—No soy quién para darte consejos, María. En mi situación, apenas soy un estudiante que intenta avanzar en su propio aprendizaje.
Antonio hizo una pausa. La miró con una ternura que ella hacía años que no veía en sus ojos.
—Pero sí puedo pedirte una cosa: continúa luchando.
María permaneció callada.
—Después de todo lo que has vivido y de cuanto hemos hablado esta noche, ya sabes al menos algo que antes ignorabas: acabar con el cuerpo no significa acabar con la existencia.
Ella bajó la mirada.
—Desde mi experiencia, la muerte no solucionó ninguno de mis problemas —prosiguió Antonio—. Me traje conmigo aquello que era, mis errores, mis tendencias, las consecuencias de mis actos… Todo.
Su voz adquirió mayor gravedad.
—Por eso debes pensar muy bien lo que estás haciendo. Y, sobre todo, recordar lo más importante que tienes en tu vida.
María levantó lentamente los ojos.
—Tony.
—Tony —repitió él.
El nombre de su hijo pareció cambiar de inmediato la atmósfera entre ambos.
—Yo participé en traerlo al mundo —continuó Antonio—, pero después olvidé lo verdaderamente importante: criarlo, educarlo, acompañarlo, estar presente cuando me necesitara. Eso es lo que más me duele ahora. No haber entendido que ser padre no consiste únicamente en llevar dinero a casa.
María sintió un estremecimiento.
—Tú todavía estás a tiempo.
—¿A tiempo de qué?
—De hacer lo que yo no hice.
Antonio se acercó cuanto aquella extraña frontera entre ambos se lo permitía.
—Tendrás que reorganizar tu vida, María. No te digo que abandones tu trabajo ni que dejes de cuidar a tus viejecitos. Sé cuánto significan para ti. Pero tendrás que preguntarte dónde estás colocando lo más valioso que posees.
—¿Mi tiempo?
—Exactamente.
Antonio sonrió con tristeza.
—El dinero se recupera. Un trabajo puede cambiarse. Las cosas materiales van y vienen. Pero una tarde que no has pasado con tu hijo, una conversación que nunca tuviste con él, un abrazo que pospusiste porque estabas demasiado cansada… eso ya no vuelve.
María tragó saliva.
—No quiero que te ocurra lo mismo que a mí. Habla con Tony. Escúchalo. Haz cosas con él. Conoce sus miedos, sus ilusiones, sus amigos. Deja que también él conozca a su madre.
Antonio abrió las manos.
—Construye esa intimidad que nace entre dos personas cuando saben que pueden confiar la una en la otra. ¿Qué mejor inversión puede existir?
María sintió que las palabras comenzaban a dolerle.
—Piénsalo y decide —añadió Antonio—. Porque al final solo tú puedes hacerlo.
La mujer comprendió perfectamente a qué se refería. Instintivamente llevó una mano hacia su cuello.
—Solo tú puedes apartar esa cuerda —dijo Antonio—. Solo tú puedes volver a respirar y regresar a tu vida.
Los ojos de María se humedecieron.
—No será fácil —prosiguió él—. No voy a engañarte diciéndote que, si regresas, mañana todo será maravilloso. Seguirán existiendo los problemas que te llevaron hasta aquí. Tendrás que enfrentarte a ellos. Pero antes de abandonar siempre existe alguna alternativa, aunque desde el fondo del pozo resulte imposible verla.
Antonio se llevó una mano al pecho.
—Mírame con los ojos del corazón, María. Delante de ti tienes a alguien que ha sufrido muchísimo después de comprender el daño que causó. Cada vez que pensaba en Tony y me imaginaba a aquel niño preguntándose por qué se había quedado sin padre, sentía como si algo me atravesara por dentro.
La voz de Antonio comenzó a quebrarse.
—Yo ya no puedo cambiar eso. Pero tú sí puedes impedir que nuestro hijo tenga que hacerse una pregunta todavía peor.
María comprendió.
Antonio apenas pudo pronunciar las siguientes palabras:
—Te lo suplico… no le hagas pasar también por tu ausencia.
El silencio cayó entre ambos. María permaneció inmóvil durante largo rato, asimilando cuanto acababa de escuchar.
Finalmente levantó la mirada.
—Gracias, Antonio. Has hablado desde el corazón. No creo que pudieras haber sido más sincero.
María inspiró profundamente.
—Y quiero que sepas algo. No te guardo rencor.
Antonio abrió ligeramente los ojos.
—María…
—No significa que apruebe lo que hiciste ni que haya dejado de dolerme. Pero no quiero vivir atada al odio.
La expresión de Antonio se quebró.
—Todos somos imperfectos —continuó ella—. Quizá precisamente estamos aquí para aprender a superar nuestro egoísmo y entender que nuestra vida también afecta a quienes nos rodean.
María sonrió débilmente.
—Ya no eres aquel Antonio que solamente pensaba en sus propios intereses. Has cambiado.
Él bajó la cabeza.
—Se nota que has trabajado mucho contigo mismo.
—Todavía me queda camino.
—Seguro. Como a todos.
María tuvo entonces una sensación extraña.
—Creo que nuestro encuentro está terminando.
Antonio miró hacia atrás. Su expresión cambió.
—Sí.
—¿Qué ocurre?
—He oído mi nombre.
—¿Te llaman?
—Eso creo.
Antonio permaneció unos segundos escuchando algo que María no podía percibir.
—Ha llegado el momento de regresar.
La mujer sintió una punzada inesperada. Después de todos los reproches, confesiones y heridas abiertas, la posibilidad de volver a perderlo le produjo un dolor que no esperaba.
—Cuando me ofrecieron venir hasta aquí —prosiguió Antonio—, no imaginaba el alcance que tendría esta conversación. Ahora lo comprendo mejor. Necesitaba hablar contigo tanto como tú necesitabas escucharme.
María notó que las lágrimas acudían de nuevo a sus ojos.
—Me ha gustado volver a verte, Antonio.
—A mí también.
—Ha sido duro, pero creo que necesitábamos pasar por esto.
Antonio asintió.
—Siempre te llevaré en mi corazón —continuó María—. Formas parte de mi vida y eres el padre de Tony. Nada podrá cambiar eso.
Por impulso, dio un pequeño paso hacia él. Se detuvo. Sabía que no podía tocarlo.
Durante unos segundos ambos se contemplaron en silencio, separados apenas por una distancia que parecía infinitamente mayor que unos cuantos centímetros.
María sonrió entre lágrimas.
—Ya sé que no puedo abrazarte ni besarte…
Se llevó la mano a los labios.
—Pero puedo regalarte este.
Lanzó un beso hacia él.
Antonio se quedó inmóvil.
Después, con los ojos llenos de lágrimas, llevó también los dedos a sus labios y repitió exactamente el mismo gesto.
Fue su último intercambio.
La figura de Antonio comenzó a perder consistencia. Primero se hizo más tenue el contorno de sus brazos. Después, su rostro pareció diluirse en una luminosidad azulada. Ella quiso decir algo más, pero ya no pudo.
Unos segundos después, su marido había desaparecido por completo en mitad de la madrugada. María permaneció mirando el lugar vacío. Después agachó la cabeza.
Por primera vez desde que Antonio había aparecido, no sintió rabia, ni deseo de hacer preguntas, ni necesidad de buscar culpables. Solo una inmensa tristeza. Y, mezclada con ella, una serenidad desconocida.
Antonio se había marchado otra vez, pero esta vez ella había podido despedirse.
…continuará…

