—Vuelvo a pedirle disculpas por mi compañero —dijo Tony—. El refinamiento no es precisamente su fuerte. No sabe tratar a la gente y, créame, eso no se lo recomiendo a nadie, ni siquiera en este negocio.
María seguía observándolo con una mezcla de incredulidad y angustia.
Aquel joven tenía delante a su propia madre y no había en sus ojos el menor destello de reconocimiento.
—Por mi parte intentaré ser educado con usted —continuó él—. Dígame, ¿qué ha venido a comprar?
María tardó unos segundos en reaccionar.
—¿A comprar?
La pregunta le salió casi en un susurro.
Tony frunció el ceño.
—Sí. Supongo que por algo habrá entrado aquí.
María bajó la mirada.
—Perdona… No sé qué me ocurre. Estoy un poco confusa.
Y era verdad. Le costaba mantener la compostura. Una parte de ella deseaba levantarse, abrazarlo y gritarle quién era. Otra le advertía que no debía interferir en aquella escena, que todo cuanto estaba viendo formaba parte de la prueba.
Tony se recostó ligeramente en el asiento.
—Bueno, pues si está confusa habrá que aclararse. Pero imagino que no ha venido aquí a hablarme de ángeles.
La palabra hizo que María levantara la cabeza de inmediato.
—No —respondió intentando sonreír—. Supongo que no.
—Eso pensaba.
Tony la estudió con cierta curiosidad.
—Mire, voy a ayudarla un poco. Usted no tiene pinta de moverse habitualmente por estos ambientes.
—¿Tan evidente resulta?
—Bastante.
El joven sonrió.
—No parece una persona enganchada ni alguien que visite lugares como este. A menos que otro la haya enviado para que compre algo y así no tenga que comprometerse personalmente.
María tragó saliva.
—En realidad… sí me han enviado.
Tony arqueó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Pero no para comprar lo que tú vendes.
La respuesta pareció divertirlo.
—Vaya. Esto empieza a ponerse interesante.
Tony se inclinó hacia delante.
—Le confieso algo: estoy aguantando esta conversación porque, desde que la vi ahí fuera, me cayó bien.
María sintió una punzada en el pecho.
—¿Por qué?
—No lo sé.
El joven la miró con mayor atención.
—Quizá sea por su cara. O por la forma en que me mira.
María apenas pudo respirar.
Tony volvió a observarla durante un instante.
—Tiene algo vagamente familiar.
Ella abrió ligeramente los labios.
—¿Familiar?
—Sí, aunque no sabría decirle qué.
El corazón de María comenzó a latir con fuerza. Durante una fracción de segundo sintió una esperanza absurda: tal vez su hijo fuese capaz de reconocerla. Tal vez aquella relación entre ambos hubiera dejado una huella demasiado profunda para desaparecer.
Pero Tony se encogió de hombros.
—Será una tontería. A veces ves a alguien y te recuerda a otra persona.
María tuvo que apartar la mirada.
—Puede ser.
—De todos modos —continuó él—, si no ha venido a comprar, tendrá que explicarme qué hace aquí.
Tony se quedó pensativo.
—Por cierto, ni siquiera le he preguntado su nombre. Menudo despiste.
María lo miró.
—¿Mi nombre?
—Claro. No estoy hablando con un ser invisible.
Ella respiró profundamente. Sabía que aquel momento llegaría.
—María.
Tony esperó.
—Me llamo María —repitió.
El joven no reaccionó. Ella sintió que algo se le hundía por dentro.
—¿No te dice nada?
—¿María?
—Sí.
Tony soltó una breve risa.
—Pues debería decirme mucho. Debe de haber miles de Marías en este país y millones en el mundo. Probablemente sea uno de los nombres de mujer más comunes que existen.
María intentó ocultar su decepción.
—Sí… supongo que tienes razón.
El silencio se prolongó apenas unos segundos.
—Tú eres Tony —dijo entonces ella.
—Claro. Ya ha oído a Raúl llamarme así.
—Pero Tony viene de Antonio.
El joven sonrió.
—Normalmente, sí.
—Ese es tu verdadero nombre, ¿verdad? Antonio.
—Sí. Pero todo el mundo me llama Tony.
…continuará…

