SOMBRAS DE DIOS (103) La bendición de la priora

Tras recorrer con su tierna mirada a la comunidad, la priora alzó la voz lo justo para que el murmullo del refectorio se apagara del todo.

—Así como supimos protegernos de la gran plaga, también superaremos esta prueba —dijo, serena—. Estaremos dispuestas para los obstáculos que vengan, porque así es la ley de la vida: se crece en el día a día, con sacrificio y entrega al prójimo. Nuestro Señor ya nos mostró que la cooperación y el apoyo mutuo son fuente de alegría verdadera. Que Dios nos guíe y la Virgen nos inspire mientras cumplimos los mandatos de su Hijo. Contamos con la protección de nuestra fundadora que, desde el cielo, nos mira y nos aconseja para que su obra continúe aquí, sobre esta tierra. Con su presencia en nuestros corazones, no habrá dificultad invencible.

Un asentimiento, primero tímido y luego unánime, recorrió los bancos. Aquel gesto, repetido en decenas de cabezas, parecía ensanchar el pecho y aliviar la pena acumulada de las últimas semanas. Siguió un breve silencio de recogimiento, como si cada hermana ordenara, una a una, las palabras de Verónica de Nebrija dentro de sí.

Entonces, la superiora quedó como turbada. Un leve mareo la obligó a reclinarse en la silla. Cerró los ojos y, sosteniéndose la frente con ambas manos, quedó como traspuesta. Ante la expectación de todas, empezó a recitar —aún con los párpados cerrados— una oración que parecía inspirarse desde el fondo mismo de su alma:

—A ti, Señor, levanto mis ojos; a ti, que habitas en los cielos y nos miras como a hijas tuyas. Alzo mi vista para recibir tu esperanza y que mi mirada se impregne de tu amor, para que, entre dificultades, nunca te olvides de nosotras. Nuestra alegría es pronunciar tu nombre; nuestra alma se regocija por conocerte, porque tu bondad rebasa lo que alcanza la razón. Tú eres la puerta de la confianza, la ventana de donde entra la luz, la sonrisa cálida que asegura la salvación. Queda maldad en los corazones y me preguntan por qué sigo creyendo; les respondo con el pecho abierto: si te conocieran, si probaran tan solo un poco de ti, alabarían tus maravillas y hallarían descanso para sus manos y sus mentes. Por eso, por todo y por siempre, Tú eres nuestra esperanza. Gracias, Señor.

Un «amén» redondo, como tejido por todas, selló la plegaria. Entonces Martina Pina, con los ojos inundados, no pudo contenerse. Se alzó de su banco y, casi corriendo, llegó hasta la priora, que todavía respiraba hondo tras el arrebato de oración. Se inclinó, tomó sus manos y las besó con urgencia, una, otra y otra vez.

—Madre abadesa, que Dios os bendiga siempre. Os aseguro que nuestra bendita fundadora se halla entre nosotras. No lo sé, simplemente mi corazón lo intuye. Os lo ruego: dadme vuestra bendición.

—Levantaos, Martina, por favor —respondió Verónica con dulzura—. Dios no quiere criados, sino servidores de su ley, que es el amor.

La hermana, sin embargo, se arrodilló más, apoyó la frente en el regazo de la priora y rompió en sollozos. A su alrededor, la atmósfera se volvió más clara, casi mística, como si una lámpara invisible hubiera ganado fuerza. Varias hermanas, movidas por ese impulso, cayeron también de rodillas y comenzaron a rezar un «Ave María» lento, sentido, nacido del fondo del pecho. Verónica alzó con cuidado a Martina hasta tenerla frente a frente y la envolvió con un abrazo cálido que parecía restituirle el aliento. Luego, con paso quedo, fue recorriendo las mesas: a cada monja, el abrazo; a cada oído, el mismo susurro: «La Virgen Inmaculada te bendice y Beatriz de Silva está contigo».

Al término de aquel gesto, las manos volvieron al pan con más calma; el agua, en los jarros, supo a alivio. Afuera, el claustro reanudó su rumor de hojas; dentro, el duelo encontró su forma: trabajo, oración, memoria y una lámpara encendida por Concepción. Con la primera noche sin sobresaltos, la comunidad entendió que comenzaba, al fin, la estación de la reconstrucción.

Pasaron los días, y los meses, y se cumplió un año. La vida del convento recobró su latido. El temporal de la Inquisición se disipó al modo de la niebla cuando el sol aprieta a media mañana. Apenas quedaban rastros de aquel episodio que arrancó a tres hermanas de los muros; solo una no volvió, salvo para descansar su cuerpo bajo los naranjos dulces del claustro. Las otras dos —absueltas por la verdad— salvaron el escarnio.

Tal como le había anunciado la priora en el carruaje en el regreso desde Sevilla, Martina no cumplió ni un solo día de aislamiento: se aplicó la prerrogativa que el arzobispo había dejado en manos de Verónica, y la comunidad siguió su curso sin castigo ni afrenta. Carmen, íntima de Martina y conocedora de los entresijos de la denuncia, vio el cambio de su amiga y se juró a sí misma un silencio perpetuo para no romper la paz recién conquistada.

Aquella tarde, ya a la hora de cenar, las mujeres ocuparon el refectorio. El pan estaba cortado; el agua, fresca en los cántaros. Verónica tenía la costumbre —vieja disciplina de gobierno— de contar con los ojos a las hermanas. De pronto, echó en falta una silueta.

Faltaba Martina.

Sin llamar la atención, inclinó un poco la cabeza hacia la antigua novicia —ahora hermana Consuelo, o Consolación, que por ambos nombres la reconocían— y le habló apenas en un hilo:

—Subid, por favor, a la celda de la hermana Martina y ved qué hace. Me extraña su tardanza; suele ser puntual. Tal vez se haya indispuesta. Volved pronto y decidme.

—Al momento, madre —respondió Consuelo, ya en pie—. Echaré un vistazo, por si acaso.

Y salió en silencio, mientras el refectorio, inquieto, retenía el aliento sin saber por qué.

…continuará…

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