EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (y 103) Solo un hasta luego

6

Fechas más tarde, tras apretar el timbre de la puerta…

—Buenas tardes, señora —dijo Sandra mientras saludaba a la abuela de la pequeña Marina.

—Ah, hola. ¿Cómo estás? Encantada de conocerte. Mi yerno me ha hablado de ti. Dice que eres una persona estupenda.

—Ah, pues muy agradecida. No creo que sea para tanto. Una lucha por superar las circunstancias, solo eso. Procuro no rendirme ante el peso de lo que me ha tocado vivir. Alonso y yo compartimos momentos muy emotivos.

—Sí, mi hija también me lo comentó. Como mujer y como ser humano, tienes todo mi apoyo.

—Gracias de nuevo, señora. Pues aquí le dejo por un rato a mi Paula. Me pasaré a recogerla en cuanto acabemos el almuerzo.

—Ah, tranquila. Por mí, como si después queréis alargar la sobremesa. Tomaos vuestro tiempo. Tu niña no va a molestar, seguro que va a hacer buenas migas con mi nieta. Ya es curioso que estén en el mismo curso. Mejor, así tendrán que compartir más experiencias. Venga, chicas, adentro, que el día está muy frío. A jugar, que en un rato os pongo la comida.

—Sí, abuela. ¿Harás esa pizza que tan bien se te da?

—Claro que sí, mi niña, pero solo si a tu amiguita le gusta también.

—Uy, por eso no se preocupe, señora. A mi hija, todo lo relacionado con las pizzas o la pasta, le encanta.

—Anda, mira por dónde, problema resuelto. Estas señoritas disfrutarán hoy de un buen almuerzo casero. Ya tengo todos los ingredientes, como en los viejos tiempos.

—Pues encantada. Me voy al encuentro de Alonso y de Marina. La verdad es que necesitaba que me diera un poco el aire. Muchas gracias por quedarse con Paula.

—A ti, mujer. Pasadlo bien. Yo estaré pendiente de las crías. Estoy acostumbrada por mi nieta.

—Sí, está claro. Adiós.

Minutos después…

Buenas tardes —comentó Sandra dirigiéndose al encargado de sala de aquel restaurante de Madrid—. Me están esperando el señor Alonso Álvarez y su mujer. Él hizo la reserva.

—Buenas tardes, señora. ¿Ve aquella mesa al fondo? Allí están sentados y aguardando su llegada.

—Es verdad, ya los veo. Muy amable.

Segundos después…

—¡Ay, Sandra, tenía tantas ganas de volver a verte! —expresó Alonso mientras que se levantaba de la silla y le ofrecía su mano a la mujer—. Mira, te presentaré a mi esposa.

Tras los oportunos saludos y una vez que los tres solicitaron las bebidas y los entrantes…

—Disculpad mi nerviosismo —dijo Sandra—. La verdad es que no salía a divertirme un poco desde hacía tiempo. Lo cierto es que, incluso los hábitos de alternar, se me estaban olvidando. Esto de comer fuera de casa es toda una buena noticia para mí.

—Pues tranquila, mujer —respondió el maestro—. He elegido este restaurante a conciencia y mi esposa puede dar fe de ello. La última vez que estuvimos aquí, nos lo pasamos de maravilla. Fue un poco antes de conocerte.

—¿De veras? —comentó Sandra mientras que esgrimía una ligera sonrisa.

—Así es. Doy testimonio de ello —añadió Marina—. Menudo día de novedades resultó aquel.

—Sí, eso es. Como tenía ese grato recuerdo, qué mejor sitio para probar una segunda vez y disfrutar de este sitio. Ya le he hablado a Marina de ti, aunque solo por encima. Salvo lo experimentado aquella tarde tan importante para todos, no nos conocemos mucho. Ahora que estamos aquí reunidos, creo que ha llegado el momento de que os cuente algo muy interesante que, en cierto modo, nos afecta. No quiero demorarlo más y pienso que tenéis derecho, aunque por distinto motivo, a saber de esta historia. Veréis: una tarde de noviembre, una vez acabada mis clases particulares con mis alumnos, volví al salón de mi casa a recoger las cosas y a ordenar la mesa. Justo en ese instante, mi vista se desvió hacia el sofá que tenía enfrente y fue cuando contemplé la figura sentada, clara y nítida de un señor de unos treinta y tantos años que se identificó con el nombre de David Sánchez…

—Perdona, Alonso… pero ¿esa escena sucedió días después de fallecer mi marido? —interrumpió Sandra mientras que tragaba algo de saliva.

