SOMBRAS DE DIOS (105) Milagro en la enfermería

—De eso nada, Consolación —replicó Verónica con una rotundidad serena—. Si Dios lo permite, ha llegado la hora de actuar. No son momentos de lamentos, sino de esperanza.

Aquel timbre de mando, limpio y firme, hizo que todas las monjas se agrupasen en torno a la priora. En sus ojos se encendió un mismo brillo—a partes iguales temor y fe—y el aire de la enfermería quedó en suspenso, expectante.

—Fijaos bien, hermanas —prosiguió Verónica, alzando apenas la voz—. Guardad silencio y prestad atención. Esto que vais a contemplar fue, precisamente, el motivo por el que intentaron condenarnos en Sevilla el año pasado. Ahora que estamos juntas, quiero que comprobéis cómo trabaja el cielo. Conservad la fe: mucho ayuda. Encomendad vuestras oraciones a Dios y creed en nuestra bendita fundadora, la madre Beatriz de Silva; es ella quien nos sostiene y acude en nuestro auxilio.

Juntó las manos, fijó en su memoria la imagen de Beatriz que tantas veces había visitado sus sueños y, tras una breve oración, las posó sobre la zona abdominal donde Martina señalaba el fuego del dolor.

Entonces ocurrió lo inesperado. Apenas tocarla, de la garganta de la enferma brotó un alarido más hondo que los anteriores, como si el sufrimiento hubiese tocado su cumbre. Varias hermanas se santiguaron; otras cerraron los párpados. Por un instante, también en Verónica asomó la sombra de la duda; pero la fe, arraigada como un árbol antiguo, se impuso, y repitió el gesto.

—Dios mío, Virgen de la Inmaculada: que vuestra fuerza se revele en esta hermana —murmuró alzando los ojos—. Beatriz, madre queridísima, si estás aquí, salva a Martina de las garras de la enfermedad. Permitidle seguir entre nosotras. Amén.

Volvió a imponer las manos. El grito de Martina, ahora desgarrador, le hizo temblar las pestañas a Verónica, que contuvo un sollozo. El desconcierto amenazó con cuartear su ánimo.

«¿Dónde quedaba ahora la promesa de ayuda de su mentora, la madre Beatriz de Silva y Meneses?», pensó, con lágrimas ardiéndole los ojos.

Fue entonces cuando escuchó, a su derecha, una vocecita clara, casi infantil: la de la hermana Consolación..

—Hendid y extraed… hendid y extraed, madre —susurró, como arrebatada—. Confiad. Tened fe. Aún no ha llegado su hora.

Aquel sonido la rehízo. Verónica alzó la barbilla y dispuso:

—Hermana Carmen: id por uno de esos palos del armario y ponedlo en la boca de la enferma. Martina, mordeos fuerte y no lo soltéis.

Sumergió después las manos en aguardiente medicinal y las llevó al punto exacto del dolor, la fosa ilíaca derecha que bullía de fiebre. Notó cómo su voluntad se volvía quieta, y sus manos, obedientes a otra inteligencia, comenzaron a presionar con firmeza creciente… hasta que un chasquido sordo atravesó la carne.

Un “oh” unánime recorrió la sala: horror y asombro a la vez. Brotó la sangre, roja y honrada, y el silencio se hizo más denso.

Penetrada la piel, Verónica palpó a ciegas, guiada por la inspiración. Entre sus dedos, un tramo de tripa tensa—semejante a un dedo hinchado y purulento—cedió. Lo extrajo con un gesto rápido y lo arrojó a un cubo cercano.

—Cerrad —pidió en voz casi inaudible la hermana Consuelo, la cual parecía como ida.

Sudorosa, exhausta, Verónica aplicó de nuevo las manos sobre la hendidura. Entonces una luz tenue, imposible, pareció posarse sobre la herida. Bastaron unos latidos para que el corte se recogiera y se mostrase ya cicatrizado; la luz se disipó como un aliento.

Martina, sin fuerzas, había perdido el sentido y el palo resbaló de sus dientes. Verónica, con las piernas flojas, alcanzó a decir:

—Hermana Consolación, limpiad con cuidado la herida con el aguardiente. Que alguien me acerque agua… y una silla. No puedo más.

Las órdenes se cumplieron al instante. Sentada, el vaso en la mano temblorosa, la priora fue acompasando la respiración hasta dominar el temblor. A su alrededor, como un círculo de amparo que proporciona fuerzas, las monjas entonaron uno de sus cantos más queridos.

Pasados unos instantes, una de ellas se hizo sitio entre las demás y se arrodilló frente a Verónica:

—Su merced… la hermana Martina sigue inconsciente, pero su rostro está tranquilo. Respira bien, y el pulso le late firme. Dios y la Santísima Virgen, por vuestras manos, le han concedido quedarse. Decidnos… ¿ha sido esto un milagro?

Verónica, ya más dueña de sí, respondió con otra pregunta:

—Llevad vuestras conciencias al corazón y contestaos: lo que habéis visto, ¿podría ser obra del diablo?

Nadie habló. Ese silencio unánime fue la única respuesta: Dios había querido, y la madre Beatriz había intercedido. ¿Dónde estaba allí la sombra de Satanás?

—Hermana Consolación —concluyó Verónica—, hoy habéis sido instrumento del cielo. Que conste ante todas: velaréis, desde ahora, por la salud de la comunidad. Quedaos junto a nuestra hermana, que ha burlado la mortandad del cólico miserere. Las demás, conmigo, a la capilla. Es hora de agradecer. La oración es nuestra esencia. Demos gracias, de corazón, a la Virgen Inmaculada y a nuestra fundadora.

…continuará…

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