—Espera —intervino María, de pronto más animada—. Creo que puedo imaginar lo que ocurrió después.
Antonio arqueó las cejas.
—A ver. Sorpréndeme.
—Las personas que fueron entrando en aquella sala debían de tener historias parecidas a la tuya. No idénticas, claro, pero sí con elementos comunes. Tal vez también habían muerto de forma inesperada y las reunieron allí para compartir lo sucedido, comprenderlo mejor… una especie de puesta en común.
María hizo una pequeña pausa.
—¿Me equivoco?
Antonio la contempló con abierta sorpresa.
—Caramba…
—¿Qué?
—Que tengas un cordón apretándote el cuello y aun así seas capaz de razonar con tanta claridad tiene mérito.
María torció ligeramente el gesto.
—Gracias por recordarme mi situación. Casi había conseguido olvidarla durante unos minutos.
—Perdona.
—No importa. Supongo que esta experiencia sirve precisamente para eso: para obligarme a pensar de una manera diferente. Al parecer, cierto señor llamado Ángel ha decidido concederme una segunda oportunidad para que reflexione antes de tomar una decisión definitiva.
Antonio asintió despacio.
—No me sorprende. Desde que llegué aquí he dejado de asombrarme por muchas cosas. Los que organizan estos procesos manejan posibilidades que ni siquiera imaginábamos cuando estábamos vivos.
—Entonces, ¿he acertado?
—Bastante.
Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro de María.
—Sabía que alguna vez tenía que acertar una.
Antonio dejó escapar una breve sonrisa.
—Como te decía, terminamos reuniéndonos allí unas doce personas. Al principio nadie hablaba. Nos mirábamos de reojo, intentando averiguar quiénes eran los demás y por qué estábamos todos en el mismo lugar.
Su expresión se volvió más seria.
—Yo observaba sus rostros y veía la misma sensación que debía de reflejar el mío: desconcierto, miedo, curiosidad… Una mezcla extraña.
—¿Nadie preguntaba nada?
—Alguno murmuraba en voz baja, pero la mayoría permanecíamos callados. Después de lo que cada uno había vivido, supongo que nadie estaba demasiado seguro de nada.
Antonio guardó silencio unos segundos.
—Entonces apareció un hombre… como te diría, diferente.
—¿Cómo era?
—Elegante. Vestía traje y corbata, pero no transmitía ninguna rigidez. Al contrario. Tenía una forma de mirar y de sonreír que conseguía tranquilizarte.
—Eso empieza a resultarme familiar.
—¿Por Ángel?
—Exactamente. Parece que en vuestro mundo se cuida bastante la primera impresión.
Antonio sonrió.
—Puede ser. Aquel hombre nos invitó a acomodarnos en los sillones y sofás. Lo hizo con tanta naturalidad que poco a poco fuimos obedeciendo. Hasta los más nerviosos comenzaron a relajarse.
—¿Y entonces habló?
—Sí.
Antonio adoptó una expresión concentrada, tratando de recuperar las palabras exactas.
—Nos explicó que todos habíamos llegado allí debido a la forma en que habíamos abandonado el plano terrestre. No entró en detalles particulares, pero afirmó que nuestras trayectorias compartían ciertos elementos y que aquello justificaba que nos hubiesen reunido.
María sonrió con discreción.
—Sabía que iba por ahí.
—No presumas demasiado.
—Déjame disfrutar de mi momento de gloria.
—Está bien, señora adivina.
La pequeña broma alivió momentáneamente la tensión entre ambos.
—Aquel hombre añadió —prosiguió Antonio— que la reunión tenía inicialmente un carácter informativo. Nos explicó que comenzarían a trabajar con nosotros y que una mujer especializada, experta en el tema, dirigiría varias sesiones terapéuticas.
María se quedó pensativa.
—Así que de verdad era una terapia.
—Eso dijo.
—Curioso. Yo siempre imaginé el más allá lleno de ángeles tocando arpas. Nunca pensé en terapeutas.
Antonio rió con suavidad.
—Pues te aseguro que allí no vi ninguna arpa ni el personal lleva alas. Es más, me parecería incluso ridículo.
—Menos mal.
—También nos explicó que habían preparado unas bebidas reconstituyentes para quienes sintieran debilidad o falta de energía durante nuestra estancia.
—Como la bebida verdosa que tomaste.
—Exactamente.
Antonio señaló con una sonrisa imaginaria hacia la sala.
—Aquello me recordó a los congresos. Ya sabes: llevas varias horas escuchando conferencias y, a mitad de mañana, aparecen el café, los zumos y algo de comer.
—Solo que vosotros acababais de morir.
—Ese pequeño detalle cambiaba bastante el congreso.
Los dos rieron otra vez.
—Nos aclaró que no era obligatorio tomar aquellas bebidas —continuó Antonio—. Solo debíamos hacerlo si sentíamos cansancio o falta de vitalidad.
Su expresión se volvió reflexiva.
—Te confieso que durante unos minutos tuve la sensación absurda de que éramos sujetos de laboratorio en un enorme experimento psicológico.
—Después de todo lo que habías pasado, no me parece una conclusión tan absurda.
—A mí tampoco entonces.
…continuará…