—En efecto, así fue. Lo sé porque fue él mismo quien me explicó luego todo lo que le había ocurrido.

—Un momento cariño —intervino Marina mientras que agarraba a su esposo de la mano—. Déjame recordar… fue aquella tarde en la que yo estaba viendo la televisión en la salita y de repente, viniste alterado y me invitaste a que fuera contigo al salón para comprobar una cosa. Me acuerdo perfectamente cómo insististe en que mirase por allí por si veía a alguien. ¡Dios mío, qué mal lo pasé! Y yo que pensé que estabas sufriendo un episodio de alucinación, un empeoramiento en tu estado mental… Ahora, empiezo a comprender aquel escenario.

—Pues ahora ya lo sabes, Marina. No hubo alucinación y Sandra lo sabe bien en su interior. Preferí guardar un prudente silencio, precisamente por eso, para no alarmarte aún más. Reflexioné y no quería que te preocupases más por mí. Justo por ese motivo, decidí guardar un completo secreto sobre los encuentros posteriores que tuve con Alonso.

—¡Dios mío, mi pobre David! Lo que tuvo que pasar después de su tragedia…

—Él, para mí, fue todo un ejemplo y aunque viviera varias veces, no tendría tiempo para agradecerle todo lo que hizo por mí, por rescatarme de la ansiedad y de la depresión en la que yo estaba inmerso. Hablé muchas horas con tu marido, amiga, llegamos a conocernos bien y a compartir intimidades. Para mí fue todo un desahogo, una forma de sacar toda la porquería que llevaba adentro y con la que cargaba. Sin embargo, creo que a él también le vino bien. Por lo menos, pudo aligerar su soledad y conversar con alguien después de su accidente. A mi particular manera, creo que le ayudé incluso con el relato de mi vida y también por mi papel de intermediario cuando estuvimos en tu casa.

—Por favor, Alonso, estoy empezando a entender muchas cosas y a toda velocidad. Yo sí que me noto ahora ansiosa. Mi mente está reconstruyendo fechas y cómo fuiste cambiando de actitud. Y yo, sin sospechar nada. Te agradeceré que, por respeto a Sandra y a mí, nos cuentes todo lo que pasó durante ese período en el que le conociste.

—Solo puedo afirmar, que esta tarde no estaría comiendo aquí con vosotras ni esta reunión se estaría produciendo, si ese día otoñal David no hubiese aparecido por sorpresa en mi piso. Y ahora, si me lo permitís, os contaré con todo detalle lo que supuso para mí encontrarme con ese maravilloso psicólogo llamado David Sánchez.

—Sandra y yo te lo agradeceremos de corazón. Estamos expectantes —añadió Marina.

—Mujer, no llores salvo si es de alegría —expresó el maestro con ternura—. Recuerda que él se despidió de nosotros y de tu hija con los deberes cumplidos. Tú fuiste testigo de esos hechos que jamás olvidarás. Yo… me siento tan feliz que, aunque ahora no pueda verle, sé que, de algún modo, esta tarde está presente entre nosotros… Por favor, coged vuestras copas y elevad vuestros corazones al cielo. Y ahora, hagamos un brindis por él, por alguien que sabemos que está muy vivo… ¡Que Dios te bendiga, David!

FIN

6 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (y 103) Solo un hasta luego»

  1. Emotivo, Conmovedor.Nostalgico…Buen Final….me gustó mucho esta novela!..ahora al igual que Sandra, nos toca despedirnos de todos estos personajes y dejarlos ir!..Gracias José Manuel por esta historia, no quería leér este capitulo porque sabía que era el final! Gracias!

    1. Cómo me alegro de todo eso, Mora. Gracias por tu interés y ahora, en unos días, comenzará «Los olivares». Espero que lo sigas. Un gran abrazo. Cuídate.

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