LAS TRES VIDAS DE MARÍA (35) El elixir de la verdad

La voz de Antonio se volvió más firme.

—Empezó a repugnarme aquella idea del «todo para mí»: mi placer, mi dinero, mi diversión, mis deseos. Había vivido convencido de que era especial, de que podía comerme el mundo y salir indemne.

Sonrió con amargura.

—Después de morir descubrí lo poco que valía aquel poder. Mis placeres habían durado unas horas, con su fecha de caducidad impresa en mi alma. Mi supuesta grandeza terminó en una carretera, con mi cuerpo tendido sobre el asfalto.

María sintió un escalofrío.

—La muerte te mostró que aquel personaje era una farsa.

—Exactamente. Comprendí lo efímero de mis pasiones, la fragilidad de mi orgullo y la inconsciencia en la que había vivido.

Entre ambos se instaló un silencio prolongado.

María fue la primera en romperlo.

—Tal vez aquella bebida verdosa no fuese ningún veneno. Parece más bien que actuó como una medicina… o como una especie de elixir de la verdad.

Antonio asintió lentamente.

—Así lo interpreté. Después de beberla me sentí más despejado. Recordé al hombre y a la mujer que habían limpiado mis heridas, y mi desconfianza hacia ellos desapareció.

—Pasaste del miedo al agradecimiento.

—Sí. Comprendí que me habían cuidado cuando yo no entendía nada. Incluso el hecho de no poder hablar empezó a parecerme útil.

María frunció el ceño.

—¿Útil?

—Al no poder formular preguntas ni exigir respuestas, me vi obligado a permanecer en silencio y observar mi propia vida. Durante años había evitado escuchar a mi conciencia. Allí no pude escapar de ella.

Antonio miró hacia la oscuridad.

—Había pasado de la vida a la muerte en un instante, sin darme cuenta. Y, al revisar mis últimos años, sentí con claridad que no podía continuar viviendo de aquel modo.

—Ya no podías porque habías muerto.

—Lo sé. Pero tuve la impresión de que mi muerte había interrumpido una espiral que, de otro modo, habría terminado causando todavía más daño.

María lo miró con recelo.

—¿Estás insinuando que aquellos seres organizaron tu salida del mundo físico?

Antonio negó enseguida.

—No lo sé. No puedo afirmar algo así. Solo pensé que quizá me recogieron cuando mi vida ya había llegado a un punto sin retorno.

—Eso equivaldría a decir que tu muerte obedeció a razones muy concretas.

—Fue una idea que apareció entonces, pero tardé mucho en comprenderla. No creo que nadie me castigara ni que decretara mi final por lo que hacía. Mis propias decisiones me habían colocado una y otra vez en situaciones peligrosas. Aquella noche fue una consecuencia más de todo cuanto llevaba años construyendo.

María permaneció pensativa.

—Después de darle muchas vueltas —continuó Antonio—, me levanté de la cama y me acerqué a la puerta. Giré el picaporte.

Hizo una pausa.

—No se abrió.

—¿Estaba cerrada con llave?

—No lo sé. El mecanismo parecía bloqueado. Tiré varias veces, pero fue inútil.

—¿Y no te desesperaste?

—Al principio sí. Pensé que estaba preso o que me habían secuestrado. Pero mi mente funcionaba ya con más claridad. Recordé el cuidado con el que me habían tratado y comprendí que aquellas personas no deseaban hacerme daño.

—¿Entonces por qué te mantenían encerrado?

—Tal vez necesitaba permanecer allí hasta terminar aquel proceso. Gracias al silencio y al aislamiento había aprendido más sobre mi vida que durante todos los años anteriores.

Antonio esbozó una sonrisa leve.

—En medio de aquel desconcierto se me ocurrió una idea.

—¿Qué idea? —preguntó María—. Tu relato empieza a parecer una novela de aventuras.

—Lo sé. Pero te aseguro que para mí fue completamente real. Y precisamente por eso he venido: para compartirlo contigo, aunque confesar todo lo anterior me haya resultado doloroso.

María no suavizó su expresión.

—Espero que no creas que esta confesión baste para que te perdone.

—No. Pero era necesaria para empezar a reconciliarme contigo y, sobre todo, con mi conciencia.

Antonio respiró hondo.

—En aquella habitación comprendí que necesitaba ayuda. Después de todo, eso es lo que hacemos cuando no podemos resolver solos una situación.

—Pero no podías hablar.

—Eso creía. Entonces me pregunté si, después de todas aquellas horas —o quizá días— de reflexión, seguiría mudo.

María se inclinó ligeramente hacia él.

—¿Y probaste?

—Sí. Por primera vez desde que había despertado, sentí esperanza. Inspiré profundamente, abrí la boca y me dispuse a pedir auxilio.

…continuará…

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AS TRÊS VIDAS DE MARIA (35) O elixir da verdade

Mié Ago 12 , 2026
A voz de Antonio se tornou mais firme. — Começou a me causar repugnância aquela ideia do «tudo para mim»: meu prazer, meu dinheiro, minha diversão, meus desejos. Eu havia vivido convencido de que era especial, de que podia conquistar o mundo e sair ileso. Sorriu com amargura. — Depois […]

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