EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (95) La caja misteriosa

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—Y pensar que casi te echo de casa —expresó Sandra con gesto de preocupación—. Creí de veras que tenía motivos para sospechar y ahora, me avergüenzo por mi falta de confianza.

—Tranquila, mujer. Incómodo me sentía yo cuando hablaba contigo por teléfono. No se me da bien mentir y soy incapaz de disimular. En cualquier caso, ahora podemos afirmar que la situación se ha equilibrado y que todo tenía que pasar de esta manera. Al final, todo se esclarece.

—Apenas si te conozco, Alonso, pero habiendo sido la esposa de David, solo puedo trasladarte mi mayor agradecimiento.

—Lo acepto y no sabes cuánto me alegro por los dos.

—Entonces, mi amor —expuso Sandra dirigiendo su vista hacia la derecha—, todo eso que este hombre me comentó ayer relativo al asunto de la carta era tan solo una excusa para acceder aquí.

—En absoluto, Sandra. La carta existe, si bien en otro sentido, aunque me temo que no hay nada escrito en ella. Eso, ahora… poco importa. ¿Quieres verla?

—Claro que me gustaría verla, David, pero me temo que no te entiendo bien.

—Alonso, por favor, ¿puedes acompañar a mi mujer hasta la cocina?

—Claro. ¿Qué pretendes?

—En cuanto estemos allí te lo cuento.

—A ver, señor psicólogo —dijo el maestro mientras que abría sus brazos—. No me irás a pedir ahora una cerveza, como cuando estabas en mi casa.

—Claro que no, hombre. Mira ahí debajo y abre la puertecita que da acceso al fregadero.

—Vale. ¿Qué más tengo que hacer?

—¿Ves que al fondo hay una rejilla de ventilación para el gas?

—Espera que me agache. Ah, ya la veo.

—Dile a Sandra que te traiga un destornillador de estrella. En la despensa, si no han cambiado las cosas, debe existir una caja de herramientas.

Mientras que Alonso le iba comentando a la mujer todo lo que el psicólogo le iba diciendo, ella le trajo al hombre el destornillador que David había solicitado.

—Ahora, amigo, necesito que hagas un pequeño esfuerzo. Ten cuidado con la cabeza y ve aflojando los tornillos de la placa para que extraigas algo que hay adentro.

—Caramba, no sabía yo que un espíritu le podía ordenar a un vivo como yo que fuese desatornillando cosas. Lo que hay que ver. Menos mal que aún estoy ágil, je, je… ¿Verdad, David?

—Sí, no está nada mal. Te veo en forma, amigo. Bien, ahora que has quitado la rejilla, introduce tu mano en el hueco y notarás que hay una caja metálica dentro. Sácala, por favor.

Tras unos segundos de arduo trabajo, especialmente por lo incómodo de la postura en la que se hallaba el maestro y con el asombro en el rostro de Sandra, que no entendía nada de lo que estaba sucediendo…

—Papá, déjamela, anda, yo quiero coger esa caja —interrumpió de pronto la pequeña Paula.

—Vale, hija. Anda, Alonso, deja que la cría le entregue la caja a su madre.

—Perdón, cariño, pero nos tienes a todos intrigadísimos. ¿Se puede saber qué es lo que contiene esta misteriosa caja?

—Pues en cuanto la abras, verás que hay un sobre en su interior. Solo tienes que comprobar su contenido, mi amor.

—A ver… —comentó la mujer con una gran curiosidad—. Pero, ¿será posible? ¡Si aquí hay una verdadera fortuna en billetes de cien euros…!

—Hum… para ser exactos… cuarenta y nueve mil y pico… casi cincuenta mil euros, diría yo.

—Increíble —expresó Sandra entre lágrimas, al no dar crédito a lo que veía—. Pero, ¿de dónde ha salido toda esta cantidad de dinero?

—Cariño, esto es un secreto que he mantenido en silencio durante todo este tiempo. En las circunstancias en las que tú y la niña os halláis, creo que os va a venir muy bien. Realicé muchos peritajes en los últimos años y algunos clientes, satisfechos, me recompensaban en metálico, porque se sentían muy contentos y se mostraron conmigo muy agradecidos, más allá de la tarifa oficial. Los guardaba ahí, en ese hueco, para que estuviesen seguros y por si surgía alguna emergencia, que nunca se sabe. Tú no eras consciente de nada, ni tampoco te interesabas mucho por las cuentas. Ahora, tal y como se puso la situación, soy el hombre más feliz del mundo, porque sé que os resultará muy útil a las dos. No sabes lo que me alegro de haber conservado ahí esos ahorros.

—Entonces, papi, ¿tú crees que habrá suficiente para comprarme la bicicleta que siempre he querido? Es que ahora he crecido y la que tenía, ya se ha quedado un poco pequeña para mí.

—Bueno, mi niña, eso lo dejo en manos de tu madre. Sí, creo que habrá suficiente. De todas formas, ya sabes que, en esta casa, todos los regalos son merecidos, tú ya me entiendes… buenas notas en el cole… buen comportamiento en casa…

—¡Bien, bien, bien! Entonces, tendré bici nueva, papá… porque yo, todo eso lo hago. ¿Te puedo dar un beso con cosquillitas?

—Por supuesto, Paula. Quiero esas cosquillas, aquí, en mi cara —dijo el psicólogo mientras que se inclinaba para que su hija le besara en la mejilla.

…continuará…

4 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (95) La caja misteriosa»

  1. Maravilloso! que bonito! Así debería ser de natural al menos las despedidas y cosas importantes pendientes entre los de un lado y el otro! que bonitos capitulos! todos han aprendido! Sandra, la niña, David, Alonso, y Nosotros de este lado tambien!

  2. Capítulo interessante, mesmo estando em outro plano se preocupou com a família. Espírito valoroso que amou e ama de verdade. Sempre somos auxiliado e isso nos faz feliz.

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Dom Ago 21 , 2022
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