SONIA Y LEÓN (29) Apacible romance

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—Caramba, Sonia, qué gran responsabilidad estás poniendo en mis manos. ¿Y si yo fuese un peligroso ladrón y cuando llegases a casa, lo vieses todo desordenado y hubiera robado hasta las bombillas?

—Pero, ¡si serás idiota, León! —afirmó la joven con una gran carcajada—. ¿De verdad crees que le dejaría a un extraño las llaves de la puerta de mi casa? No te equivoques conmigo; aunque no lo percibas, he estudiado hasta tu forma de respirar, he penetrado en ti y sé que no serías capaz de semejante fechoría; eso no iría acorde a tus valores. Ver el fondo de las personas puede traerme muchos inconvenientes, como ya lo has visto, pero también aportarme algunas ventajas. Cariño, no puedes engañarme, y por mucho que intentases ocultar tus tendencias, yo acabaría por descubrirlas. No sabes con quién te has juntado, ja, ja… Verás, yo puedo ofrecerte mucho, como cualquier otra mujer de este planeta, pero no ignores que para mí eres como el cristal fino, tan transparente como el pensamiento de un niño.

—Vale, vale, lo tendré en cuenta. No sigas porque acabarás por asustarme. De todos modos, es cierto, ni soy un ladrón ni esa es mi mentalidad. Lo que me faltaba, encima trabajando en Hacienda. ¡Menudo escándalo se formaría!

—Pues sí, mejor ni pensar en ello. Perdona por mi insistencia en entregarte las llaves de mi hogar. No pretendo poseer tu tiempo ni controlar tus movimientos. Intuyo que eso te desagradaría, pues eres una criatura independiente, pese a lo que te ocurrió con Marta. Desde este instante y en lo que a mí me afecte, haz justo lo que tu conciencia te dicte. Esa será la mejor manera de seguir el uno con el otro, de respetarnos tal y como somos. Lo de este fin de semana no estaba programado y ya ves, resultó una experiencia maravillosa, inolvidable. Nada me fastidiaría más que pensases que estás ante una mujer que desea controlarte. Mi buen León, el amor libera, nunca nos podrá esclavizar.

—Gracias. A veces hablas como una persona normal y en otras ocasiones, pareces una maga sabia de las que salen en las películas y que te lanza un mensaje revelador, de esos que te dejan pensativo. ¿Qué? ¿Por qué me miras así? Yo también sé hacer mis predicciones y decir cosas profundas. Te has quedado sin palabras, ¿verdad?

—Anda y no seas tonto. Date una vuelta por la ciudad, pasea un poco y piensa en mí y luego, solo si te apetece, te acercas a mi casa y preparas algo para después. Cenar juntos y dormir contigo sería una magnífica forma de empezar la semana.

—Sí. Qué bonita es la vida cuando suceden estas cosas, sobre todo cuando te encuentras con una persona a la que amas.

—No, la vida es simplemente bella por el hecho de estar vivo, porque en las penas aprendes y en las alegrías, te regocijas. Venga, lárgate, que me haces perder el tiempo con esa mirada seductora. Además, está a punto de llegar la gente del café de la tarde.

—Sí, mi señora clarividente, que me tienes hipnotizado. Hasta la noche, entonces. Y adiós a todas, incluídas Elisa y Carmen. ¡Ya nos veremos!

—Adiós, apuesto señor —respondió inmediatamente Elisa con tono gracioso—. ¿Qué? ¿Se ha ganado el valiente caballero el tierno corazón de la princesa? Ah, claro, esto será como en los culebrones de la tele, capítulo a capítulo hasta caer rendido a los pies de la jefa. Vaya por Dios, nos has dejado al resto de mujeres tan vacías de ti que no sé ni cómo reprochártelo.

—¡Eh, amiga! —exclamó Carmen—. Habla por ti, que yo, desde el primer momento, no me hice ilusiones con este joven del norte. Que ya me había dado cuenta de que la Sonia le había echado el ojo desde el primer día.

—Pero si tú tienes novio, idiota —contestó Elisa—. ¿O es que te ha dado ahora por la poligamia? Bueno, León, tú no te preocupes por nosotras, que ya sabremos interrogar a la jefa para que nos dé las últimas novedades de vuestro romance.

Unas horas más tarde…

—Cariño, has tomado la decisión correcta —dijo Sonia mientras que se cambiaba de ropa ya en su casa—. Anda, cuéntame lo que has hecho durante la tarde mientras que tu dama estaba trabajando como una burra.

—Pues, la verdad, le he cogido afición a esto de andar junto al mar. Es que no es lo mismo hacerlo en mi tierra, donde casi siempre está nublado o lloviendo que aquí, donde luce el sol a menudo. Pareciera que el azul del océano es incluso diferente.

—Pues qué bien ¿no? Deduzco de todo eso que, tras todo lo pasado, has acertado con tu traslado y con la elección de tu nuevo destino de trabajo. Y no lo digo solo por el paisaje, que conste, que ya sé que te está gustando.

—Sí, creo que te entiendo a la perfección. El paisaje no es solo el natural, sino también el humano.

—Bueno, veamos, voy a inspeccionar tus cualidades culinarias. Eso también forma parte del paisaje, para que lo comprendas. Pero ¿qué es esto, León? Una simple tortilla francesa con un poco de ensalada al lado. ¿Acaso quieres matarme de hambre? Hum, ya sé, esto es una clara señal de que tus habilidades en la cocina no son precisamente las más adecuadas. Viendo la cara que has puesto, me temo que llevo toda la razón o… podría tratarse de una jugada de despiste, es decir, que el próximo día te esmeres más y prepares un plato más sustancioso y más elaborado.

—Pues cuánto lo siento. Lo primero que vi al abrir el frigorífico fueron los huevos y se nota que opté por lo más sencillo. De todos modos, creo que has dado en la diana. Te confieso que la cocina no es mi fuerte. Me parece a mí que mis talentos se desarrollan mejor en otros terrenos. No sé si me he explicado bien.

…continuará…

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Dom Dic 13 , 2020
TwittearCompartirCompartirPin0 Compartir—Pues claro que te has explicado, mi amor —replicó de inmediato Sonia—, pero me parece a mí que en la vida hay que desenvolverse con un mayor equilibrio en todos los campos y no solo en las cuentas, pues en caso contrario, comienzan los desajustes. Venga, no te alarmes, […]