Tras subir a toda prisa la escalera hasta la primera planta —donde se alineaban silenciosas las celdas—, la antigua novicia se topó con una escena que jamás borraría de su memoria.
Antes de golpear con los nudillos, un sonido la detuvo: unos jadeos rotos, no precisamente de placer, atravesaban la madera. Pegó la oreja a la puerta, contuvo el aliento y, ya sin dudar, llamó. Al cruzar el umbral, el hedor ácido del vómito le golpeó la cara: Martina yacía en el suelo, encogida, con un reguero espeso esparcido por las losas. Tenía ambas manos hundidas en el vientre, como si quisiera sujetar, desde dentro, el origen de un dolor atroz.
—¡Dios mío, hermana! —alcanzó a decir la joven—. ¿Qué os sucede? ¿Estáis tan mal?
—Por piedad, Consolación… —gimió Martina, sudorosa—. No puedo más. Tal vez haya llegado mi hora. Dios me castiga por mis pecados: es la hora de su venganza. Avisad a la madre… que lo sepa.
—¿Dónde os duele exactamente? Tenéis ambas manos en la barriga.
—Este dolor no me deja vivir. Empezó a media mañana; pensé que se iría, mas ha crecido como una fiera. Primero fue aquí, en torno al ombligo; ahora me muerde la parte derecha. Tengo náuseas… quisiera morir para que acabe esta tortura.
—Resistid, hermana —dijo Consuelo, inclinándose para palpar con cuidado—. Vuelvo enseguida. La madre sabrá qué hacer.
—Daos prisa… —sollozó Martina, retorciéndose—. La madre es una santa bajada del cielo. Virgen Inmaculada, tened compasión de esta pobre pecadora…
La joven voló por el corredor como flecha. Llegó al refectorio sin aliento y, vencida por el susto, olvidó toda discreción. Se plantó a dos pasos de Verónica y gritó:
—¡Madre, auxilio! ¡Por Dios, necesito vuestra ayuda!
—Por todos los santos, hermana: conteneos —replicó la abadesa poniéndose en pie—. Respirad y decidme qué ocurre.
—Perdonad… —bufó—. Creo que la hermana Martina se está muriendo.
La sala entera se alzó en oleada. Bancos arrastrados, hábitos que se volvían, miradas clavadas en Verónica, la piedra de la serenidad. Nadie acertó a moverse sin su orden. La superiora, un instante sentada, recogió el ánimo del grupo y, cuando los cuchicheos crecían, su voz templada cortó el aire:
—Calma, hermanas. Es precisamente ahora cuando más hemos de conservarla. Dejarnos arrastrar por la angustia solo empeorará las cosas. Consuelo, referid con detalle lo visto.
Se hizo silencio. La joven explicó lo ocurrido en la celda, los vómitos, la mano pegada al costado.
—Bien —resolvió Verónica—. Subamos en orden. Encomendémonos a la Virgen y pidamos la intercesión de nuestra fundadora.
Las concepcionistas ascendieron con premura por la escalera del claustro. Al abrirse la puerta, la escena hirió los sentidos: Martina se revolvía sobre el suelo, lívida, exhalando gemidos que helaban la sangre. Al ver a las hermanas arremolinadas en la entrada, alargó una mano trémula:
—Gracias a Dios que habéis venido, madre Verónica… —jadeó—. Siento que la Madre de Cristo camina con vos. Os suplico: ayudadme, o este será mi último día sobre la tierra. Me arrepiento de todo el mal que hice… por lo que más queráis, salvadme.
—¡Pronto! —ordenó la abadesa con firmeza—. Tomadla con cuidado y conducidla a la enfermería. Allí nos apañaremos.
La tendieron en una camilla y, entre alaridos, la llevaron al cuarto donde antaño obraba la siempre recordada hermana Concepción. El lugar olía aún a ungüentos y vinagrillos, a sabiduría humilde.
—Consolación —dijo Verónica, al tiempo que examinaba el vientre tenso—. Necesito vuestro juicio. En vuestro noviciado servisteis aquí casi un año a las órdenes de nuestra querida Concepción. Aprendisteis mucho de ella. Decidme: ¿qué le sucede a Martina?
—Madre… —trató de templarse la joven—. El dolor es intensísimo en el vientre. Ha vomitado repetidas veces; el olor es agrio. Y… y…
Un grito nuevo, agudo, rasgó la estancia. Martina se arqueó, llevó la mano al costado derecho y rompió en arcadas; un líquido claro le escurrió por la comisura.
—¿Veis, madre? —retomó Consuelo, más segura—. Se aferra a la parte derecha. La zona está hinchada… —repitió el gesto sobre su propio cuerpo—. Lo recuerdo bien: la hermana Concepción me lo explicó una tarde de estudio, al revisar un libro de enfermedades. Creo… creo que es un cólico miserere.
Verónica entornó los ojos, la mano en la barbilla, sopesando.
—Sí… ahora lo comprendo. Y esa dolencia… corregidme si yerro… carece de remedio.
La joven se inclinó hacia el oído de la superiora, en voz baja, como si el diagnóstico pudiera herir más que el dolor:
—No, madre. No hay cura. Así me lo dijo en su día la hermana Concepción. Entre nosotras… morirá en unas horas —añadió casi susurrando— y con grandes dolores. Lo siento: la hermana Martina está condenada.
…continuará…

