María lo tenía todo planeado.
Era jueves y se encontraba de baja médica. Acababa de cumplir treinta y ocho años. Había estudiado auxiliar de clínica, aunque desde hacía tiempo trabajaba cuidando a personas mayores en una residencia de ancianos situada a las afueras de la ciudad.
Se había casado a los veintidós años y, pocos meses después, se quedó embarazada. Así nació el pequeño Antonio, al que con el tiempo todos terminaron llamando Tony, para distinguirlo de su padre, que llevaba el mismo nombre.
María llevaba viuda unos cinco años. Todo se había quebrado en aquella noche trágica en que sonó el teléfono y una voz desconocida le comunicó que su marido había muerto atropellado frente a un hotel lujoso y de pésima reputación, próximo al aeropuerto. No era un establecimiento cualquiera. Aquel lugar atraía a numerosos clientes no solo por sus habitaciones, sino también por su casino, por sus cócteles refinados y por la discreta compañía femenina que ofrecía.
El hotel había alcanzado tal celebridad que se comentaba, medio en serio y medio en susurros, que algunos de sus visitantes habituales tomaban aviones desde Madrid o Barcelona solo para entregarse allí a la noche, lejos de miradas indiscretas. Después, al amanecer, regresaban a sus ciudades en el primer vuelo del día y se incorporaban directamente a sus trabajos, como si nada hubiera ocurrido. Cualquiera diría que la cocaína debía de tener mucho que ver con aquella capacidad sobrehumana para enlazar la fiesta con la rutina.
Su hijo Tony ya había cumplido quince años. Se hallaba en plena adolescencia y, aunque no era mal estudiante, necesitaba que su madre estuviera muy pendiente de él para que respetara sus horarios y cumpliera con sus obligaciones. Antonio, el padre, había trabajado como taxista, y a veces resultaba imposible saber cuál de los dos echaba más de menos al hombre de la casa: si aquel muchacho que se había quedado sin guía demasiado pronto o María, que se veía a sí misma cada vez con menos fuerzas para sacar adelante sola a un hijo en una edad tan delicada.
Tampoco ayudaban las interminables horas que pasaba en la residencia. Superaba con frecuencia las cincuenta horas semanales, empujada por la necesidad de llevar más dinero a casa, pero ese esfuerzo la alejaba inevitablemente de Tony y le robaba el tiempo que habría necesitado para vigilarlo, acompañarlo o, sencillamente, estar a su lado. Para ella no era fácil sostener el día a día sin la ayuda de aquel hombre con quien había compartido más de una década de vida.
Además, no era la primera vez que María se sentía mal. Ni la primera vez que se asomaba a la tristeza con una persistencia alarmante. La soledad impuesta por la muerte brutal e inesperada de Antonio, el desgaste emocional que exigía su trabajo y el esfuerzo constante de atender a su hijo habían ido dejándola exhausta, como si alguien le hubiese vaciado el alma poco a poco.
Por eso, tiempo atrás, decidió acudir a la consulta de un psiquiatra y explicarle su situación, así como el malestar anímico que arrastraba desde hacía meses. Había sido su médico de cabecera quien, al ver el estado en que se encontraba, optó por derivarla al especialista. El psiquiatra la escuchó con atención, sí, pero la presión asistencial de la sanidad pública lo obligaba a recibir a cada paciente con una rapidez casi dolorosa.
María salió de aquel despacho, en el hospital, con dos recetas en la mano: una para un antidepresivo y otra para unos ansiolíticos que debía tomar cuando la ansiedad la desbordara. Sin embargo, al cabo de unas semanas, al comprobar que su malestar interior seguía allí, intacto, decidió abandonar el tratamiento por su cuenta. La impaciencia, tan propia de su carácter, pudo más que la perseverancia. No fue constante con la medicación y, como consecuencia, sus síntomas de tristeza, abatimiento y desamparo no hicieron sino agravarse.
Por eso aquella mañana en que no tenía que acudir al trabajo le pareció, en su mente, la ocasión perfecta para llevar a cabo su propósito en las mejores condiciones. A mediodía ni siquiera tendría que preocuparse por preparar la comida de su hijo: Tony almorzaría en el instituto donde cursaba la enseñanza secundaria. Disponía de plena libertad de movimientos. Nadie iba a molestarla. O, al menos, eso creía ella.
Después de la hora que había fijado en su cabeza, todo cambiaría. Su destino se transformaría por completo. Todo, pensaba, mudaría por fin a su favor.
***
—Bueno, don José, a esto se le llama ponerle en antecedentes —afirmó la mujer, dejando escapar un pequeño resoplido mientras permanecía recostada en el diván—. ¿Está de acuerdo?
—Digamos que me ha informado de las circunstancias más importantes que rodeaban su vida —respondió el psicólogo—. Resumiendo: un trabajo absorbente, el trauma de haber perdido a su marido siendo aún joven y la difícil tarea de educar sola a un hijo en una edad, cuando menos, conflictiva.
—Exacto.
—Ya voy haciéndome una idea del contexto en el que usted se desenvolvía —continuó él con serenidad—. Puede seguir, por favor.
María guardó un instante de silencio.
—Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto. Puede interrumpirme cuando quiera. Tenga esa confianza.
—Gracias. Verá… no sé muy bien cómo expresarlo, porque es un tema controvertido, pero… ¿qué opina usted del suicidio?
El psicólogo permaneció pensativo unos segundos antes de responder.
—Vaya, es una pregunta muy directa. Y muy delicada. Estamos hablando de la decisión de trazar un plan para desaparecer del mapa de forma definitiva, sin posibilidad de rectificar lo hecho.
—Sí, eso resulta evidente —replicó María—. Pero creo que no me ha respondido con absoluta sinceridad. Con todo el respeto, me parece que solo me ha dado una respuesta demasiado general, sin implicarse de verdad.
El profesional esbozó una leve sonrisa.
—Buena observación, sí señora. Si lo prefiere, puedo hablarle del perfil suicida que he encontrado, en términos generales, en algunos de mis pacientes. Verá, no existe un prototipo perfecto, ni una imagen única de la persona que decide poner fin a su vida. Cada caso tiene sus matices, sus heridas y sus circunstancias. Pero sí había algo que todos compartían.
Al decir esto, levantó la mano derecha y alzó ligeramente el índice, como quien subraya una idea esencial.
—Más que querer acabar con todo, lo que en realidad deseaban era terminar con su sufrimiento.
María asintió despacio, reforzando sus palabras con un gesto grave de la cabeza.
—Interesante. Sin duda, muy interesante.
…continuará…

