—Me estás asustando, Ángel —reconoció María, todavía indecisa—. Espero no encontrarme con ningún sobresalto. La conversación con doña Ana me ha dejado muy afectada y ahora mismo no estoy preparada para más disgustos ni sorpresas.
—Tranquila, María. Sucederá lo que deba suceder. Todo está organizado y adaptado a tu nivel de comprensión y a tu trayectoria vital. Como ya te indiqué, aquí no se improvisa. Cada experiencia se planifica de acuerdo con las necesidades particulares del alma que debe afrontarla.
—De acuerdo. Después de mi encuentro con doña Ana, ya he comprobado hasta qué punto lo tenéis todo previsto. Si esto fuera una empresa…
—También existen organizaciones en mi mundo, aunque espero que entiendas la diferencia. En el ámbito donde trabajamos, nuestra motivación no obedece al beneficio económico, profesional ni social. Nos guiamos por la ley más perfecta que existe: la que procede de Dios.
La mirada de Ángel adquirió una serenidad especial.
—El amor es la fuerza que mueve el universo. Nosotros procuramos servir a esa fuerza y asumir todo lo que implica. Pero, conociéndote, no voy a extenderme en explicaciones.
—Supongo que no. Al fin y al cabo, tú eres el maestro que intenta enseñarle algo a una alumna estúpida e ignorante como yo.
Ángel frunció ligeramente el ceño.
—Será mejor que no vuelvas a menospreciarte. Con frecuencia, hablar mal de uno mismo no es humildad, sino otra forma del orgullo. He atendido a tantas personas en circunstancias semejantes a las tuyas que ya he perdido la cuenta. Por eso reconozco con facilidad el perfil de quien intenta abandonar su particular campo de batalla.
—Muy bien, señor experimentado —respondió María encogiéndose de hombros—. Confiaré en tu criterio. No quisiera suspender este segundo examen.
—Muy ingeniosa. Pero la calificación dependerá de tu comportamiento. No olvides que eres la protagonista de la obra que estás representando.
María respiró profundamente.
—De acuerdo. Creo que estoy preparada. ¿Debo cerrar los ojos?
—En absoluto —contestó Ángel con firmeza—. Mantenlos bien abiertos y observa la puerta que aparecerá a tu espalda.
María comenzó a girarse.
—Supongo que tendré que atravesarla y que, al otro lado, aparecerá el escenario que habéis preparado para mí.
—Exactamente. Como estudiante que debe superar una nueva prueba, solo puedo desearte un buen aprendizaje y una reflexión sincera. Avanza con cuidado y permite que Dios te inspire.
María recorrió el pasillo hasta llegar a la puerta que Ángel le había anunciado. Apretó los labios, reunió valor y, aprovechando el impulso de sus pasos, cruzó aquel umbral luminoso.
La claridad desapareció de repente.
Ante ella se extendía una carretera solitaria, envuelta en la oscuridad de la noche.
«Pero… ¿será posible?», pensó de inmediato. «¿Adónde me han traído ahora esos habitantes del más allá? Esta carretera me resulta vagamente familiar, pero no consigo situarla».
Observó los alrededores.
A cierta distancia se levantaba un edificio de grandes dimensiones. Varias ventanas permanecían iluminadas y una entrada amplia daba acceso al recinto.
«No parece una vivienda. Tal vez sea un hotel… o una sala de fiestas».
María avanzó unos pasos.
«Será mejor que me acerque y compruebe dónde estoy. Seguro que esta es otra de sus trampas para obligarme a reflexionar. Pues cuanto antes descubra lo que ocurre, mejor. No voy a asustarme ahora como una niña. Adelante, María».
Caminó por el arcén, tratando de reconocer aquel lugar. La madrugada envolvía la carretera en un silencio inquietante.
De pronto, se detuvo.
—¡Claro! ¿Cómo no me había dado cuenta antes?
Hablar en voz alta le ayudaba a aliviar la soledad.
—He pasado algunas veces por aquí en coche, aunque nunca llegué a entrar.
Entrecerró los ojos para leer el letrero luminoso del edificio.
—«Hotel Ícaro. Sala de fiestas» —pronunció lentamente—. Dios mío… ¿por qué me han traído precisamente aquí?
El lugar arrastraba una reputación poco recomendable. Al encontrarse cerca del aeropuerto, se decía que era frecuentado por hombres que buscaban entregarse a toda clase de excesos: alcohol, juego y encuentros con mujeres que ofrecían sus servicios en el interior.
María torció el gesto.
—Vaya antro. Yo no entro en ese tugurio ni aunque me lo ordenen.
Se quedó inmóvil, contemplando la fachada con abierta repugnancia. Sus ojos recorrieron las ventanas iluminadas mientras continuaba expresando en voz alta sus pensamientos.
—Cuando era más joven se comentaba que algunos hombres adinerados viajaban en avión hasta aquí, pasaban la noche de juerga y, al amanecer, tomaban otro vuelo de regreso a sus ciudades. Todo para evitar que los reconocieran.
Negó con la cabeza.
—Parece mentira. En pleno siglo XXI y seguimos arrastrando costumbres propias de no sé qué época.
Más que asustada, se sentía decepcionada. No conseguía encontrar ninguna relación entre aquel lugar y la segunda prueba que debía superar.
Decidió alejarse de la entrada y tomó un sendero que rodeaba los jardines del hotel. Su intención era regresar al punto donde había aparecido después de atravesar la puerta luminosa.
Entonces vio algo.
A unos metros de distancia, en el arcén de la carretera, había un automóvil blanco con varios adhesivos publicitarios en la carrocería.
María se detuvo en seco.
Los latidos de su corazón se aceleraron.
—Pero… no puede ser.
Avanzó un paso, incapaz de apartar los ojos del vehículo.
—Dios mío… ¡Ese era el taxi de mi marido!
Lo reconoció al instante: un Škoda diésel que había dado un resultado excelente y del que Antonio siempre hablaba con orgullo.
María quedó paralizada. Los recuerdos comenzaron a agolparse en su mente, cada vez más nítidos.
—No lo entiendo. Antonio murió hace más de cinco años.
Intentó buscar una explicación razonable.
—Tal vez alguien compró el coche después de su muerte y sigue utilizándolo como taxi.
Se aferró a aquella posibilidad.
—Sí… eso debe de ser.
Pero, mientras contemplaba el vehículo bajo la débil luz de la madrugada, una inquietud creciente comenzó a adueñarse de ella.
—¿Qué otra explicación podría haber?
…continuará…

