SOMBRAS DE DIOS (63) La visita del Santo Oficio

Pasaron los meses en la vida conventual y, por fortuna, la niña Fátima siguió creciendo sin sufrir quebranto alguno en su salud. Era una criatura preciosa, con el rostro blanco como la nieve y el cabello dorado como el oro. Sus ojos, poco a poco, fueron tornándose del verde de la esmeralda, cual si en su semblante habitase la misma esperanza.

A pesar del silencio y la quietud propios de la clausura, aquella abadía estaba destinada a soportar los más graves reveses y la más intensa turbación. Ya en 1650, un carruaje del que descendieron dos hombres con hábitos blancos y negros se detuvo ante la gran puerta que daba acceso al convento de las hermanas concepcionistas. Al poco, uno de ellos, dando voces, comenzó a golpear con insistencia el aldabón de hierro incrustado en la madera.

—¡Ah, de la abadía! ¡Abran de inmediato al Santo Oficio! ¡Abran y no se demoren! —retumbó su grito en toda la calle.

Tan fuertes fueron los aldabonazos que las monjas, nerviosas, corrieron por los pasillos, sobresaltadas por lo que ocurría afuera. La paz y el recogimiento del monasterio se vieron alterados y el estupor se extendió entre sus moradoras. Por fin, un pequeño grupo de hermanas descendió hasta el patio de entrada, encabezadas por su priora, la madre Verónica de Nebrija.

—¿Quién se atreve a llamar a estas horas? ¿Quién interrumpe el silencio de este convento, consagrado a Nuestra Señora de la Inmaculada? —inquirió la superiora.

—¡Somos del Santo Oficio! Abran ya o mandaremos derribar la puerta. No queremos entrar por la fuerza, mas no se demoren. Obedezcan o aténganse a las consecuencias —insistió el hombre, que, como un poseso, no cesaba de golpear sin delicadeza alguna.

—Madre, ¿qué hacemos? —susurró Concepción al oído de Verónica, con gesto preocupado—. ¿A qué viene estos a importunarnos?

—No hay de qué inquietarse —respondió con estudiada firmeza Verónica—. Vosotras dos, novicias, corred los hierros y abrid. La impaciencia está afuera, no dentro de estos muros.

Mientras las jóvenes cumplían la orden, la superiora añadió en voz baja:

—Tranquilas. Ignoro qué desean, pero nadie en su sano juicio rehusaría un requerimiento de la Inquisición. ¿Quién de vosotras ignora su poder? Vamos, abrid sin más demora.

Al fin, la pesada maniobra de abrir los cerrojos, acompañada por los chirridos de los antiguos goznes, permitió que el portón quedara franco para los dos miembros de la Inquisición.

—Buenos días, señoras —dijo con fingida cortesía el primer fraile—. Disculpen lo temprano de la hora, pero tenemos trabajo pendiente y no podemos demorarnos. Soy fray Bernardo de Quirós, dominico y fiscal del Santo Oficio de Sevilla. Este es mi ayudante y secretario, fray Agustín Gilarte. Excusen la vehemencia de su voz y de sus manos si les ha causado sobresalto: tal es su carácter.

Tras un breve cruce de miradas entre los presentes, Bernardo preguntó:

—¿Sois vos acaso la madre Verónica, responsable de esta comunidad?

—En efecto, yo soy —repuso con tono seco la abadesa.

—Bien, reverenda madre. Hemos venido desde Sevilla para tratar un asunto del cual deberéis responder. Como es lógico, no hablaremos de pie ni en medio de la congregación. ¿Podemos disponer de una sala privada donde conversar con tranquilidad?

—Por supuesto, señores. Si vuesas mercedes tienen la bondad de seguirme a la sala de visitas… —respondió lacónicamente Verónica, acompañando sus palabras con un ademán invitador.

—Gracias —dijo el fiscal, esbozando una ligera sonrisa.

Mientras aquella entrevista se mantenía en la sala, dos mujeres conversaban en el huerto.

—¿Lo ves, Carmen? Los inquisidores se mueven despacio, pero con paso firme. En nuestro ámbito la burocracia es exasperante, los papeles se pierden en cajones y el tiempo los olvida. Pero en este caso, la estrategia ha funcionado. La condesita milagrera y su sirvienta enfermera están perdidas. Ya era hora.

—Exageras, Martina. Tu pasión nubla tu juicio. Te lo advertí, aunque debo reconocer que ver a esos hombres con tales hábitos dentro de este convento impresiona.

—No temas, querida. No vienen contra nosotras, y bien lo sabes.

—No estaría yo tan segura —expresó la hermana Carmen mientras que apoyaba su azada en el suelo—. Al final, este turbio asunto puede salpicarte… y quizá también a mí. No quiero insistir, pero de la Inquisición, cuanto más lejos se esté, mejor. Cuando esta gente persigue un objetivo, no concede tregua.

—Pues yo lo siento mucho, pero ante el abuso hay que actuar. No pienso callar, y ya ves los efectos de mi denuncia. Ahora es tarde para echarme atrás. Ellos sabrán descubrir la verdad de lo que aquí ocurre, tras estos muros que nos vuelven invisibles para el pueblo. ¿Quién habría de preocuparse por lo que sucede en un convento de clausura? Y lo sucedido es grave, te lo aseguro. Si me llaman, iré y declararé lo que juzgue oportuno. Nadie coartará mi libertad. Te digo más: esos hombres no me creerán por lo que diga, sino por cómo lo diga. Y en eso, Carmen, nadie me gana.

…continuará…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Entrada siguiente

SOMBRAS DE DIOS (64) Sombras bajo el hábito

Sáb Sep 13 , 2025
—Martina, lo único que advierto en ti es un ánimo demasiado impetuoso. Te tomas las cosas con exceso y te falta un poco de examen racional. Sé bien que tu pasado te pesa, aquella adolescencia maldita en manos de un padre abusador y perturbado, pero convendría que madurases cuanto antes. […]

Puede que te guste