LAS TRES VIDAS DE MARÍA (46) Ponerme en paz contigo

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Antonio contempló a María con una expresión muy diferente a la del hombre que ella había conocido en vida. Había algo más sereno en sus ojos, pero también una fragilidad que nunca le había mostrado.

—María, creo que ha llegado el momento de decirte algo.

—Adelante.

—He venido hasta aquí para ponerme en paz contigo.

Ella permaneció inmóvil.

—Si tuviera que resumir todo este encuentro en una sola frase —continuó Antonio—, sería esa. Necesitabas conocer la verdad y yo necesitaba contártela.

María bajó la mirada.

—Por dolorosa que fuese.

—Precisamente por eso.

Antonio respiró profundamente.

—Durante años viví rodeado de mentiras. Mentía sobre mis horarios, sobre el dinero, sobre el Ícaro, sobre las mujeres, sobre las drogas… Y todas aquellas mentiras terminaron perjudicándote a ti y también a Tony.

Se quedó en silencio unos instantes.

—Pero he comprendido algo más.

—¿Qué?

—Que la primera víctima de mis engaños fui yo mismo.

María frunció ligeramente el ceño.

—No pretendo quitaros importancia a vosotros —aclaró inmediatamente—. Al contrario. Pero ahora comprendo que, cuando uno vive engañando a los demás, termina construyendo una cárcel para sí mismo.

Antonio se señaló el pecho.

—Yo era quien estaba desperdiciando mi propia existencia.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Ni siquiera había cumplido cuarenta años, María.

Ella percibió inmediatamente el cambio.

—Antonio…

—No. Déjame decirlo.

Tomó aire, tratando de contenerse.

—Tiré mi vida.

La frase salió con dificultad.

—Eso es lo que todavía me cuesta asumir. Tuve una oportunidad extraordinaria: una familia, un hijo, una mujer que me quería, años y años por delante…

Antonio cerró los ojos.

—Y lo cambié por noches vacías, por sexo, por alcohol, por drogas, por sentirme importante durante unas horas.

Una lágrima descendió por su rostro.

—Con todos los años que podríamos haber disfrutado juntos…

Ya no pudo continuar. Se cubrió la cara con ambas manos y comenzó a llorar. No era un llanto contenido ni silencioso. Antonio lloraba como alguien que hubiera conseguido mantener durante demasiado tiempo una presa cerrada y ya no pudiera contener el agua.

María sintió que algo se removía dentro de ella. Había deseado reprocharle tantas cosas. Había imaginado incluso la satisfacción que le produciría verlo reconocer sus errores. Pero contemplarlo así no le proporcionó ningún placer. Solo sintió compasión.

Instintivamente quiso acercarse para abrazarlo, aunque recordó que aquel contacto seguía siendo imposible. Su mano se detuvo a medio camino.

—Antonio…

Él logró serenarse poco a poco.

—Perdí aquella oportunidad —continuó entre lágrimas—. Me refugié en el sexo descontrolado y en la falsa seguridad de las drogas. Pero ya no puedo pasarme el resto de mi existencia lamentándome por lo que pudo ser y no fue.

María recordó sus propias palabras.

—Reconstruirse.

Antonio levantó la mirada.

—Exactamente.

Se secó los ojos.

—Durante mucho tiempo sentí rabia contra mí mismo. Me despreciaba. Me preguntaba una y otra vez cómo había podido ser tan estúpido.

—Supongo que tampoco ayudaba demasiado.

—Nada.

Antonio negó.

—Fustigarse constantemente también puede convertirse en otra forma de egoísmo. Sigues pensando exclusivamente en ti, aunque sea para odiarte.

María reflexionó sobre aquello.

—Ahora intento hacer otra cosa —continuó él—. Aprender. Mejorar. Prepararme. Cumplir las tareas que me asignan.

—Tus famosas prácticas.

—Mis famosas prácticas.

Ambos sonrieron.

—Ni siquiera pregunto cuánto falta para terminar este proceso. Antes seguramente habría exigido fechas, plazos y garantías.

—Eso sí que se parece mucho al Antonio que conocí.

—Ya ves.

Antonio se encogió de hombros.

—Ahora confío en quienes me están ayudando. Si ellos consideran que todavía necesito tiempo, será porque lo necesito. Prefiero avanzar despacio y con seguridad.

María lo miró con cierta ternura.

—Me alegro por ti. De verdad.

Después torció ligeramente el gesto.

—Aunque sigo pensando que cinco años son muchos. Por más que puedas pasearte por una mezcla entre Versalles y el Generalife, cinco años continúan siendo cinco años.

Antonio sonrió.

—¿Recuerdas lo que hablamos al principio?

—Que aquí el tiempo funciona de otra manera.

—Eso es.

Antonio miró hacia la oscuridad de la noche, como si intentara encontrar las palabras adecuadas.

—Sé que para ti han transcurrido cinco años. Los has contado día tras día, cumpleaños tras cumpleaños, Navidad tras Navidad.

María bajó la mirada.

—Así ha sido.

—Pero yo no tengo esa misma sensación. No podría decirte cuánto tiempo siento que ha pasado.

—¿Menos?

—Creo que sí, aunque tampoco sabría medirlo.

Antonio hizo un gesto de impotencia.

—Nuestros mundos se parecen en muchas cosas, pero son diferentes. Y sospecho que el tiempo es una de esas diferencias difíciles de explicar desde vuestra perspectiva.

—Entonces para ti esos cinco años podrían haber sido…

—No lo sé, María. Y prefiero no inventarme una respuesta.

Ella asintió.

—Me parece justo.

Se produjo otra pausa.

Hasta entonces María había escuchado a Antonio hablar de sí mismo, de su muerte, de sus errores y de aquella extraña existencia posterior.

Pero una pregunta llevaba varios minutos abriéndose paso en su interior.

—Antonio… Perdona si ahora soy un poco egoísta.

Su expresión había adquirido una gravedad nueva.

—Ahora soy yo quien necesita ayuda.

Antonio enderezó ligeramente el cuerpo.

—Dime.

—Todo esto me ha removido mucho por dentro.

María buscó las palabras.

—La conversación con doña Ana, lo que he vivido contigo, descubrir la verdad sobre nuestra vida… Son demasiadas cosas.

—Lo comprendo.

—No estoy segura de comprenderlas yo.

María miró a su antiguo marido.

—Pero tengo la sensación de que esta conversación puede cambiar mi vida.

Antonio permaneció callado.

—Por eso quiero preguntarte algo.

María respiró profundamente.

—¿Qué crees que va a ser de mí cuando todo esto termine?

Antonio la contempló con atención.

Ella continuó:

—Tú ya has pasado por tu proceso. Has tenido tiempo para pensar, para equivocarte incluso después de muerto, para aprender…

Su voz se volvió más débil.

—Yo, en cambio, tengo un cuerpo en algún lugar que quizá todavía pueda recuperar.

La frase hizo que ambos recordaran de golpe la verdadera situación.

—Dime, Antonio. Después de todo lo que hemos hablado esta noche… ¿qué crees que debo hacer?

…continuará…

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AS TRÊS VIDAS DE MARIA (46) Fazer as pazes com você

Dom Sep 20 , 2026
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