«Eso es… Si lo dijo ese gran escritor, sería por algo. Tenía razón. Y yo… yo puedo ser muchas cosas, menos una cobarde».
Apretó los dientes.
«A la mierda con todo».
María se dirigió directamente al cuarto de la limpieza. Abrió ligeramente la ventana y, con manos aún temblorosas, ató el cordón de las zapatillas a uno de los barrotes. Tiró de él varias veces para comprobar su resistencia.
Firme. Todo estaba listo.
Cuando llevó el otro extremo hacia su cuello, las dudas regresaron, inesperadas, como un golpe seco.
«Maldita sea… ahora estoy demasiado despejada».
Cerró los ojos un instante.
«No. Ya está. Se acabaron las excusas».
De pronto, una idea cruzó su mente.
«Esta vez no fallo».
Se giró con rapidez y regresó al cuarto de baño. Abrió el cajón, tomó el bote de ansiolíticos y, sin pensarlo demasiado, agarró un puñado de pastillas. Caminó hasta su dormitorio y se sentó en la cama.
No contó. No dudó.
Se llevó todas las píldoras a la boca, colocándolas bajo la lengua, buscando ese efecto inmediato, esa calma artificial que le permitiera ejecutar su decisión sin interferencias. Aguardó unos segundos. Luego las tragó con la ayuda de un vaso de agua.
El efecto no tardó en llegar. Un descenso. Una suavización de los bordes del miedo. Una especie de anestesia emocional.
Se levantó. Volvió al pequeño cuarto. Y esta vez no se detuvo.
Se colocó el cordón alrededor del cuello y lo ajustó con firmeza. Respiró hondo una última vez.
Y, antes de que el pensamiento pudiera interferir, se inclinó hacia delante, dejándose caer con el peso de su propio cuerpo.
*****
—Doctor… ¿puedo hacerle otra pregunta acerca de mis problemas estúpidos?
La voz de María sonaba más baja, más contenida.
—Por supuesto —respondió don José—. Puede preguntar lo que desee. Y no, no es ninguna molestia. Está aquí precisamente para eso: para hablar, para comprender lo que ha vivido.
Hizo una breve pausa, mirándola con atención.
—Pero sí me gustaría señalar algo. No me gusta que califique sus problemas como «estúpidos». No lo son. En absoluto. Estamos hablando de un intento de suicidio —añadió, elevando ligeramente el tono—. Y eso exige respeto, atención… y un trabajo serio para evitar que vuelva a ocurrir.
María asintió levemente.
—Tiene razón…
El psicólogo suavizó entonces su expresión.
—Dígame. ¿Qué quería preguntarme?
María lo miró fijamente.
—Seré directa… ¿cree usted que existe vida después de la muerte? Incluso… en un caso como el mío.
Don José entrelazó las manos con calma.
—Es una pregunta importante —respondió—. Y, en cierto modo, muy reveladora.
La observó unos segundos más.
—Desde un punto de vista estrictamente científico, no existe una prueba concluyente que demuestre la existencia de vida más allá de la muerte. Esa es la realidad.
María no apartó la mirada.
—Ya… pero a mí me interesa su opinión personal.
El psicólogo esbozó una leve sonrisa, llevándose un dedo a la sien.
—Entiendo. En ese caso, le responderé con honestidad: sí. Yo creo que existe algo más allá.
María bajó ligeramente la mirada.
—Eso es lo que quería saber.
—Para mí —continuó él— la vida no es algo que empieza y termina de forma abrupta. La entiendo como un proceso continuo. Si nos limitamos al materialismo, todo se reduce a lo que vemos y tocamos. El cuerpo muere, se descompone… y asumimos que ahí acaba todo.
Hizo una breve pausa.
—Pero… ¿y si no fuera así? ¿Y si existiera algo más, algo que no se destruye con el cuerpo? Llámelo alma, conciencia… como prefiera.
María asintió lentamente.
—Sí… esa idea existe desde siempre. Aunque también hay quien piensa que es solo una forma de protegernos del miedo a desaparecer. Una especie de consuelo mental.
—Exacto —respondió el psicólogo—. Una defensa frente a la incertidumbre.
—Tal vez necesitamos creer eso —añadió ella— para soportar la idea de que todo termina.
—Puede ser —admitió él—. Y su razonamiento es muy lógico. Pero también creo que hay aspectos de la existencia que aún no comprendemos. Y, personalmente, no me gusta limitarme solo a lo que la ciencia puede demostrar en este momento.
María lo miró con curiosidad.
—¿A qué se refiere exactamente?
Don José sonrió ligeramente.
—Buena pregunta. Por un momento, parece que los papeles se han invertido.
Se acomodó en su asiento.
—No me importa responderle. De hecho, creo que puede ayudarnos a avanzar.
Se hizo un breve silencio.
—Para mí, la vida tiene un sentido. No estamos aquí por azar, aunque esa sea una explicación cómoda. Creo que cada persona llega con unas circunstancias determinadas… y con una función que cumplir.
María asintió despacio.
—Suena… coherente.
—Sus circunstancias no son las mías, ni las mías las suyas —continuó él—. Pero hay algo que compartimos todos: el libre albedrío.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Esa capacidad de elegir… de decidir. Y cada decisión genera consecuencias. Así, paso a paso, se va construyendo la vida de cada uno.
María permaneció en silencio, escuchando.
…continuará…

