—Yo sigo aprendiendo, María. Esa es mi realidad —explicó Antonio—. Antes de venir me advirtieron de que no podría abrazarte ni besarte, por mucho que lo deseara.
María bajó la mirada. Aquella imposibilidad le producía una tristeza extraña: tenía a Antonio delante y, sin embargo, una frontera invisible continuaba separándolos.
—Tal vez haya sido mejor así —prosiguió él—. Nos hemos obligado a hablar. A decirnos cosas que quizá no habrían salido si hubiésemos podido refugiarnos en un abrazo. Las emociones nos han desbordado a los dos, pero supongo que precisamente se trataba de eso: de sacar fuera todo cuanto llevábamos demasiado tiempo guardando.
—Dios mío, Antonio… —murmuró María—. Visto de esa manera, puede que tengas razón.
Guardó silencio unos instantes antes de añadir:
—Pero hay algo que todavía me cuesta comprender. Cinco años viviendo en esa casa, por mucha terapia que hagas, tienen que haber sido terribles para ti. Sobre todo para alguien como tú, que apenas soportaba permanecer mucho tiempo encerrado entre cuatro paredes.
Antonio negó lentamente.
—No ha sido exactamente así. Hay algo que debo matizarte.
—Te escucho.
—Desde el primer día, todo ha seguido un proceso gradual. Nadie pasa de una etapa de aprendizaje a otra de repente. A medida que avanzas, que comprendes determinadas cosas y eres capaz de demostrarlas, te conceden una mayor libertad.
María lo observó con interés.
—¿Entonces no permaneces encerrado continuamente?
—En absoluto. Al principio pasaba mucho más tiempo dentro, porque necesitaba tranquilidad y concentración. Pero conforme fui mejorando comenzaron a permitirme salir.
—¿Adónde?
La expresión de Antonio se iluminó.
—A unos jardines cercanos.
María sonrió.
—Eso ya suena mejor.
—Mucho mejor de lo que imaginas. Hay árboles, flores, pequeños senderos, estanques… No sabría describírtelo con precisión porque las sensaciones son distintas a las que experimentábamos aquí.
Antonio pareció perderse durante unos segundos en el recuerdo.
—Si el contacto con la naturaleza ya era hermoso en la vida física, aquí produce una serenidad mucho más intensa. A veces camino durante largo rato sin necesidad de hablar con nadie. Otras veces paseo con algunos compañeros y comentamos nuestras experiencias, lo que vamos aprendiendo, nuestros progresos…
—Una especie de recreo espiritual.
Antonio soltó una pequeña carcajada.
—Podríamos llamarlo así.
Su expresión volvió a ser serena.
—Al principio el acceso a esos jardines estaba bastante limitado. Después fueron permitiéndome permanecer allí cada vez más tiempo. Ahora disfruto mucho de esos paseos. Es como si empezara a notar por dentro los primeros frutos de todo este trabajo.
María reparó en la expresión.
—¿Los primeros frutos?
—Sí. Más calma. Menos culpa. Menos rabia contra mí mismo. Y, sobre todo, una sensación que durante mucho tiempo no conocí: la de estar avanzando hacia algún sitio.
María permaneció pensativa.
—Entonces dime una cosa. ¿Dónde se supone que acabarás cuando termine todo ese proceso de… reconstrucción?
Antonio abrió los ojos con agrado.
—Reconstrucción. Me gusta esa palabra.
—Creo que es lo que estás haciendo, ¿no? Recogiendo los pedazos.
—Exactamente.
Antonio respiró profundamente.
—No sé qué ocurrirá después. Nadie me ha mostrado un mapa con mi destino final. Pero tengo buenas sensaciones. Me encuentro muchísimo mejor que cuando llegué aquí después del atropello.
—¿Y todavía te quedan pruebas?
—Sí.
—¿No estás cansado de tanto examen?
Antonio sonrió.
—Curiosamente, no. Antes quizá habría protestado. Ahora comprendo que es necesario comprobar si lo aprendido ha producido algún cambio real.
—La teoría no basta.
—Exactamente. Uno puede memorizar todas las lecciones del mundo y seguir siendo la misma persona.
Antonio hizo una pausa.
—La única forma de demostrar que has cambiado consiste en actuar de otra manera.
—Eso tampoco es muy distinto de lo que sucede aquí —reflexionó María—. Desde pequeños nos explican lo que está bien y lo que está mal. Luego cada cual hace con las enseñanzas lo que le da la gana.
Miró a Antonio significativamente.
—Véase nuestro caso.
—No puedo discutirlo.
Ambos intercambiaron una sonrisa.
—Alicia, mi terapeuta, dice que poco a poco irán confiándome una mayor responsabilidad.
—¿Alicia? —repitió María—. No recuerdo que hubieras mencionado su nombre.
—Creo que no. Es la mujer que dirige buena parte de mi proceso terapéutico.
—Y esa mayor responsabilidad… ¿en qué consiste?
Antonio vaciló unos instantes, aunque parecía deseoso de contárselo.
—Dentro de poco me permitirán ayudar a quienes llegan en circunstancias especialmente difíciles.
—¿Qué quieres decir?
—Personas que han puesto fin a su propia vida.
La sonrisa desapareció del rostro de María.
—¿Suicidas?
—Sí.
Antonio habló ahora con mayor gravedad.
—Muchos llegan tremendamente confundidos. Algunos ni siquiera comprenden qué les ha ocurrido. Otros estaban convencidos de que la muerte significaba desaparecer, dejar de sentir, terminar definitivamente con los problemas.
María lo escuchaba sin apartar los ojos de él.
—Y despiertan descubriendo que siguen existiendo.
—Exactamente. Imagina el desconcierto.
Antonio bajó ligeramente la voz.
—Yo tendré que recibir a algunos de ellos. Escucharlos, tranquilizarlos y ayudarles a comprender dónde están. Explicarles que aquello no es un castigo y que todavía existe un camino por recorrer.
—Eso es una enorme responsabilidad.
—Lo sé.
—Y además bastante relacionada con lo que viviste tú.
Antonio asintió.
—Supongo que esa es una de las razones por las que me han elegido. Después de todo, yo también desperté sin saber dónde estaba, desconfiando de quienes intentaban ayudarme y preguntándome qué demonios estaba ocurriendo.
María volvió a sonreír.
—Pues, después de esta conversación, creo que vas a ser bueno en ese trabajo.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Hace unas horas quizá no lo habría pensado, pero ahora sí.
Antonio pareció emocionarse.
—Gracias.
—No será sencillo.
—No. Pero ahí está precisamente la prueba.
Antonio llevó una mano a su pecho.
—Durante años hablé mucho y pensé poco en los demás. Ahora tengo la oportunidad de hacer justamente lo contrario.
—Escuchar.
—Escuchar, comprender y ayudar.
Sus miradas se encontraron.
—Así podré demostrar mis avances con algo más que palabras —concluyó Antonio—. Con obras.
…continuará…

