Elección de pruebas (II)

La pregunta clave que nos hacemos ahora es si el espíritu, antes de retornar a la materia, puede elegir sus futuras pruebas. La respuesta es sí, aunque con matices.

Evidentemente, si el alma no participara de esa “programación” que elabora antes de descender a este plano, su facultad de libre albedrío quedaría mermada y si existe una causa fundamental en el desarrollo de la vida humana, es precisamente la capacidad del sujeto para elegir. Sin asumir este concepto, nada tendría sentido, porque resultaría no solo inútil sino también desesperanzador creer en la fatalidad como auténtica conductora de nuestra existencia.

Ahora bien, la facultad del espíritu para escoger las pruebas que cruzará en la Tierra no es absoluta. Como en otros aspectos, no se trata de aplicar un criterio de todo o nada sino de grado. Acorde a la ley de causa y efecto, el alma precisa de una serie de ajustes que no pueden ser eliminados o ignorados. Tal es el caso de las expiaciones, coyunturas que muchos deben atravesar de forma obligatoria para adecuar sus parámetros evolutivos conforme a la legislación divina.

Existe una norma al respecto que es muy clara: a mayor nivel de progreso del espíritu, mayor es la capacidad que tiene para confeccionar su propia programación, es decir, el tipo y número de tribulaciones terrenales por las que pasará. Si nos fijamos bien, este fenómeno tiene su lógica y resulta comparable a las distintas etapas de la vida humana. Un niño no posee la misma autonomía para tomar decisiones respecto a su futuro que un adolescente y este, menos que un adulto. Pero incluso en el mundo de los mayores, no todos tienen ni el mismo nivel intelectual ni el mismo desarrollo moral. De aquí que los más avanzados, al contar con más “méritos”, muestren mayor claridad a la hora de entrever el género de pruebas que les corresponde en la próxima vida.

¿Y qué ocurre si el espíritu sucumbe o no supera las pruebas que él mismo ha escogido? La posibilidad de reencarnar de manera ilimitada contesta a esta pregunta. Sin embargo y como vimos en la primera parte, la paralización del proceso de crecimiento de un ser tiene un nombre: estancamiento. Las almas no retrogradan en su trayecto evolutivo, al igual que el niño que ha aprendido a andar no olvida esta habilidad jamás. Sin embargo, el término estancamiento, desde el punto de vista espiritual, tiene un significado muy diferente al que se le otorga en el plano físico. Esta palabra adquiere un tono más grave, pues el alma, una vez errante, puede analizar con mucha mayor lucidez tanto lo que ha realizado en la anterior encarnación como la situación de su estado progresivo actual, una vez sin la atadura orgánica.

Este dato es esencial, ya que no evaluamos las cosas de la misma forma en libertad como espíritus que “aprisionados” en la carne. Aunque en la fase terrenal existe una gran preocupación por todo lo que afecta a la propia subsistencia como la salud o la economía, estos aspectos son apreciados por el “desencarnado” desde un escalón más elevado, lo que aporta al ser una mayor amplitud de miras y sobre todo, una mejor comprensión del
significado de la vida.

Esta comparación puede asemejarse a la contemplación de un paisaje desde el suelo o desde la cima de una colina. En este último caso, la perspectiva se amplifica y se logra una mejor visión del asunto, que en nuestro caso, implica un entendimiento de por qué estamos aquí y hacia dónde debemos dirigirnos.

Esto es justamente lo que busca el espíritu al proyectar su programación: enfrentarse a las pruebas más convenientes que le sirvan para adelantar en su progreso. Ni más ni menos.

Las llamadas expiaciones, poco recomendables por el sufrimiento que generan pero necesarias para reajustar los ciclos del alma, lo único que muestran es que el espíritu tiene todavía un gran margen de mejora por delante y fija una regla evidente: los errores han de corregirse. Si el espíritu no se inclina por enfrentar dichas equivocaciones, Dios, en su infinita sabiduría y valiéndose de sus colaboradores, determinará lo necesario para “rectificar” las desviaciones de ese camino individualizado que todos debemos recorrer.

