SOMBRAS DE DIOS (90) Donde la misericordia calla

—Callad de una vez, desdichada; el Maligno se ha aposentado en vuestro cuerpo y, lo que es peor, gobierna vuestro pensamiento —tronó el fiscal con voz acerada, mientras una sonrisa torcida le ensombrecía el rostro—. Él os ha inflamado de soberbia y os ha hecho creeros por encima de vuestras hermanas. Al fin he desenredado la trama oculta de esta historia. —Golpeó la mesa con la palma, y el estampido resonó en la estancia húmeda donde el secretario, pluma en ristre, se afanaba por seguir cada palabra—. Lo sospeché desde el primer instante y el tiempo me ha dado la razón. Han bastado la paciencia y el tormento para que la verdad encontrase su curso. Confieso que dudé de aplicar la tortura a una humilde religiosa concepcionista que parecía no haber quebrado un plato… pero mi deber prevaleció. Y ahora se confirma: los hierros son el medio legítimo para arrancar a la mentira su máscara y abrir los rincones oscuros de la mente.

Respiró hondo, jadeante, como si el propio discurso le hubiese vaciado el pecho. Con el dorso de la mano se secó el sudor de la frente; en su mirada ardía una exaltación inquietante.

—¿No estáis de acuerdo, fray Agustín? —inquirió, buscando refrendo.

—Completamente, hermano —repuso el secretario con una inclinación sobria—. Bastó ceñir el pie de esta infeliz para que asomaran las tinieblas que llevaba dentro. He recogido cuanto aquí se ha dicho. —Alzó las hojas manchadas de tinta—. Esta declaración será el último empujón que precisaba nuestra pesquisa.

—¡Vaya asunto! —celebró fray Bernardo alzando las manos hacia el techo ennegrecido—. Resultará, al cabo, que la monja de la carta no estaba tan trastornada. Perturbada, sí; pero no ciega para no olfatear la presencia del demonio entre esos muros.

La voz de Concepción, ronca por el dolor, quebró aquel júbilo siniestro.

—Fray Bernardo —dijo, con una entereza que sorprendía en quien acababa de pasar por el tormento—, no alcanzo a entender cómo podéis sentiros exultante tras ejercer violencia sobre una sierva de Dios que no ha dicho sino la verdad. Lo que se arranca bajo violencia podrá valer ante los hombres, incluso ante ese tribunal… pero nunca ante el Juez supremo. Dios, que todo lo ve, no se deja engañar por confesiones nacidas del dolor.

—¡Callad, perversa! —bramó el dominico—. ¿No advertís que el Maligno ha tomado posesión de vuestro espíritu?

Se arremangó con brusquedad y, en un arrebato, la sujetó del cabello y tiró con todas sus fuerzas. El grito de la monja se estampó contra las paredes húmedas, y las lágrimas, encendidas, le surcaron las mejillas.

—¡Virgen Santa, qué injusticia! —alcanzó a decir entre sollozos—. Decidme, fray Bernardo: ¿y si mañana yo me retractase de cuanto ese hermano ha escrito en esas páginas… en esas páginas de sangre?

El inquisidor soltó una carcajada que rebotó por la bóveda baja.

—¿Retractaros? No os lo aconsejo. —Se inclinó hasta casi rozarle la frente—. Os hago un voto que cumpliré con mis propias manos: si mañana, vos, o el demonio que anida en vos, tratáis de dejarme en ridículo, volveréis a este «aposento» y entonces no perderemos tiempo con el pie sano. Hay partes del cuerpo, bien lo sabéis, donde el hierro muerde de otro modo. Lo de hoy no ha sido sino un anticipo. Meditadlo durante la noche. Si apreciáis vuestra vida, no tembléis mañana ni caigáis en contradicción.

—Pero… pero yo no quiero causar daño a la madre Verónica —gimió Concepción—. No deseo que la condenen por lo que yo he dicho. No soportaría su alejamiento, su silencio. Tras tantos años juntas… ¿cómo vivir sin su confianza? —La angustia le crispó el torso en convulsiones cortas y desordenadas—. Hemos compartido clausura, tareas, desvelos. Que mi cobardía, nacida del dolor, la manche… eso me despedaza el alma.

—Os ponéis sentimental como una amante despechada —se burló el fiscal—. ¡Qué pena! El tiempo del arrepentimiento ya pasó. ¿Por qué no mostrasteis ese valor cuando os interrogué y negabais con descaro? ¿Creíais que engañaríais al Santo Oficio?

—No… no… —empezó a gemir la monja, presa de un temblor que le sacudía los hombros. Trató de incorporarse, aturdida, y el hierro de la silla rechinó contra el suelo.

La rabia y el miedo se le mezclaron en un movimiento torpe. Con las convulsiones que daba, la silla se descompensó, y Concepción cayó de espaldas. La nuca chocó con el canto frío de uno de los instrumentos dispuestos en el suelo. Un hilo de sangre oscura le asomó por el nacimiento del cabello y su cuerpo quedó laxo, con un suspiro desmayado que apagó, por un instante, el murmullo de la estancia.

El verdugo, que aguardaba al fondo en penumbra, dio un paso instintivo. Fray Agustín, alarmado, dejó la pluma y avanzó dos zancadas.

—Se ha golpeado con la barra —dijo, procurando mantener el tono neutro del funcionario—. Respira, pero ha perdido el sentido.

Fray Bernardo contuvo un gesto de fastidio y, al volver la vista, se obligó a recobrar su compostura.

—Que no se desangre. Traed un paño limpio y agua —ordenó, breve. Luego, al secretario—: Anotad también esto. Que conste que, antes del desvanecimiento, la rea ratificó su voluntad de colaborar y temió por el daño que sus palabras causaran a la abadesa. Importa el detalle.

Mientras el verdugo acercaba un cuenco y un lienzo áspero, el fiscal observó a Concepción: la piel cetrina por el esfuerzo, el pulso aún acelerado en la base del cuello, la respiración irregular. El hierro había dejado marcas violáceas en torno a los tobillos. El paño, al rozar la herida, arrancó un quejido apenas audible, prueba de que no estaba del todo ausente.

…continuará…

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SOMBRAS DE DIOS (91) La sombra que falta

Jue Dic 18 , 2025
—¡Caramba con la desgraciada esta! —escupió fray Bernardo, apartando el hábito para que el cuerpo desmadejado de Concepción no le rozara—. Un poco más y se me cae encima. Ha perdido el sentido… y la razón. Es culpable de haberse entregado al demonio, es evidente. ¿Lo veis, Agustín? No hace […]

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