—Vaya, doña Ana… No esperaba esa metáfora del árbol y sus frutos. Para su edad, conserva usted una lucidez admirable, sobre todo si la comparo con el desorden que reina dentro de mi cabeza.
La anciana sonrió con afecto.
—Hay decisiones que solo competen a la conciencia de cada persona. Lo único que te pido es que tengas en cuenta todas las circunstancias que han intervenido en tu vida hasta este momento. Sopésalas con serenidad y, sobre todo, sé justa contigo misma. Es lo mínimo que te debes.
María permaneció unos segundos en silencio.
—Verá, Ana… los problemas me aturden. Me dejan paralizada, sin respuestas. Cuando aparecen, no encuentro alternativas y pierdo las ganas de seguir adelante. Es como si la realidad se volviera demasiado oscura.
—Entonces abre la puerta de tu alma para que entren la luz y el aire —respondió doña Ana—. Siempre vienen bien, ¿no crees?
Le apretó suavemente la mano.
—Te lo repito: las dificultades no son una maldición inevitable, sino una oportunidad para crecer y avanzar. Si cambias tu manera de contemplarlas, primero se aclarará tu pensamiento y, después, quizá también empiece a cambiar tu realidad.
Las palabras alcanzaron las capas más profundas de María. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, no tanto por tristeza como por la sensación de que algo, lentamente, se estaba abriendo paso dentro de ella.
En aquel momento resonaron varias palmadas en el patio acristalado.
Una trabajadora alzó la voz:
—Señoras y señores, es la una. Ha llegado la hora del almuerzo. Vamos pasando al comedor, por favor.
María miró a doña Ana con inquietud y le tomó la mano derecha.
—¿Ya se marcha?
—Más que marcharme, me llevan —respondió la anciana con una sonrisa—. Esta conversación no podía durar todo el día. Aquí hay horarios y normas que cumplir.
Su expresión se volvió más seria.
—Piensa en todo lo que hemos hablado. Las decisiones más importantes de la existencia terminamos tomándolas en soledad. Ese es el precio de ejercer un derecho tan hermoso como la libertad: elegir aquello que consideramos más conveniente.
María apretó su mano, como si quisiera retenerla unos minutos más.
—No me olvidaré de ti —prosiguió Ana—. Le pediré a Dios que te inspire y que te conceda la sabiduría necesaria.
Un cuidador se colocó detrás de la silla de ruedas y agarró los manillares.
—Adiós desde el corazón, María.
La mujer sintió que la emoción le anudaba la garganta.
—Adiós desde el alma, querida profesora. Me ha enseñado tantas cosas que nunca podré agradecérselo lo suficiente. Cómo me habría gustado asistir a sus clases… Que Dios la acompañe siempre.
Doña Ana le dedicó una última sonrisa mientras el empleado comenzaba a empujar la silla hacia el comedor.
María permaneció inmóvil, contemplándola hasta que la figura de la anciana desapareció al otro extremo del claustro.
Entonces volvió a sentirse sola.
La ausencia de doña Ana dejó tras de sí un vacío inesperado. Durante aquella conversación, su voz serena había logrado apaciguar la confusión que María llevaba dentro. Ahora, sin ella, las dudas regresaban poco a poco.
¿Cómo podía una mujer cuya vida había estado repleta de pérdidas conservar tanta dignidad? Había perdido a su único hijo y después a su marido, y, aun así, no se había rendido. Había seguido adelante, sosteniéndose sobre una fortaleza que ni ella misma sabía que poseía.
«Qué ejemplo tan hermoso», pensó María. «Qué capacidad para luchar sin renunciar a la vida».
Inspirada por aquellas enseñanzas, aunque todavía dominada por la incertidumbre, percibió de pronto una intensa claridad a su espalda.
La luz comenzó a crecer.
Intrigada, se volvió y avanzó hacia el origen de aquel resplandor.
Una figura conocida fue tomando forma.
—Saludos de nuevo, María. Supongo que no te habrás olvidado de mí.
—Ángel…
—El mismo. Tu guía, por llamarlo como tú decidiste. Ya sabes que me ocupo de asistir a personas que atraviesan situaciones como la tuya. En nuestra dimensión se activan todas las alarmas cuando ocurre algo semejante.
María lo observó con cautela.
—Sí, te recuerdo. Aunque sigo impresionada por lo que acabo de vivir. No consigo apartar de mi cabeza a doña Ana ni todo lo que me ha dicho.
—Ha sido una experiencia muy especial —admitió Ángel—. Y necesaria.
Su expresión adquirió una gravedad serena.
—Hay algo que debes comprender. La existencia física tiene sus propios tiempos. El nacimiento y la muerte forman parte de un orden que no siempre está a vuestro alcance entender. Sin embargo, el libre albedrío permite que una persona intente adelantar por su propia mano el momento de abandonar el mundo terrenal.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Por eso existen espíritus que se especializan en acompañar estas situaciones. Respeto tu libertad, María, pero también tengo la responsabilidad de asistirte y ayudarte a comprender las consecuencias de tu decisión.
La miró con ternura.
—La autodestrucción no resuelve aquello que la provoca. Solo traslada el conflicto a otro estado. Por eso he acudido a ti.
María bajó la mirada, pensativa.
—¿Te has dado cuenta de que el amor es una de las fuerzas más poderosas que existen? —preguntó Ángel—. El afecto que doña Ana siente por su hijo, el amor de Alberto hacia su padre, la preocupación que ella ha mostrado por ti… Nada de eso desaparece.
Tras unos instantes tratando de ordenar sus pensamientos, María respondió:
—Empiezo a creer lo que dices. Después de lo que he vivido en la residencia, me resulta difícil negarlo. La experiencia me ha afectado mucho y todavía necesito tiempo para asimilarla.
—Eso es una buena señal.
—Supongo que la confusión me obliga a pensar. Pero espero que no hayas vuelto para echarme una bronca o amenazarme con toda clase de castigos si me niego a regresar.
Ángel negó con suavidad.
—Nada más lejos de mi intención. Ya te expliqué que no pretendo anular tu voluntad. Mi obligación consiste en mostrarte aquello que necesitas conocer. La decisión final seguirá siendo tuya.
María lo miró con desconfianza.
—Entonces, ¿por qué has vuelto?
—Porque ha llegado el momento de que afrontes la segunda prueba.
Ella abrió ligeramente los ojos.
—¿La segunda?
—Así es. Aunque no puedas verme durante la experiencia, permaneceré cerca de ti. Te observaré y velaré por ti.
La expresión de Ángel se volvió más seria.
—Pero debo advertirte de algo: la intensidad irá aumentando. La primera prueba estaba destinada a prepararte, a formular las preguntas iniciales. A partir de ahora, la carga emocional será mayor.
María tragó saliva.
—No suena demasiado tranquilizador.
—Los retos difíciles exigen respuestas profundas. Y eso es lo que necesitamos averiguar: si tu deseo de abandonar la vida es verdaderamente firme o si, en algún rincón de tu alma, todavía existe una razón para regresar.
El resplandor que envolvía a Ángel pareció crecer.
—Es justo, ¿no te parece?
María no respondió.
Por primera vez, sintió miedo de lo que pudiera encontrar al otro lado de aquella nueva prueba.
…continuará…

