SOMBRAS DE DIOS (32) «Caiga yo fulminada por un rayo»

—Supongo que no debo preocuparme por su cuidado. Sé que Beatriz no estará en buenas manos, sino en las mejores manos.

—¿Por qué dices eso, Verónica? ¿A qué te refieres? ¿Es que alguien del convento te ha comentado algo al respecto? —preguntó el conde alarmado por el gesto expresivo de su hija.

—Tranquilizaos, padre, que tenéis el rostro desencajado. Veréis, una vez que Alejandro Mendoza se llevó a mi niña siguiendo vuestras órdenes, caí en una especie de letargo, de inconsciencia que me duró varios días. Estaba tan desesperada por aquella separación forzada que solo pensaba en la muerte, en desaparecer de este triste mundo donde un bebé inocente puede ser arrancado de los brazos de su madre. Simplemente, no quería despertar. Y, sin embargo, en uno de mis sueños tuve una visión.

—¿Una visión? ¿De qué tipo? —dijo don Diego cada vez más curioso.

—Mi madre, es decir, vuestra esposa Catalina de Guzmán se me apareció y como solo sabe hacer la mejor de las madres, apaciguó mi ansiedad con su abrazo y su mirada y me ofreció su gran promesa: ella cuidaría desde el cielo de mi pequeña, de su amada nieta Beatriz.

—Caramba, resultaría para ti una experiencia impactante —afirmó el hombre mientras que permanecía pensativo ante la revelación de la joven—. Pero, aunque crea en tus palabras ¿no pudo producirse esa visión a consecuencia de la angustia y de la excitada imaginación que en ese momento te dominaban? Considera lo sucedido: habías estado sometida a un estado de gran presión. Se trataba de un embarazo desarrollado en el interior de un convento, aislada de tu familia y de quienes más te querían, a solas con tu hija en la barriga durante meses. Y, sobre todo, agobiada por la tensión de que ibas a perder a aquello que más amabas. Todo eso, Verónica, puede dar lugar a sueños desbordados de fantasías, mas carentes de una base real. Te pregunto: ¿no has tenido en cuenta esa posibilidad?

—Mi señor, os lo digo con franqueza: ¡que Dios me fulmine ahora mismo con su rayo poderoso y caiga yo muerta en esta sala si lo que os he contado es mentira! —exclamó la joven enfadada mientras que cerraba sus puños y dirigía su vista hacia el techo.

—No, hija, no. ¡No hace falta llegar a ese extremo! —contestó asustado el noble mientras que agarraba a Verónica de sus muñecas—. Dejemos las cosas como están, por favor. Ya bastante desgracia tuve con el quebranto de mi mujer como para ahora perderte a ti.

Se hizo el silencio por un rato.

—¿Lo veis, padre? Después de este mutismo compartido, han pasado unos minutos y yo sigo aquí. Por fortuna, vuestros ojos me continúan observando. Se confirma que solo he dicho la verdad y que las manos misericordiosas de mi madre velarán por la integridad de mi niña. Ahora sé que Beatriz no sufrirá peligro alguno, porque su abuela estará pendiente de ella. Creo que ya está todo dicho.

—Sí, he captado tu mensaje.

—Pues debo volver a mis quehaceres. Tengo muchas obligaciones, entre ellas, estudiar mucho para superar mi período de formación a fin de prometer mis votos en el futuro.

—Muy bien, hija. No deseo interrumpir más tus tareas. Solo una cosa más antes de despedirme. Es que se me ha despertado una gran curiosidad…

—¿Os referís a doña Catalina, la condesa? —comentó la joven como si le hubiese leído el pensamiento a don Diego.

—Vaya, ahora eres capaz de introducirte en mi cabeza. No salgo de mi asombro contigo. Bueno, solo quería saber si ella te había dado algún mensaje para mí, ya que durante tantos años fui su marido.

—Que yo recuerde, no.

—¿Ni siquiera un testimonio o una mínima señal?

—Lo siento, pero ya os lo he dicho. ¿Para qué iba a engañaros? Con permiso, mi señor, pero es la hora de despedirnos —afirmó Verónica mientras que se levantaba de la silla.

Cuando el conde de Valcárcel se puso de pie y se disponía a abrazar a su hija, esta rehusó con frialdad el gesto y tras saludar a su padre haciéndole una pequeña reverencia, se dio la vuelta y se retiró por la misma puerta por la que había accedido a la sala desde el interior del convento.

*******

Cinco años después de todos estos sucesos, la vida proseguía con normalidad entre las paredes del monasterio concepcionista que albergaba a aquella comunidad a la que pertenecía la hermana Verónica de Nebrija. Ya hacía tiempo que la nueva monja había jurado sus votos y que, por tanto, se había integrado en aquel grupo de mujeres de clausura como una miembro más. La madre Juana, con su proverbial sabiduría y equilibrio, continuaba siendo la responsable de la buena marcha de aquella congregación, si bien en esta nueva etapa su vitalidad había decaído producto de la edad, aunque su mente aún se hallaba en perfectas condiciones para adoptar las mejores resoluciones.

Aquella tarde, la aparente tranquilidad de la que se gozaba en la abadía se vio alterada por los golpes que se escuchaban en la puerta de entrada.

—¡Ah, del convento! ¡Abran la puerta! —gritaba el desconocido—. Soy el caballero Alonso Heredia, secretario del conde de Valcárcel, don Diego de Nebrija. ¡Abran de inmediato!

Ante el revuelo formado por el apresurado hombre, fue la mismísima superiora que estaba cerca de allí la que se dispuso a caminar hacia la entrada. Dos de las hermanas legas comenzaron a aflojar los pesados cerrojos que permitían el acceso desde la calle…

…continuará…

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