planteó María, clavando la mirada en el profesional—, según su planteamiento… ¿qué ocurre realmente tras la muerte? Si desaparece el cuerpo… ¿qué nos queda?
Don José entrelazó las manos con calma antes de responder.
—Si aceptamos —aunque sea como hipótesis— que el alma sobrevive a la destrucción del cuerpo y que esa alma conserva la capacidad de sentir y de pensar… ¿por qué la existencia habría de interrumpirse? Podría continuar, sí, aunque en otro plano, bajo otras condiciones.
María guardó silencio unos instantes, procesando la idea.
—Visto así… suena razonable, doctor. Es una lástima que la ciencia aún no haya logrado penetrar en un terreno tan esencial. Resolvería tantas dudas…
El psicólogo esbozó una leve sonrisa.
—No lo crea. La ciencia avanza más de lo que pensamos. Hay líneas de investigación que, hace no tanto, habrían parecido pura fantasía. Tal vez no falte tanto para que podamos contemplar la muerte desde una perspectiva distinta a la filosófica o la religiosa. Si llegara ese momento… estaríamos ante un descubrimiento verdaderamente revolucionario.
—Sí… —respondió María con una ligera sonrisa—. A veces he encendido la radio o la televisión esperando escuchar algo así: «los investigadores han hallado evidencias de otra realidad». Dios mío… cambiaría por completo la historia de la humanidad.
—Sin duda —afirmó don José—. Para mí, sería el mayor hallazgo jamás realizado. Saber con certeza que la vida no termina con la muerte… alteraría por completo nuestra forma de entender la existencia.
—Claro.
—Pero también le diré algo —añadió él, adoptando un tono más reflexivo—. No sé si estamos preparados para asumir una verdad así. Las consecuencias podrían ser imprevisibles.
María alzó ligeramente las cejas.
—Recuerdo una película sobre eso. Un científico logra demostrar que la vida continúa… ¿y sabe qué ocurre? Mucha gente empieza a suicidarse para escapar de sus problemas.
—Sí —asintió el psicólogo—. El descubrimiento. La vi hace tiempo. El planteamiento era inquietante: si sabemos que existe otra dimensión… y estamos sufriendo aquí… ¿para qué seguir?
—Exacto. Cualquiera que esté pasando por un mal momento podría verse tentado a abandonar este plano para librarse del dolor.
Don José inclinó ligeramente la cabeza.
—Puede parecer una idea extrema… —dijo él—, pero no es tan descabellada. Conociendo al ser humano, es una posibilidad real. Si alguien percibe que puede poner fin a su sufrimiento y “comenzar de nuevo” en otro lugar… algunos lo interpretarían como una oportunidad.
María lo observó con intensidad.
—Tengo otra pregunta.
—Adelante —respondió el doctor—. Este tema está profundamente ligado a lo que usted ha vivido.
—Gracias… —hizo una breve pausa—. ¿Cree usted que yo estoy loca?
El psicólogo reaccionó con visible sorpresa.
—¿Cómo dice? —se incorporó ligeramente en la silla—. ¿En qué se basa para afirmarlo? Permítame decirle que me parece una conclusión muy dura.
María negó suavemente.
—No lo crea. Déjeme explicarme.
Don José guardó silencio, atento.
—¿Y si yo le dijera… que he descubierto que la inmortalidad existe?
El impacto fue inmediato.
—¿Perdón? —el profesional se removió en su asiento—. Admito que me ha sorprendido. Y mire que he escuchado historias en ese diván…
Se detuvo un instante antes de continuar.
—Pero eso, por sí solo, no implicaría que haya perdido el juicio. Lo que me interesa ahora es entender cómo ha llegado a esa conclusión.
Se inclinó ligeramente hacia ella.
—Cuénteme.
Un breve silencio llenó la sala.
María carraspeó, como si necesitara reunir fuerzas.
—¿Comprende ahora por qué insistí tanto cuando me encontré con usted en la sala de espera?
Don José sonrió levemente.
—Y menos mal que lo hizo. Fue un acierto.
—Tenía que entrar aquí. Tenía que contarlo todo… con detalle. Gracias a que usted fue receptivo… —lo miró con sinceridad—. Ahora entenderá lo que ocurrió después de atarme el cordón al cuello… y de dejarme caer.
El psicólogo mantuvo la mirada fija en ella.
—Le escucho.
María respiró hondo.
—Se lo voy a explicar todo. Pero antes… dígame una cosa —añadió con un leve temblor en la voz—. ¿Está preparado para lo que va a oír?
Don José no dudó.
—Preparado quizá no sea la palabra… pero sí estoy expectante.
María asintió.
—¿Tendría un poco de agua? La historia es larga… y temo que la garganta se me seque.
El psicólogo sonrió, levantándose ligeramente.
—Por supuesto. Para eso están estos pequeños detalles.
Tomó una botella de un mueble cercano y se la ofreció.
—Gracias, don José.
…continuará…