Tras la muerte física y dentro de la etapa que los espiritistas conocemos como “erraticidad”, al espíritu le son mostradas las imágenes más relevantes de su anterior existencia, tanto las que han contribuido a su progreso como las que lo han demorado. Este proceso implica también enseñar al sujeto los “rostros” de todos aquellos seres implicados o afectados por sus actos.

Una vez “actualizado” el pasado del individuo y comprobado que este ha entendido la situación en la que se halla con respecto a su senda evolutiva, nuestros queridos y sabios hermanos (a los que denomino cariñosamente “programadores”) se encargarán de ofrecerle al alma en espera de “descender”, todo un conjunto de opciones entre las que elegir para proseguir con su adelantamiento. Es el supremo instante de escoger las pruebas por las que pasar una vez asociado a un nuevo cuerpo.

Ahora se entiende mejor lo que exponíamos antes. Si el espíritu posee un mínimo de luz y de coherencia en sus planteamientos, sabrá lo que tiene que hacer, por lo que tiene que decantarse para avanzar a buen ritmo en su camino ético y de conocimiento. En este sentido, tanto el exigirse poco con respecto a las vicisitudes de la próxima vida como apurar en exceso, resultaría contraproducente. En el primer caso, porque el sujeto tendería al estancamiento con los resultados ya conocidos al regresar al mundo espiritual. A diferencia de lo que entendemos en la dimensión física, para un alma, detenerse en su peregrinar, implica un coste personal muy fuerte ya que se antoja como una pérdida de la oportunidad otorgada para seguir madurando. En el segundo caso, las posibilidades de sucumbir aumentarían en demasía, al no estar el alma lo suficientemente preparada para arrostrar determinados acontecimientos.

Es ahí cuando entra en acción la labor de consejo y guía de los hermanos programadores, los cuales invitan a la persona a seleccionar aquellas pruebas que dentro de un amplio rango le sirvan para adelantar. Así es la jerarquía espiritual, atenta a los méritos de cada cual, lo que permite a unos, aconsejar y a otros, ser guiados. Qué grandiosa universidad de la vida en la que los profesores más afamados tan solo lo son por sus merecimientos, sirviendo de ejemplo a todos sus alumnos y donde no hay lugar para el engaño o la injusticia.

Las opciones donde elegir, los campos de acción, son tan numerosos que el alma, dentro de su libre albedrío, puede escoger entre muchas coyunturas concretas propicias para su avance, si son superadas y siempre acordes al principio de acción-reacción.

Alguien podría pensar que este procedimiento resultaría algo similar a cuando hablamos de “saltar con red”, es decir, aunque falles o te equivoques en tu empresa, siempre cabe el recurso de rectificar, de volver a examinarse de la prueba para vencerla definitivamente. Sin embargo, este razonamiento, aunque cierto, no es tan simple como pudiera parecer. Detrás de cada ensayo y error en la existencia, de cada vicisitud terrenal no rebasada, se nos muestra al espíritu preso de un gran dolor, de una intensa desazón, producto de no haber encarado con la debida diligencia el desafío que se le mostraba ante el horizonte. Este abatimiento ya se deja sentir en el mismo plano físico, cuando el pesar se derrumba sobre nuestras conciencias ante el hecho de tener que reconocer que no hemos aprobado los exámenes de la vida.

Por último, cuando regresamos al mundo espiritual, esta percepción, a veces confusa dentro de la estructura orgánica, se torna lúcida y diáfana. Es entonces cuando “comprendemos” realmente el significado de nuestros actos y las consecuencias que han supuesto sobre nuestro crecimiento como almas en perpetuo desarrollo.

En la próxima entrada, abordaremos ejemplos más concretos de nuestra “programación” para dar por terminado este interesante asunto.

Atraigamos con nuestros buenos pensamientos las nobles influencias de aquellos que nos observan y se mueven en torno a nosotros. Aplicando el principio de afinidad (lo semejante se acerca a lo semejante), tendremos el mejor camino para permanecer en armonía.

…continuará…

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