—¡Señor Alonso o como Dios quiera que os llaméis! —dijo Juana elevando su voz a unos metros de la entrada mientras que esta quedaba franca—. ¿Puedo saber a qué se debe este escándalo en un sitio de paz? ¿Quién osa perturbar el silencio de este monasterio con modales tan impropios? Baje el volumen, que no estamos en una feria de ganado.
—Disculpe su reverencia —respondió el hombre rebajando su tono de voz al encontrarse cara a cara con la responsable del convento—. ¿Sois vos por acaso la priora?
—En efecto. Así es.
—Pues le pido humilde perdón por mi forma de llamar, pero realmente, no sabía si sería escuchado en un lugar tan especial y de gruesos muros como este.
—Disculpado estáis. Y a todo esto… ¿qué se os ofrece, caballero?
—Solicito el debido permiso de la señora abadesa, pues un ilustre visitante desea audiencia con una hermana de esta comunidad y que responde al nombre de Verónica de Nebrija.
—Y ¿cuál es la identidad de ese visitante?
—Se trata del médico de la casa de los Nebrija, el señor Alejandro Mendoza.
—Conozco a ese doctor. Si a él le place, hacedle pasar. Mis hermanas avisarán a la monja por quien preguntáis.
—Por favor, si no es molestia, mis hombres precisan abrir las puertas de la construcción al completo. Necesitamos espacio.
—A fe mía, que no entiendo bien lo que decís, mas cumplid con vuestra intención —afirmó extrañada Juana.
Ante la sorpresa de las legas y de la madre, un extraño ritual se desarrolló a aquella hora del día. De una carroza amplia estacionada junto a la calle, cuatro personajes forzudos se dispusieron a sacar de la misma una camilla en la que se hallaba tendido un hombre. Tras las oportunas indagaciones, los cuatro criados trasladaron a una sala especial a aquel visitante que daba la impresión de encontrarse muy enfermo y lo colocaron encima de una mesa incorporándolo levemente con un mecanismo que servía para tal fin.
—Madre, si lo veis bien, nosotros esperaremos fuera a que acabe la entrevista. Nuestro deseo no pasa por alterar la vida de recogimiento de esta comunidad religiosa. Que ellos se tomen el tiempo necesario. Son las órdenes que tenemos. No se preocupen. Contamos con agua y provisiones.
—De acuerdo, señor Alonso. Les avisaremos cuando terminen para que recojan al doctor.
Al poco, cuando Verónica penetró en la estancia donde se hallaba Alejandro Mendoza…
—¡Ay, Dios mío! Si casi no te reconozco, mi buen doctor.
La hija del conde no pudo evitar emocionarse y corrió con todas sus fuerzas para abrazar al galeno, quien veintidós años antes había asistido a su madre para traerla al mundo. En breves momentos, multitud de escenas y recuerdos desfilaron por su cabeza. El médico, utilizando un bastón del que disponía, apartó a la chica de su lado.
—Oh, perdona mi aspecto, mi niña querida, pero la salud manda sobre mi cuerpo y en mi caso, me falla. Mi organismo es ahora una casa de papel azotada por los vientos.
—Pero, Alejandro, ¿tan mal te encuentras? ¿Cómo has llegado a esta situación tan penosa?
—Hay experiencias en la historia a las que hay que enfrentarse con dignidad, Verónica.
—Tú, precisamente, que has curado a tantos y ahora resulta, mi buen amigo, que no tienes remedio contra tus males.
—Pues sí. A todos nos llega la hora del encuentro, del más importante de la vida, ese en el que te preguntan por lo que hiciste con tu existencia.
—¿Y qué te ha ocurrido para que te trajesen hasta aquí como si estuvieras al borde de la tragedia? —preguntó la joven con lágrimas en sus ojos—. ¿Y qué es ese olor tan fuerte? Huele como a hierbas aromáticas.
—Mi niña, me aplican emplastos de pino y romero para calmar mis dolores y, sobre todo, para disimular mis malos olores. No te quiero mentir, porque sé que desde que naciste me aprecias, pero desde hace unos meses me estoy consumiendo por dentro. Son varios los tumores que se me han dilatado por el abdomen y que, más temprano que tarde, me conducirán a la tumba. Como diría el sabio Hipócrates, tengo una karkinoma extendido. Ya sé que no hay remedio. Si te incomoda, siéntate en aquella silla y aléjate un poco de mí.
—No, de eso nada —dijo con decisión Verónica mientras que no dejaba de mirar fijamente a los ojos del hombre—. No me apartaré de ti cuando más me necesitas.
—No quiero ser cruel conmigo mismo, pero me temo que ya tengo mi fecha de salida marcada en el calendario. Por eso he venido, porque ignoro si podré volver a verte. Mi estado no es de buena esperanza. Por eso, antes de marcharme, procuraré ponerte al día de las últimas noticias. Aquí, entre estos muros, todo tarda más en conocerse.
—¿Y qué noticias son esas, mi buen galeno? —interpeló preocupada la joven.
—Me temo que no son nada buenas, mi niña, aunque forman parte del discurrir de las personas y de las naciones.
—Por favor, Alejandro, me has puesto en tensión. Dime lo que ha ocurrido en la ciudad o fuera de aquí mientras que he estado en el convento.
…continuará…

