—¿Confundirme? ¿Yo? —replicó María, llevándose los dedos al pecho—. No te equivoques. Cuanto más tiempo paso aquí, más convencida estoy de que ahorcarme ha sido la mejor decisión que he tomado en años. No creo que a ese cuerpo colgado en el lavadero le quede mucho para dar su último suspiro.
Ángel la observó sin alterarse.
—A eso me refería —respondió con calma—. Tal vez estés alargando esta conversación para asegurarte de que todo ha terminado… para convencerte de que ya no hay marcha atrás.
Esbozó una leve sonrisa.
—María, siento desilusionarte. En esta dimensión, el tiempo no funciona como lo conoces. Puede contraerse… o dilatarse. No entraré en detalles, pero lo que para ti pueden parecer horas, para tu cuerpo apenas son instantes.
María frunció el ceño.
—Te concederé el beneficio de la duda —dijo finalmente—. Pero lo que acabas de decir suena a amenaza… aunque lo disfraces.
Lo miró con firmeza.
—Prefiero morir y enfrentarme a lo que sea antes que regresar a lo de siempre: depresiones, tristeza, fracaso… ese vacío que me estaba devorando.
—Lo sé —respondió él con serenidad—. Y ya te dije que esa decisión siempre será tuya. No estoy aquí para arrebatártela.
Hizo una breve pausa.
—Solo quiero que aceptes el reto. Después… decidirás.
María ladeó la cabeza, pensativa.
—Muy bien. Pero te planteo algo. Supongamos que acepto… que hago lo que me pides… y aun así me niego a volver. ¿Qué ocurriría?
Ángel se llevó una mano a la barbilla, como si valorara la pregunta.
—Interesante. De pronto pareces… más segura de ti misma. Incluso orgullosa.
La miró con una leve intensidad.
—Me pregunto por qué no empleaste esa misma fuerza para enfrentarte a los retos de la vida.
María bajó la mirada un instante.
—No lo sé… —admitió—. Y ahora mismo tampoco me importa. Tal vez algún día me lo plantee, pero no hoy.
Alzó de nuevo la vista.
—Respóndeme a lo de antes.
Ángel asintió.
—Podría intervenir. Podría adormecerte, devolverte a tu cuerpo… y cortar el cordón que te asfixia. Recuperarías el conocimiento.
María negó de inmediato.
—No. No te creo capaz de hacer algo así. Eso sería traicionar mi voluntad.
—Tienes razón —admitió él sin dudar—. Conozco mis límites. Solo quería comprobar tu determinación… y ha quedado clara.
Añadió con naturalidad:
—Además, podrías intentarlo de nuevo mañana… o dentro de una semana.
María dejó escapar una leve exhalación.
—Al menos eres coherente —dijo—. No esperaba eso.
Ángel sonrió apenas.
—Veo que no te falta ingenio.
Pero su tono cambió ligeramente.
—Lo que sí me sorprende es que no hayas mencionado algo esencial: el aprendizaje.
María frunció el ceño.
—¿Aprendizaje?
—Sí. Esta experiencia. Este momento. Todo lo que estás viviendo.
Se inclinó un poco hacia ella.
—La vida te está ofreciendo una oportunidad, María. Una oportunidad de cambio. ¿De verdad no has pensado en ello?
Ella sostuvo su mirada, incómoda.
—No seas tan duro conmigo…
—No lo soy —replicó él—. Solo intento que mires más allá.
Se hizo un breve silencio.
—¿Sabes cuántas personas se suicidan cada día en tu mundo?
María no respondió.
—Demasiadas —continuó—. Y eso implica que muchos como yo… debemos intervenir constantemente. Acompañar. Intentar evitar lo irreversible.
La observó con gravedad.
—Tú misma has llevado a tu guía hasta el límite.
María apartó la mirada.
—Vale… ya basta —murmuró—. Me estás haciendo sentir peor de lo que ya estaba.
El silencio regresó. Esta vez más denso. Pero algo había cambiado en ella. Respiró hondo.
—De acuerdo —dijo al fin—. Completaré ese juego que propones. Total… ¿qué puedo perder?
Lo miró con decisión.
—Pero con una condición: al final, yo decidiré. Sea cual sea el resultado.
Ángel asintió lentamente.
—Yo no lo llamaría un juego —expuso—. Es algo mucho más importante que eso.
Su voz se suavizó.
—Pronto comprenderás por qué.
María dejó escapar una leve sonrisa, cargada de ironía.
—Claro… el sabio habla.
Hizo un gesto con la mano.
—Bien. Ya que estamos, terminemos con esto. Empiezo a sentir curiosidad, lo confieso.
Lo miró fijamente.
—¿Cuándo empezamos?
—Ahora mismo —respondió él.
Hubo una breve pausa.
—Dime, María… ¿te resulta familiar una historia escrita por Charles Dickens a mediados del siglo XIX?
La mujer entrecerró los ojos.
—¿A qué historia te refieres?
Ángel sonrió ligeramente.
—A «Cuento de Navidad».
…continuará…

