EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (102) Lenguaje universal

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—Está bien, David. El compañero Albert se ha adelantado a mis planteamientos. Quería darte esa información, porque afecta a un fenómeno clave en el proceso evolutivo de los espíritus. Sin embargo, tampoco pretendía confundirte con más y más conceptos que pudiesen afectar a tu desempeño terapéutico con Alonso y mucho menos, con la perspectiva que tenías de reencontrarte con tu mujer y tu hija. Una cosa que se aprende en esto de la enseñanza, y te lo dice alguien que ha tenido experiencia didáctica en la universidad, es que los conocimientos han de incorporarse poco a poco, en una escala progresiva que avanza desde lo más sencillo a lo más complejo. Era mi responsabilidad y así lo hice contigo. No obstante, acabas de ingresar aquí. No tengas prisa, porque ya te digo que habrá tiempo para aclarar el tema de la reencarnación y otros más. En cualquier caso, todos esos interrogantes que ahora mismo laten en tu mente serán contestados. Te aseguro que hallarás respuesta a todas tus dudas.

—Sí; yo también he aprendido a no precipitarme. Moverte con prisas por el escenario de la existencia no es un buena actitud a adoptar. La verdad es que me siento impresionado. He absorbido muchos conceptos, pero ya veo que lo que queda por asimilar es aún gigantesco. Solo puedo decir que estoy deseando empezar. Por cierto, profesor Ellis, hay algo que no acabo de entender.

—Pues tú dirás, David…

—Verá, usted era norteamericano y vivió casi siempre en Nueva York. Mi nivel de inglés, a pesar de mis esfuerzos, nunca pasó de un escalón medio, lo que me permitía traducir textos y comprender el lenguaje escrito, pero no para mantener una conversación fluida como llevamos haciendo desde que nos han presentado.

—¿Y? —respondió el creador de la Terapia Racional Emotiva mientras que abría sus manos.

—Pues eso; que llevamos hablando unos minutos y le entiendo perfectamente. Ah, y usted a mí también. ¿Qué misterio es este?

—Vamos a ver, Viktor ¿no le explicaste nada al respecto a nuestro colega?

—Verás, amigo —expresó el neurólogo, psicólogo y psiquiatra que tanto había ayudado a David tras su accidente de coche—. Pensaba comentártelo tras tu encuentro con tu familia. Sin embargo, las emociones resultaron tan fuertes y la experiencia tan intensa, que olvidé decirte algo interesante sobre el lenguaje que utilizamos en este tu nuevo hogar espiritual.

—Dios mío, cada intervención vuestra no deja de ser una completa sorpresa para mi ignorante cabeza.

—Te diré algo: el pensamiento es la forma que tenemos aquí de comunicarnos. Es mucho más rápido y eficaz que el lenguaje humano, donde se combinan una serie de palabras con un significado, que a su vez, crean frases y todo lo que sigue. Aunque no lo contemples ahora, se trata de un proceso mucho más lento y más complicado de elaborar.

—Me temo, Viktor, que no acabo por entender todo eso de lo que me estás hablando.

—Lo que el profesor trata de explicarte —intervino Ellis con una sonrisa en su cara—, es que el pensamiento es universal, que no depende de una lengua atada a unos convencionalismos o de unas reglas gramaticales como las que tú conoces. ¿Te imaginas por un momento la coyuntura? Aquí llegan continuamente almas de todos los países de nuestro antiguo planeta. ¿Cómo nos podríamos entender? No podemos perder el tiempo en extensas traducciones o en ayudar al otro a aprender un idioma concreto. Los retos son demasiado importantes como para gastar nuestro tiempo y energía en ese aprendizaje. No es que ahora yo domine tu lengua o tú la mía. Simplemente, nos entendemos a través del pensamiento y este no precisa de los códigos que resultan propios de la esfera material. ¿Acaso conservas tu lengua, tus labios o tus cuerdas vocales para pronunciar? Claro que no. Somos espíritus, no seres que mantienen sus antiguos órganos físicos. Piensa una cosa: el idioma «terrenal» no deja de ser una descripción de lo «real», pero no lo «real».

