—Mi admirada madre, si no hubiera problemas de convivencia entre veinte monjas o en cualquier otro grupo humano, entonces, es que no viviríamos en esta tierra.
—Es cierto, tenéis razón a vuestra manera, pero recordad lo que ocurre cuando una manzana pocha se introduce en un cesto: pudre las demás. Evitad los contratiempos y rogad ayuda a nuestra Virgen para que sepa aconsejaros. Si la madre fundadora os acompaña, no guardéis dudas: estará pendiente de vos. Rezaré por mi admirada Verónica —afirmó la anciana mientras que le tomaba la mano a la joven—, para que llevéis con dignidad la carga de la responsabilidad. Que Dios os bendiga.
—Y a vos también, mi señora. Descansad con la conciencia tranquila. Habéis sido una sabia mujer que Dios situó en mi camino desde que crucé el umbral de esta casa. ¿Lo recordáis? Fue aquel día lejano acompañada de mi padre, el conde de Valcárcel.
Juana, muy debilitada en su cuerpo, ni siquiera tuvo fuerzas para responder. Poco a poco, tras sonreír a las dos hermanas, fue cerrando sus ojos hasta quedarse dormida. A la mañana siguiente, las campanas del convento concepcionista de la ciudad tocaban a difunto. La vida física de la antigua responsable se había extinguido. Una nueva etapa comenzaba para aquella comunidad que, días antes, había elegido por unanimidad a su futura superiora: la madre Verónica de Nebrija. Ella jamás olvidaría el digno ejemplo de su antecesora, quien durante muchos años había dirigido con bondad y sabiduría a aquel grupo de religiosas.
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En la primavera de 1649, sucesos importantes acontecieron sobre la comarca y el convento de las monjas, pese a ser de clausura, no iba a permanecer aislado de tales hechos. Verónica ya llevaba un tiempo haciendo frente a su nueva responsabilidad, siempre acompañada y apoyada por su segunda e íntima amiga, la hermana enfermera Concepción.
Aquella mañana fresca, en el confesionario del monasterio algo sucedía…
—Padre Damián, buenos días —saludó con energía la madre—. Deseaba realizar confesión y de camino, consultaros por una duda que tengo.
Tras unos minutos de charla en los que el sacramento se administró como de costumbre…
—Bien, entonces, aprovechemos la oportunidad. ¿Qué es eso por lo que queríais preguntarme, madre?
—Pues, veréis, se trata de un sueño que tuve la otra noche. Han pasado varios días y, sin embargo, lo recuerdo de una forma muy vívida, como si no se me fuese de la cabeza.
—Pues adelante con ese relato. Ya sabéis que el mundo de los sueños es complejo y está cargado de simbolismo, pero a veces, resulta más fácil de interpretar de lo que se pueda imaginar.
—Lo sé; siempre viene bien conocer el criterio de un buen franciscano como vos. En ese sueño se me apareció la madre Beatriz de Silva, con el mismo aspecto y los mismos ropajes de ese inmenso cuadro que tenemos de ella a la entrada del monasterio.
—Caramba, qué aparición más interesante. Sin duda, tenía muchas ganas de que la reconocieseis. De ahí la similitud con esa pintura. Y ¿os comunicó algo la madre fundadora de la orden concepcionista?
—Es curioso, padre. Ella no me lanzó ningún mensaje verbal, mas creo que trató de decirme algo a través de sus gestos y expresiones.
—Sí, no debe extrañaros. A menudo, en el mundo de los sueños, no se produce un uso de las palabras tal y como entendemos, sino que puede bastar con la simple observación del escenario y de lo que ocurre en él.
—Estoy de acuerdo. Os lo explico. La madre Beatriz se situó cerca de mí, como a unos cuatro codos de distancia, frente a frente. Tras sonreírme, puso su mano derecha sobre su corazón. En ese momento, lo interpreté como una señal amistosa y de gozoso saludo. Al instante, me miró con fijeza y luego levantó ligeramente sus dos manos y empezó a girarlas hacia arriba y abajo, en un ademán que no supe descifrar.
—¿Y eso fue todo, madre?
—No. Al poco volvió a bajar los brazos y se quedó de pie. Después, sin dejar de mirarme, repitió su curioso gesto hasta que cesó en su movimiento. Por último, me sonrió con gran ternura, inclinó su cabeza hacia delante como tratando de afirmar algo y al poco, surgió una potente luz detrás de su silueta. Fue tal el resplandor que recuerdo cómo en el sueño tuve que entornar mis ojos para no caer en el deslumbramiento. Y ahí acabó mi visión.
—Os preguntaré por algo. ¿Tenéis conciencia de qué color era esa luz?
—No lo podría asegurar, padre; solo sé que era maravillosa de contemplar. Probablemente tenía una tonalidad entre el blanco y el amarillo. Era como si me envolviese y me hizo sentir una felicidad que no es de este mundo.
—Interesante. Esa luz solo puede proceder de alguien muy elevado. Y sin duda, yo afirmo que, tras haber estudiado su biografía y comprender su misión, Beatriz de Silva lo es.
—Padre, vos que sois también un gran admirador de esa mujer, ¿halláis en esa manifestación algún significado oculto que yo deba saber o que yo pueda aplicar a la vida diaria de este convento?
—La verdad es que no sabría deciros, madre Verónica. Incluso aunque ese sueño me hubiera pasado a mí, también tendría dificultades para interpretarlo. Lo importante es que Beatriz se halla pendiente de vos y eso es una gran noticia. ¿Puede existir algo mejor que contar con su auxilio y protección, ella que tanto sufrió para fundar vuestra noble orden? Supongo que el tiempo aclarará la intencionalidad de vuestra bella experiencia y que sabréis descifrarla al instante.
…continuará…

