Elección de pruebas (y III)

    

Descendiendo al plano de lo más concreto, cabe preguntarse ahora qué es exactamente lo que se configura en el momento de elegir las pruebas por las que hemos de pasar. Hay algunos que piensan que incluso los detalles más precisos de la existencia se seleccionan en esos momentos, antes de bajar el espíritu a la dimensión física. Sin embargo, esto no puede ser de este modo, ya que supondría caer en el fatalismo que rebatíamos en la anterior entrada. Además, implicaría la reducción al máximo de la capacidad de libertad del sujeto. Si todo estuviera ya predeterminado de antemano ¿qué margen de acción le cabría a la persona? ¿Cómo voy a adelantar en mi camino de progreso si resulta que hasta el más mínimo fragmento de mi vida ya se halla estructurado? ¿Cómo puede existir avance donde no hay facultad de elección?

De todo ello cabe deducir solo una conclusión. Lo que se planifica “arriba”, antes de volver a encarnar, son las directrices generales, las líneas maestras que habrán de orientar el guion de la película vital que vamos a protagonizar y en la cual, curiosamente, somos el actor principal. Todo ello, ateniéndose al escrupuloso respeto a la ley de causa y efecto. Como en todo buen filme que se precie, aparte del intérprete más importante, cabe hablar del resto de artistas invitados y que no son otros que todo el conjunto de personas significativas con las que vamos a interactuar a lo largo del metraje. Y por supuesto, la trama, sin la cual nada tendría sentido.

A diferencia de las películas que vemos en los cines, donde todo está estudiado, como los   diálogos, el ambiente de rodaje, la duración y el desenlace final, no ocurre lo mismo en la elaboración de la sinopsis del ser humano, donde lo que se proyecta en la dimensión espiritual son los renglones primordiales de nuestra vida y en ningún caso todos sus pormenores.

Es bueno que sea así a fin de asegurar la facultad para elegir del individuo. Prosiguiendo con  nuestra comparación, a la persona se la situaría en un escenario cinematográfico determinado que incluiría entre otros, una región particular del planeta donde desarrollarse, una familia donde crecer, un nivel de salud definido y un emplazamiento en una coyuntura económica, social o política delimitada.

Pero he aquí que el director del filme tan solo nos ofrece unas pinceladas de lo que debe ser la obra, mas nosotros somos los que debemos desarrollar toda la intriga. Tampoco actuamos solos y si no hubiera otros actores con los que trabajar, difícilmente la película cumpliría con las expectativas puestas en ella.

Hay un dato adicional interesante y consiste en que el responsable del rodaje no nos va a aportar instrucciones directas y concretas sobre nuestro proceder sino que nos dice que “escuchemos” la voz de nuestra conciencia para saber si estamos llevando a cabo la tarea de forma correcta. También añade que los cambios del guion pueden ser alterados acorde a cómo vayas desplegando tu “papel”. Te dice al fin y al cabo, que en función de tu actuación irán apareciendo o no determinados personajes, que según realices el trabajo, este será aceptado o no por el público, dependiendo de la importancia del producto resultante y que incluso el final permanece abierto conforme la historia del argumento se vaya mostrando.

Como estrella del filme, me quedo pensando y resuelvo que todo esto me preocupa, ya que por un lado mi intuición me advierte sobre cuál debe ser la línea maestra de mi papel, pero por otra parte, me proporcionan completa autonomía para realizar mi interpretación. Ya por último y antes de empezar a rodar, el jefe me ha comentado muy seriamente que volverá a contar con mis servicios para una próxima entrega pero que la “calidad” del papel que se me asigne va a ir en función de cómo desempeñe este.

—Serán muchas actuaciones —me aclara, pero el objetivo final es que alcances la maestría en tu interpretación. Ama tu trabajo y todo irá bien —concluye.

Yo acepto el acuerdo y creo en sus palabras. Confío en él porque lo conozco desde hace mucho tiempo y sé que sus decisiones son justas y sabias. En definitiva, él organiza las películas de la vida de la mejor manera posible.

En los descansos que a menudo efectuamos, ya que la tarea es ardua, hablo con otros compañeros de reparto que también ruedan otras películas, sobre diversos aspectos que afectan a nuestro cometido.

Uno me expresa su malestar porque le han asignado un papel en un ambiente donde tan solo se respira maldad y los actores le resultan muy perversos. Y yo le respondo, recordando los consejos de mi superior, que todas las tramas son valiosas, que el escenario siempre es el adecuado pero que lo más importante es cómo uno desarrolle su labor.