—Vale, lo capto —afirmó el psicólogo mientras que no salía de su asombro—. Ahora mismo lo esencial es que podamos comunicarnos y no tanto la vía en que lo hagamos. Es cierto, ya no poseo el sistema nervioso de antaño. ¿Qué importa ahora eso? Dios mío, ahora será todo más fácil.

—Sí, desde luego —agregó Ellis—. Lo que no cambia es que la voluntad y el esfuerzo por superarse continúan siendo la base de todo, de cualquier paso evolutivo que pretendas alcanzar. En ese sentido, aquí no hay diferencias con tu antiguo mundo, je, je…Venga, vayamos a esa sala. Allí te presentaré a más personas para que las vayas conociendo.

—Gracias, profesor. Usted fue mi guía durante mis años en la universidad y creo que lo va a seguir siendo durante mucho tiempo. Esto es un sueño del que no quiero despertar. O… ¿estoy dormido? Ay, por favor, Viktor —expresó preocupado David mientras que dirigía su mirada al primer espíritu que se le presentó tras su accidente—, dime que esto no ha sido una ilusión creada por mi mente…

—Claro que no, mi buen alumno. Menuda pérdida de tiempo habría sido. Ya te he dicho con anterioridad que en la dimensión espiritual no se contempla la pérdida de tiempo. Es todo tan primordial, que eso, no se permite. Además, ese tipo de dudas es bastante común. No eres el primero que, tras cruzar la puerta, alberga en su interior esa falsa sensación de haber vivido un sueño. Lo que te ocurre tiene su explicación: aún hoy, guardas en tu interior restos en tu memoria de tu antigua existencia en la dimensión material. Vamos, no nos rezaguemos, que el profesor nos está haciendo señales para que avancemos.

—Pues sí, debe ser eso. ¡Qué susto! Ahora que me estaba acostumbrado a mi nuevo ritmo de vida… Por cierto, ¿tú sabes algo de lo que se contaba entre los colegas acerca de Albert Ellis?

—¿De qué se trata, amigo?

—Pues se decía que, incluso siendo él muy mayor, seguía trabajando más de doce horas al día atendiendo a sus pacientes. ¿Sería verdad eso? Resultaría increíble… todo un récord…

—Pues conociéndole, no sería nada descartable. En cualquier caso, ¿por qué no se lo preguntas directamente a él? Será la mejor forma de confirmar o desechar esos rumores.

—Bueno, dejaré esa pregunta para más adelante.

—Al respecto de los horarios, deberás cambiar tus esquemas con rapidez. Aquí, las agendas de trabajo son más amplias. Se te permitirá descansar, por supuesto, tal y como hiciste después de tu accidente, pero cuentas con una gran ventaja, al igual que el resto de espíritus de este lugar.

—¿Ventaja? ¿Qué ventaja, Viktor?

—Pero, hombre, ¿ya te has olvidado de que no tienes un cuerpo físico como el de antes? Tus ocho horas de descanso ya no serán necesarias, ¿verdad?

—Caramba, estoy tan asombrado de todo esto que ya ni me acordaba de ese dato tan revelador. Uf, tendré que permanecer más atento.

—Tranquilo, David. Todo lleva su propio ritmo.

—No sabes lo bien que me encuentro ahora mismo, profesor. Acabo de llegar y ya me gusta mi nueva casa. Ahora quiero conocer a mis nuevos compañeros.

—Esperaba esa respuesta, mi buen alumno. ¿Ves cómo ha merecido la pena esperar?

—Qué razón tienes, Viktor. Todo tiene su tiempo…

…continuará…

2 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (102) Lenguaje universal»

    1. Hay tantas cosas que desconocemos… pero ya llegará nuestro turno. Lo importante es aterrizar por allí con las manos llenas… de buenas obras. Feliz semana, Mora.

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