—Ya, madre; suele ocurrir. No es la primera vez que me enfrento a un caso semejante. Y os reitero lo dicho: si nada habéis hecho, nada habéis de temer. La buena noticia es que, al menos, os libraré de un problema inmediato. Durante un tiempo no tendréis que soportar a esa enemiga que, casi como surgida de la oscuridad, os acosa —dijo el dominico, esbozando una sonrisa impregnada de sarcasmo—. No obstante, debéis comprender que no podéis actuar contra ella; esa prerrogativa corresponde únicamente al Santo Oficio… je, je.
—Lamento discrepar, mi señor fiscal —repuso con calma la priora—, pero creo que me juzgáis de manera equivocada. Aun cuando la hermana Carmen permaneciese entre estos muros, jamás tomaría represalias contra ella. No soy mujer vengativa ni rencorosa. La Virgen Inmaculada me libre de albergar tales pasiones en mi alma. Siempre intento, dentro de mi debilidad, que la dignidad y la humildad habiten en mi corazón.
Fray Bernardo guardó un silencio espeso, como si calibrara cada palabra. Finalmente, con ese rictus sombrío que lo caracterizaba, retomó la conversación:
—Yo no presupongo nada, mi señora. Mas no podéis negar que vuestra reacción, al leer la carta que os mostré, resultó bastante elocuente. Sea como fuere, ya habrá tiempo para observar cómo se desenvuelve este turbio asunto en el que, por desgracia, os veis involucrada.
Verónica lo observó fijamente, mordiéndose la lengua para no caer en las provocaciones del inquisidor.
—Las diligencias que practiquemos —prosiguió él— nos permitirán deslindar la verdad de la mentira. Esa es nuestra misión. Afrontaremos el proceso con la discreción necesaria, para que sus consecuencias no perjudiquen en exceso ni a vos ni al buen nombre de vuestra familia. Salvo contadas excepciones, la Iglesia no se complace en airear escándalos que puedan menoscabar su propio prestigio. Sin embargo, no dudamos en actuar con severidad cuando las leyes son vulneradas o cuando ciertas conductas amenazan con corromper la fe. La labor del Santo Oficio, creedme, no es ni fácil ni grata.
—Sí, imagino que ha de ser así —respondió resignada la superiora.
—Una cosa, señora, es ocultar asuntos menores; otra, muy distinta, tolerar desviaciones que atentan contra la ortodoxia. Frente a la brujería, la lascivia o las prácticas contrarias a la naturaleza, no cabe tibieza. El escarmiento público es necesario para que sirva de ejemplo, y el castigo justo ha de recaer sobre los culpables.
Verónica, irguiéndose con dignidad, replicó:
—Por si no lo sabíais, esa monja de la que hablamos llegó a este convento con antecedentes poco edificantes. De hecho, esa fue la causa principal de su traslado forzoso desde el monasterio concepcionista de Toledo. Confío en que hayáis tomado en cuenta un dato tan revelador.
—La Inquisición no deja cabos sueltos, mi señora —replicó el fraile con voz grave—. Conocemos perfectamente el pasado de la hermana Carmen y las circunstancias de su familia. Sabemos también que su repentina vocación adolescente no brotó de una inspiración divina, sino de la necesidad de huir de conflictos domésticos graves. Como veis, no damos pasos en falso: nuestros archivos registran cada detalle, y en ello descansa la justicia de nuestras decisiones.
—Entonces solo espero —dijo Verónica con cierta ansiedad— que esos antecedentes se ponderen debidamente, para que el proceso desemboque en una resolución justa.
—Así será —sentenció el fraile con gesto firme—. Pero permitidme aclarar: los problemas disciplinarios que haya padecido esa monja no prueban necesariamente que mienta en esta causa.
—Lo entiendo, señor —replicó la priora—, mas según lo que la conozco, no es persona que se lleve bien con la verdad. Antes bien, acostumbra a tergiversarla, retorciéndola cuanto le es posible.
—Respeto vuestra opinión —dijo Bernardo, alzando una ceja—, pero no os corresponde entrar en nuestro terreno. Tras las averiguaciones pertinentes, será el Santo Oficio quien determine si la hermana exagera, miente o si simplemente sus denuncias son fruto de una mente perturbada. De todo hay en la viña del Señor, como bien sabéis.
—Por desgracia —murmuró la superiora—, incluso en las filas de la Iglesia surgen frutos corrompidos que conviene apartar antes de que contaminen al resto.
—Bien dicho —ironizó el inquisidor con su habitual sonrisa torcida—. Pero cuidad, madre: con vuestras palabras pretendéis hacer de juez y parte, y ese papel no os corresponde. Entiendo vuestro deseo de inclinar el juicio a vuestro favor; sin embargo, me encargaré personalmente de que ninguna influencia, ni siquiera la vuestra, pese sobre nuestras decisiones, por ilustre que sea vuestro linaje.
Verónica, crispada, tamborileaba con los dedos sobre la mesa.
—Parecéis empeñada en salir airosa cuando el proceso apenas comienza. ¿No advertís que con vuestra actitud solo os perjudicáis? No continuéis presionando, pues ello podría volverse contra vos.
—Lo lamento, señor —dijo con humildad—; nada más lejos de mi intención. Respeto profundamente la labor del Santo Oficio, pero confieso que me siento desconcertada.
—¿En qué sentido, su merced?
—Tras estos años gobernando legítimamente esta comunidad, me resulta incomprensible que una de sus miembros pueda obrar con libertad para sembrar la discordia entre nosotras y contra la Santa Madre Iglesia. Y más aún, que pueda insultarme, amenazarme y denigrarme sin que recaiga sobre ella sanción alguna. ¿Es posible que quien actúa movida por el rencor y la falsedad quede impune?
—Os adelantáis, madre —respondió el fraile, sereno—. Claro que habrá consecuencias. Si al término del proceso se demuestra que sus acusaciones son falsas, podéis estar segura de que la hermana será castigada conforme a las disposiciones del Santo Oficio. Nadie escapa al delito de difamación cuando queda probada su mala fe. Vuestro honor será restituido, y ella pagará caro el daño causado a vuestra reputación.
…continuará…

