—¿Por qué me habéis traído a esta caverna tenebrosa, fray Bernardo? —preguntó Concepción con gesto impotente, cargado de indignación—. ¿Qué pretendéis? ¿Acaso no os ha bastado con cuanto se ha ventilado en el juicio?
—Es evidente que no, hermana —repuso el fraile con una dosis de sarcasmo—. Aun admitiendo el desequilibrio de la denunciante, esa perturbada de Martina, aquí se me oculta algo que voy a descubrir, pese a quien pese.
—¿Podéis hacer eso?
—Por supuesto; entra en mis atribuciones. Lo que ocurre es que queréis escapar del castigo sin más, y no lo toleraré.
—Ignoro si las leyes os amparan, pero tengo por cierto que el poder de Dios no puede consentir vuestra actuación. ¿Adónde vais a llegar? Vuestro verdugo me ha sacado a la fuerza de la celda, me ha sentado aquí sin decir palabra y me ha inmovilizado con grilletes, como si fuese una vulgar asesina. No entiendo esta entraña desalmada. ¿Qué planes maquináis? ¿Qué vais a hacer conmigo?
—¿De veras queréis que os lo explique? —el inquisidor la miró fijamente, como para quebrarle la voluntad.
—¿Qué tormento es este? ¿Solo pretendéis asustarme para que me invente historias a vuestro gusto?
—Lo que hago con vos es lo más sencillo y suele funcionar con la inmensa mayoría de los reos, aun con mujeres y aunque sean monjas —rió con una entonación inequívocamente perversa—. Con todo, por mucho que os parezca, la maldad no habita en mi alma. No deseo propasarme; no soy un sádico que goza con el mal ajeno.
—Con todos los respetos, mi señor, no lo parece. Esto es una humillación hacia mi persona y mi condición de miembro de la Iglesia.
—No empecemos con discursos; vayamos a lo práctico —el dominico se llevó el índice a la nariz, seguro de su proceder—. El límite del dolor lo marcaréis vos. El proceso es claro: os doy a elegir; esa será vuestra libertad.
—¡Dios mío! ¿Habéis perdido el juicio, fray Bernardo? —exclamó la hermana, abriendo desmesuradamente los ojos.
—Me encuentro más lúcido que nunca. Sujetaremos uno de vuestros pies y ejerceremos presión con esos hierros movidos por la manivela.
—No seréis capaz de tal salvajada. Pertenezco a la orden concepcionista y me hallo bajo la protección de mi superiora, la madre Verónica, y de su hermano, el jurista Francisco de Nebrija. No soy un animal al que se pincha por placer.
—Qué bien se os dan las palabras, hermana. Esa destreza para zafaros me recuerda, cómo no, a vuestra abadesa. Habéis aprendido a manejar la lengua, pero eso no os librará de mí ni de mi oficio como fiscal del Santo Oficio.
—Os lo ruego: antes de cometer una locura, apelo a vuestro sentido cristiano y a la compasión.
—Vaya… ya mudamos de tono: la jactancia se trueca en humildad. En fin, ahora estáis en mis manos —dijo el dominico, frotándose las palmas con una sonrisa siniestra—. Os revelaré algo: ya no me interesan vuestras relaciones lascivas con la madre Verónica; eso es pequeñez frente a la posible intervención del diablo en ese maldito convento. Aunque la hermana Martina desvaríe y parezca trastornada, estoy cierto de que fue la única capaz de darse cuenta. Creo firmemente que las «curaciones» del padre confesor y de la novicia fueron prodigios realizados bajo inspiración del Maligno. ¿Lo negáis?
—Mi señor, cuanto debía declarar ya lo expresé ante el tribunal. ¿A qué vienen ahora tantas dudas?
—Porque un buen fiscal no se da por vencido sin agotar todas las vías. A fuerza de reflexión, me he persuadido de que ocultáis mucha información, porque os conviene a vos y a la abadesa. Ja, ja… a veces los locos son los más cuerdos: eso le ha sucedido a Martina, la única que ha visto la verdad en la niebla de Satanás. Voy a escuchar lo que quiero oír, aunque para ello tenga que arrancaros el aliento.
—Por favor, mi señor, sed cabal; volved al buen juicio —suplicó Concepción, con la mirada cada vez más ansiosa.
—No pienso perder la tarde con vuestras excusas. Última oportunidad antes del tormento: ¿qué ocurrió para que se produjeran las curaciones?
—Dios mío, que la crueldad no inunde vuestro corazón. ¿No habéis oído al padre Damián y a la novicia? Virgen santa, ¿qué más queréis de mí?
La tensión crecía, alimentada por la actitud del verdugo, que con gestos al inquisidor se mostraba presto a aplicar el suplicio.
—Por última vez: no deseo más mentiras ni ocultaciones. No quiero interpretaciones, sino verdad. ¿Qué sucedió aquel día? ¡Hablad o ateneos a las consecuencias!
Concepción guardó silencio. A una señal de fray Bernardo, el verdugo echó a andar la manivela. El hierro apretó el pie de la monja y el dolor, al principio sordo, fue subiendo hasta hacerse insoportable. La hermana comenzó a sudar con rapidez; el corazón le latía desbocado y las venas del cuello se hincharon como si fueran a estallar. Las contorsiones del cuerpo no bastaban para domeñar aquella oleada de tormento…
Concepción alcanzaba el límite de sus fuerzas. Pensó en su padre, en la figura que tanto sentido dio a su vocación; luego, la imagen serena de Verónica, esa mujer excepcional con la que se sentía tan identificada y a la que tanto quería. Cuando estaba a punto de romperse, un chasquido de la mano de fray Bernardo bastó para interrumpir la tortura: el verdugo invirtió la manivela, y el hierro aflojó.
…continuará…
