LAS TRES VIDAS DE MARÍA (41) Las señales estaban allí

—Sí. Puedo asegurártelo porque después lo comprobé durante las sesiones de terapia —respondió Antonio—. Cuando Miguel me planteó todo aquello, no tuve más remedio que bajar la cabeza.

María detectó inmediatamente la vergüenza en su rostro.

—Por fin alguien consiguió hacerte callar.

Antonio aceptó el comentario sin molestarse.

—Más bien consiguió que dejara de buscar excusas. Comprendí que no estábamos allí para perder el tiempo ni para competir a ver quién encontraba la mejor justificación. Habíamos llegado hasta aquel lugar para reconocer nuestros errores, comprender por qué los habíamos cometido y averiguar qué podíamos hacer con todo eso.

—Me alegra que al menos entendieras la finalidad de aquella reunión.

—Si uno acude a terapia será porque algo no funciona y desea corregirlo, ¿no?

—En teoría, sí.

María lo miró durante unos segundos.

—Aunque una cosa es sentarse delante de alguien y otra muy distinta aceptar lo que te dice cuando toca alguna herida.

Antonio sonrió con amargura.

—Exactamente. Y yo estaba a punto de comprobarlo.

—¿Qué ocurrió?

—Mi orgullo todavía no había desaparecido del todo.

—¿Todavía?

—Ni mucho menos.

Antonio apartó la mirada.

—Me había molestado que Miguel hablase de mi vida como si me conociera desde siempre. Sentí rabia. Pensaba: «¿Quién es este hombre para juzgarme?». Y, en lugar de callarme y reflexionar, lo desafié.

María abrió los ojos.

—No me digas que te enfrentaste a él.

—No llegué a tanto, pero le pedí que me mostrara un ejemplo concreto de aquello que llamaba «suicidio indirecto».

—Antonio…

—Ya lo sé. Fue una estupidez.

—No necesariamente. Si no comprendías el concepto, tenías derecho a preguntar.

—Una cosa es preguntar y otra hacerlo con la soberbia con que lo hice yo.

Antonio negó con la cabeza.

—En aquel momento seguía aferrado a una idea: yo no había muerto por una sobredosis ni había estrellado el taxi mientras conducía borracho. A mí me habían atropellado. Esa era mi defensa.

—Y objetivamente era verdad.

—Sí. El problema era todo lo que yo pretendía esconder detrás de esa verdad.

María permaneció callada.

—Miguel debió de darse cuenta de mi actitud —continuó Antonio—. No levantó la voz ni pareció ofenderse. Se limitó a mirarme durante unos segundos.

—Eso a veces es peor.

—Mucho peor.

Antonio sonrió ligeramente.

—Después empezó a repasar algunos episodios de mis últimos años. Cada frase era como una pequeña aguja clavándose donde más me dolía.

—¿Qué te recordó?

—Las noches en que conducía después de beber. Las ocasiones en que había consumido cocaína y, aun así, me ponía al volante. Los momentos en que tuve que frenar bruscamente porque calculé mal una distancia o reaccioné tarde.

María fue perdiendo poco a poco su expresión irónica.

—¿Estuviste cerca de tener accidentes?

Antonio tardó en responder.

—Más de una vez.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No.

María cerró los ojos unos instantes.

—Claro. Otra cosa más que añadir a la lista.

—Lo sé.

—Continúa.

—Miguel consiguió que aquellas escenas aparecieran en mi memoria con una nitidez brutal. Era como contemplarlas desde fuera: yo dentro del taxi, de madrugada, convencido de que controlaba la situación… y, a unos metros, otros coches, peatones, familias que regresaban a casa.

Su voz se hizo más baja.

—Comprendí que no solo estaba jugando con mi vida.

María lo miró fijamente.

—Podías haber matado a alguien.

—Sí.

La respuesta quedó suspendida entre ambos.

Antonio se llevó una mano a la frente.

—Eso fue lo que más me hundió. Hasta entonces había pensado en mis excesos como un problema exclusivamente mío. Si enfermaba, si tenía un accidente, si terminaba destrozándome… era cosa mía.

—Qué cómodo.

—Terriblemente cómodo.

—Porque así no tenías que pensar en nosotros.

—Ni en vosotros ni en las personas con las que me cruzaba cada noche.

Antonio tragó saliva.

—Miguel me recordó entonces algo elemental: yo estaba casado y era padre de un niño.

María dejó escapar una risa seca.

—Como si hiciera falta un terapeuta del más allá para recordártelo.

—No hacía falta. Ese era precisamente el problema. Yo lo sabía perfectamente y seguía actuando igual.

La respuesta hizo callar a María.

Antonio respiró profundamente antes de continuar.

—Después habló de una posibilidad que nunca se me había pasado por la cabeza.

—¿Cuál?

—Me preguntó qué habría sucedido si una de aquellas noches hubiese provocado un accidente mientras conducía bajo los efectos del alcohol y la cocaína.

María frunció el ceño.

—No hacía falta demasiada imaginación para preverlo.

—Eso mismo quiso hacerme comprender. Si yo hubiese causado un accidente grave, las consecuencias no habrían recaído únicamente sobre mí. Podría haber herido o matado a otras personas y, además, vuestra situación económica habría podido ser muy distinta.

—¿Por qué?

—Porque, si yo hubiese fallecido como conductor responsable del accidente, el seguro obligatorio del taxi no habría indemnizado mi propia muerte. Y respecto a otras pólizas que pudiera tener contratadas, el consumo de alcohol o drogas también podría haber complicado las coberturas, dependiendo de sus condiciones.

María permaneció unos segundos pensativa.

—Nunca había reparado en eso.

—Yo tampoco. Miguel me hizo ver que mis decisiones no terminaban en mí mismo. Tú y Tony dependíais en buena medida de mis ingresos y, sin embargo, yo estaba poniendo en peligro ese sustento cada vez que me sentaba al volante en aquellas condiciones.

Antonio bajó la mirada.

—En cambio, aquella última noche ocurrió algo completamente distinto. Yo había apagado el motor, había salido del taxi y fue otro vehículo el que me atropelló.

—Tú eras la víctima.

—Exactamente. El hecho de que hubiese bebido o consumido cocaína no convertía por sí solo el atropello en responsabilidad mía. Tendría que haberse demostrado que mi conducta había contribuido realmente a provocar el accidente.

María asintió lentamente.

—Y, por lo que sabemos, no fue así.

—No. Me encontraba fuera del coche cuando aquel vehículo apareció y me arrolló. Nunca se identificó al conductor, pero yo seguía siendo el perjudicado de aquel siniestro.

…continuará…

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AS TRÊS VIDAS DE MARIA (41) Os sinais estavam ali

Jue Sep 3 , 2026
— Sim. Posso te garantir, porque depois confirmei isso durante as sessões de terapia — respondeu Antonio. — Quando Miguel me apresentou tudo aquilo, não tive outra opção senão baixar a cabeça. Maria percebeu imediatamente a vergonha em seu rosto. — Finalmente alguém conseguiu fazer você calar a boca. Antonio […]

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