María mantuvo la cabeza ligeramente inclinada. Intentaba contener la indignación mientras aquellos jóvenes continuaban provocándola.
Uno de ellos dio otra calada y soltó una carcajada.
—Ya sé lo que le pasa. Usted necesita algo que la anime. Unos polvitos mágicos por la nariz y verá cómo se le quita esa cara de funeral.
María lo miró con profundo desprecio.
Otro muchacho, que hasta entonces había permanecido cerca de la entrada, perdió la paciencia.
—Pero ¿esta tía qué hace aquí? Viene, se queda mirando y después no compra nada. Señora, circule. No nos haga perder el tiempo.
Se aproximó a ella y levantó el puño, fingiendo que iba a golpearla.
María reaccionó inmediatamente.
—No te atrevas, sinvergüenza. Podría ser tu madre.
El muchacho bajó lentamente el brazo.
—Oiga, que yo todavía no le he hecho nada.
—¿Todavía?
—Ya me está cansando. O compra algo o se larga de aquí ahora mismo.
María permaneció inmóvil.
No era únicamente miedo lo que sentía. Había algo en aquella escena que no conseguía comprender. Ángel la había enviado hasta allí por alguna razón y cada segundo reforzaba la sensación de que debía resistir.
El joven interpretó su silencio como una provocación.
—¿Me ha oído?
Le dio un fuerte empujón en los hombros.
María perdió el equilibrio y cayó sobre el asfalto.
—¡Animal! —gritó mientras intentaba incorporarse—. ¡Eres un desgraciado!
La reacción del muchacho fue inmediata. Se acercó y le lanzó una patada al costado.
María quedó sin respiración durante unos segundos.
—Vete a la mierda, chiflada. Y no vuelvas por aquí.
El joven introdujo una mano en el bolsillo y sacó una pequeña navaja.
María sintió cómo se le helaba la sangre cuando él acercó la hoja a su cuello.
—La próxima vez no me conformaré con empujarte.
Entonces una voz grave surgió desde el interior del edificio.
—¡Pero qué demonios está pasando ahí fuera!
Todos se giraron.
—¿Por qué armáis tanto escándalo? Estoy esperando al «chino» con la mercancía. Dejad de llamar la atención.
Un joven apareció en la puerta.
María apenas pudo distinguirlo desde el suelo.
—¿Y esa mujer qué hace ahí tirada? —preguntó él.
—Está chalada —respondió el muchacho de la navaja—. No sé de dónde ha salido. Cuando me he dado cuenta ya estaba aquí mirando lo que hacíamos. No pide nada, no responde y, cuando la he empujado, se ha puesto a insultar como una loca.
—¿Qué se ha llevado?
—Nada, Tony. Ese es precisamente el problema.
María dejó de respirar por un instante.
Tony.
El nombre resonó dentro de su cabeza.
Levantó lentamente la mirada.
—¿Cómo has dicho? —murmuró.
Nadie pareció escucharla.
El joven que acababa de salir del edificio se acercó un poco más.
—Eres demasiado bruto, Raúl. Te lo he dicho mil veces: incluso aquí hay que saber tratar a la clientela.
—¿Clientela? Esta mujer está como una cabra.
—O quizá esté asustada.
Tony observó a María con detenimiento.
—Mírala. Puede que sea la primera vez que viene y no sepa cómo comportarse.
Después se dirigió directamente a ella.
—Vamos, señora. Levántese.
María continuaba mirándolo desde el suelo.
Algo dentro de ella había comenzado a quebrarse.
—Venga —insistió Tony—. Estos idiotas no la han entendido. Discúlpeles.
Le hizo un gesto para que entrase.
—Venga conmigo. Dentro podrá explicarme tranquilamente qué necesita.
Raúl soltó una carcajada mientras plegaba la navaja y volvía a guardársela.
—Ya verás cómo no te dura ni un minuto. Después la echarás tú mismo.
Tony no le hizo caso.
María apoyó una mano en el suelo y comenzó a incorporarse con dificultad.
Le dolía el costado, pero apenas era consciente ya del dolor.
Solo podía mirar aquel rostro.
Subió lentamente los escalones.
Con cada paso, la certeza resultaba más insoportable.
Había algo en los ojos del muchacho.
En la forma de la nariz.
En aquel gesto de la boca.
Rasgos conocidos que los años habían transformado, pero no borrado.
Al entrar en la habitación, Tony se volvió hacia ella.
—Siéntese. No tenemos precisamente sillones de Versalles, pero estará mejor que ahí fuera.
María no respondió.
Lo contempló con absoluta atención.
Durante unos segundos dejaron de existir la casa, los traficantes, el olor desagradable del lugar y hasta el dolor que sentía en el cuerpo.
Solo estaba aquel rostro delante de ella.
Cerró los ojos.
No podía ser.
No quería que fuese.
Pero lo sabía.
La intuición llegó antes incluso que las palabras.
Un sabor amargo le llenó la boca.
Era Tony.
Su Tony.
Aquel muchacho al que había llevado de la mano al colegio.
El niño al que Antonio acababa de pedirle que protegiera.
Su hijo.
Pero no era ya el niño que ella conocía.
Delante de María había un hombre joven, endurecido, que dirigía un lugar donde se vendían drogas.
Tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no derrumbarse.
Ángel se lo había advertido.
El fantasma del futuro.
Ahora comprendía por qué.
Llevó instintivamente las manos hacia el rostro, deseando taparse los ojos y escapar de aquella imagen.
Pero se contuvo.
Apretó los puños.
—Tengo que soportarlo —se dijo en voz baja—. Tengo que saber qué ha ocurrido.
—¿Ha dicho algo? —preguntó Tony.
María negó rápidamente.
—No.
El joven señaló una silla.
—Pues acomódese.
Ella obedeció.
—Aquí las cosas son sencillas —continuó él—. La gente viene, pide lo que necesita, hacemos el trato y cada uno sigue con su vida. Nadie se queda demasiado tiempo.
María lo escuchaba sin poder apartar los ojos de él.
—Todos tenemos nuestros problemas, ¿verdad? —añadió Tony.
Ella tuvo que contener las lágrimas.
Quería levantarse.
Abrazarlo.
Preguntarle qué le había ocurrido.
Decirle que era su madre.
Pero sabía que aquel muchacho no podía verla como tal.
Aquello no era el presente.
Era una posibilidad.
Un futuro que le estaban obligando a contemplar.
Tony frunció ligeramente el ceño.
—Entonces, señora… ¿qué busca?
María tragó saliva.
Tardó varios segundos en conseguir que las palabras salieran de su boca.
—Sí… supongo que tienes razón.
Su voz tembló.
—Visto lo visto… aquí no hace falta preguntar demasiado.
Tony sonrió.
María, en cambio, sintió que algo se desgarraba por dentro.
Había llegado a aquella casa creyendo que tendría que enfrentarse al peligro.
Ahora comprendía que la verdadera prueba no eran las drogas, los insultos ni aquellos jóvenes.
La verdadera prueba estaba sentada frente a ella.
Y llevaba el rostro de su hijo.
…continuará…