—¡Ser buen artista, requiere a menudo desempeñar papeles difíciles! —le revelo.

Tras oír lo que le he comentado, se aleja de mí como poco convencido, moviendo su testa de un lado a otro en tono negativo y con la cabeza gacha.

Otro se me acerca igualmente y me expone en voz baja, casi avergonzado, que a él le han dado muchos medios, todo tipo de recursos a su alcance, pero que no se siente del todo satisfecho porque a menudo se deja llevar por la pereza y no interpreta bien su actuación. Y termina expresándome que quizá hasta se cambiaría por un papel más dificultoso pero más desafiante. Y yo le hablo acerca de que los medios son solo eso, instrumentos que el director pone a tu disposición, pero que no son buenos o malos en sí, sino que todo depende del buen uso que hagas de ellos. Este se retira algo más animado, aunque tengo la impresión de que no me va a hacer mucho caso. No sé, pero intuyo que su próximo papel cinematográfico va a estar lleno de asperezas y contratiempos.

Por último, un tercer colega de profesión, algo desorientado, me pide consejo. No se queja del escenario ni de sus compañeros de reparto, sino que tan solo pretende una sugerencia por mi parte para desempeñar adecuadamente su papel. Entonces, cierro mis ojos y escucho en mi interior las bellas palabras que una vez resonaron en mis oídos espirituales, auténtico verbo de alguien muy sabio que solía acompañarme en mis largos paseos por aquella ciudad de luz, de amplias avenidas y casas blanquecinas:

—Haz el bien, evita el mal —le digo.

Aquel actor me mantiene la mirada, sonríe cálidamente y con la serenidad reflejada en su rostro, asiente con su cabeza y se marcha alegre para retomar su labor. Desde mi conciencia, le doy mis bendiciones y le deseo lo mejor.

Poco después, estoy solo. Un instante de paz en medio de tanto ajetreo. Levanto mi vista instintivamente, hacia ese cielo azul de la tierra en la que me ha tocado vivir y en el silencio, le pido al jefe con humildad pero con firmeza, que yo no quiero que me cambien el escenario ni la trama de mi película. Tan solo ruego que me dé fuerzas y arrojo para seguir con el rodaje y continuar mi camino. Sé que la senda es larga pero que con sus ánimos no desfalleceré.

De pronto, una voz en forma de pensamiento llega al centro de mi ser para anunciarme…

—Te pusimos en mitad del estrado, te aconsejamos mostrando ante ti multitud de decorados donde desarrollar tu papel y te asignamos una representación, mas esta sería completa responsabilidad tuya. Al final elegiste la que más se adaptaba a tus necesidades y te dimos nuestro beneplácito, pero recordándote siempre que no te alejaras de la línea maestra seleccionada por el guionista.

De nuevo, en el silencio de mi soledad, deduzco que cuando finalice la filmación, habrá un largo reposo pleno de sosiego y donde otros que me antecedieron, actores como yo pero con mayor experiencia, me comentarán acerca de cómo he puesto en práctica mi intrincado cometido, si superé todos los retos que el papel desempeñado exigía de mí y en caso contrario, qué áreas deberé mejorar en mi próxima película para continuar con mi evolución en la representación de la vida, infinita, eterna y retadora.

De pronto, unas manos parecen apoyarse sobre mi cabeza, una especie de adormecimiento se apodera de mí y cuando despierto, escucho el sonido de un lloro intenso, noto el golpe de un latido rítmico en mi interior y cómo ahora incluso para ejecutar el movimiento más leve, necesito arrastrar de un pesado vehículo en el que ahora moro y que me acompañará a lo largo de todo el período de rodaje del filme.

¡Cuánto echo de menos la añeja sensación de libertad, aquella en la que tan solo con pensarlo podía desplazarme a largas distancias y conectar mis ideas con otras mentes!

En ese momento de turbación, algo me roza por el lado y una voz me susurra dulcemente que debo apartar el pasado y concentrarme en el presente, que recuerde las promesas de buen actor que hice al director y que me centre en mi papel.  La resplandeciente presencia se despide de mí amablemente y exclama dirigiéndome su mirada afectuosa:

—Cuando termine la película volveremos a hablar y te diré mi opinión al respecto. Buen rodaje y hasta pronto, querido hermano.

Otro desvanecimiento, ahora sí, lo he olvidado todo. No puedo recordar ni siquiera lo último que pensé. Tan solo siento unos brazos que me rodean, un tic-tac que late cerca de mi oído y sobre todo, mucho amor en medio de una extraña sensación de destierro.

¡Silencio…cámaras…acción! ¡Se rueda!

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