ESQUIZOFRENIA (41) El comienzo de la pesadilla

—Pero…bueno, ¿qué es este cuchicheo en mi salón? A ver ¿qué hacéis aquí y de qué habláis? ¿Es que no es la hora de vuestro descanso?

Luego de fijarse bien en los rostros…

—¿Cómo? Anda, pero si ha regresado la oveja perdida —manifestó con gran sorpresa la Madame—. ¡Vaya con la niña! Y… qué emperifollada. Y ese aroma tan maravilloso… Hum, huele a perfume francés de los caros. Me noto perpleja. ¿Cómo que has vuelto por aquí, Eva? La confusión me invade por dentro. ¿Estás de visita para tomar un café con Jessica o me enfrento a algo más cuyo origen desconozco?

—Bonjour, Madame Giselle. Discúlpeme —se atrevió a decir Eva mientras que se ponía de pie—. No sabía que sería Jessica quien me abriría la puerta y en cuanto a lo que usted ha preguntado… pues sí, he vuelto… pero solo si la Madame me acepta.

—Ah, qué coyuntura tan interesante —expresó la dueña del negocio tocándose la barbilla con su mano derecha como si estuviera pensando lo que hacer—. Entiendo. Bien, ahora, dejad todo eso que estabais haciendo y tú, Eva, sube inmediatamente a mi despacho. Debemos hablar.

—Ahora mismo, Madame. Adiós, Jessica; y gracias por escucharme.

—Me alegro de haberte visto, chica. Anda, se me olvidó preguntarte por la situación del niño. Eso… luego. Me largo —concluyó la joven prostituta mientras que desaparecía del escenario tras una mirada amenazadora de Giselle.

Minutos después, en el despacho de la dueña, Eva permanecía de pie, sin mover un solo músculo, como un militar en posición de firme al que le fuesen a pasar revista. Inquieta, ignoraba por completo el discurso que le iba a hacer la señora francesa. Resultaron unos segundos intensos, insoportables por la tensión que se palpaba en la habitación. Mientras tanto, Giselle terminaba por maquillarse en un pequeño cuarto de baño que existía allí. La jovencita, muy nerviosa, no pudo aguantar más el ambiente de incertidumbre que se respiraba en la atmósfera. En un gesto rápido y disimulado, extrajo la pequeña petaca de uno de sus bolsillos y se tomó de un solo trago toda la ginebra que contenía. Estaba claro que necesitaba ese alcohol en la sangre para aguantar el envite que se avecinaba.

—Alors, querida. Por desgracia, estoy confundida y tengo la incómoda sensación de que me he perdido algo de esta historia. ¿Puedes aclararme lo sucedido?

—Es largo de explicar, Madame. Ha sido más de un año.

—Pues… inténtalo, chiquilla. No pretenderás que te vuelva a admitir en mi negocio sin tener la información apropiada sobre tus andanzas en el mundo exterior.

—Oui, Madame.

—Perdona… ¿cómo se llamaba el encantador caballero?

—Armando Ramírez.

—Sí, me has refrescado la memoria. ¿Y qué? —preguntó la dueña poniendo sus brazos en jarra en actitud desafiante—. ¿Se cansó de ti, se le pasó la calentura como yo preveía? ¡Oh, no! No me dirás que fuiste tú la que lo abandonaste porque el hombre te maltrataba. ¡No me lo puedo creer! —aseguró la mujer con un fuerte cinismo en su acento.

—Pues verá…

—Disculpa, chica. Tu vestido es muy bonito, ese perfume embriagador que me recuerda mis buenas épocas en París… pero te noto extraña, sufridora. Muy bello tu atuendo, pero… tu cara lo dice todo. Menudo disgusto te debe haber dado ese tiparraco. ¿Me equivoco?

—No, Madame, no se equivoca en su juicio. Ha vuelto a acertar con sus palabras —respondió Eva como no queriendo entrar en detalles para así no repetir el discurso que le había dado a Jessica.

—Hum… aquí hay algo que me desorienta. Noto un olor extraño en el ambiente. A ver, tú, abre la boca —comentó la Madame mientras que se acercaba a la joven.

Tras cumplir con la orden de la jefa…

—¡Buah! ¡Qué asco, chiquilla! Apestas a ginebra y a esta hora de la mañana. Me tiras hacia atrás.

El sopapo que se llevó Eva resultó de tal intensidad que la joven se cayó de lado en el suelo. Tal era la fuerza del golpe que le había propinado en el rostro Giselle.

—Venga, levántate de inmediato, desgraciada. ¿A que te doy otro tortazo? ¿Crees que puedes colarte en mi casa borracha para suplicar mi compasión?

En un movimiento rápido e imprevisto, la Madame se hizo con un bastón de madera que tenía guardado debajo de la mesa del despacho y con él empezó a descargar impactos sobre la espalda de la muchacha que, espantada y aún sobre el suelo, chillaba de dolor ante la violencia del castigo.

Al poco, fue la propia Jessica la que apareció por el despacho alarmada por los gritos de su antigua compañera…

—¿Qué mierda quieres tú? —preguntó la dueña con desprecio—. ¿No ves que sobras aquí? ¡Vete ahora mismo! Déjame resolver mis asuntos a mi manera. A tu habitación ahora mismo. ¿Acaso tú también quieres recibir? ¡Fuera!

Por fortuna para Eva, al menos durante esos segundos, Giselle dejó de pegarle. Jessica se retiró espantada de aquel lugar mientras que cerraba despacio la puerta.

…continuará…

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