EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (86) Una llamada muy especial

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—Pero ¿qué más da? —preguntó extrañada la mujer—. Si es solo para entregarme una carta. O… ¿debo esperar más sorpresas? Desde que hemos empezado a hablar, no salgo de mi asombro.

—Ya veo que tienes una intuición desarrollada, Sandra. Como has dicho, en efecto, hay más.

—Lo sabía. Pues tú dirás, Alonso…

—Te seré franco. Además de la carta en sobre cerrado, él me dijo que si le pasaba algo, debía visitarte tras un tiempo prudencial y contarte una serie de cosas.

—Vale. Perdona, pero esto se está pareciendo a una película de misterio. No era consciente de que mi marido me ocultase tanta información y que no me dijese nada de nada al respecto.

—Yo no lo llamaría así, Sandra. Lo que está claro es que todos esos datos tan interesantes no te los voy a decir por teléfono. Para mí, son demasiado esenciales como para explicártelos a través de un móvil. Hay cosas que solo se pueden contar cara a cara. En cualquier caso, lo que te revelaré será de tu interés. De eso, no tengas dudas.

—Ya; eso es seguro. Quizá, antes de marcharse, él te dijo algo llamativo sobre mí, o tal vez, sobre nuestra hija.

—Hay un poco de todo. En cualquier caso, yo me sentiré más tranquilo en cuanto te lo cuente.

—Pues vaya. Y ¿no me puedes adelantar por encima de qué se trata? Creo que esta noche me va a costar trabajo dormirme con tantos secretos rondando sobre mi cabeza.

—Veamos, te adelantaré algo, para que ese nerviosismo que aparentas en el tono de tu voz se calme un poco.

—Adelante, por favor.

—Unos días antes de la fecha de su accidente de tráfico, David me comentó que tenía pensado cambiar la habitación de la niña, que se estaba haciendo mayorcita y que Paula necesitaba otro «aire» en su espacio más íntimo. Me llegó a decir que tú, esa cuestión, no la veías tan clara como él, pero que vuestra hija estaba entusiasmada con la idea, que le hacía mucha ilusión eso de cambiar los colores de la pintura, los muebles o la decoración. ¿Ves? Esta es una buena muestra de los comentarios que se suelen intercambiar entre los compañeros de trabajo.

—¡Dios mío! —acertó a decir la viuda del psicólogo con su voz entrecortada—. Me has dejado impresionada, Alonso. Confirmo esa noticia al cien por cien. Estoy tratando de asimilar la información que me has dado. Ese dato tan revelador, David solo se lo contaría a alguien muy íntimo, a un amigo muy especial, como parece que eres tú. En fin, no puedo añadir nada más. Perdona por la desconfianza inicial hacia tu persona. Trataba de ser prudente con alguien a quien no conocía. Comprenderás que me he quedado desarbolada, que a mi edad y con una cría correteando aún por casa, esta experiencia de perder a quien más quieres pues… no es precisamente simple ni fácil.

—Tienes toda la razón, amiga. Si a mí me hubiese ocurrido lo mismo, en fin… prefiero no pensar en ello.

—Me has convencido plenamente, Alonso. Si te parece bien, vamos a hacer lo siguiente. Mañana sábado por la tarde, te pasas por casa, me entregas la carta y hablamos de eso tan interesante sobre mi marido que me tienes que revelar. ¿Estás de acuerdo?

—Sí, por supuesto —expuso el maestro en un tono cordial y de confianza, como dando por terminada la conversación.

—¡Eh, un momento, hombre! Pero si ni siquiera sabes dónde vivo. ¿Tienes ahí un papel para apuntar mi dirección?

—No me hace falta, Sandra.

—Claro, ahora me dirás que David ya te lo había comentado.

—Así es. Mi casa no queda muy lejos de la tuya. Puedo llegar perfectamente dando un pequeño paseo. A esa hora y con este tiempo, resultará muy agradable. Cuando David me pasó su teléfono, también hablamos de dónde vivíamos, de cómo resultaba la vida en esas zonas residenciales, si estábamos contentos con las hipotecas que pagábamos… y todos esos aspectos que sobre la existencia cotidiana suelen hablar los amigos.

—Caramba, no dejas de sorprenderme, Alonso. Aún no puedo creer cómo mi esposo me pudo ocultar toda esa información sobre ti, alguien con quien compartía tantas intimidades.

—Pues ya lo ves, sorpresas te da la vida. En ese sentido, para mí resultaría una gran noticia que hubieses cambiado de vivienda. Tampoco hace tanto que él se fue.

—Ah, claro que no. Sus dos mujercitas continúan viviendo en el mismo lugar que los tres compartíamos. Creo que a él le hubiese gustado que fuese de ese modo. No te preocupes por ese dato.

—¡Qué pena!

—¿Por qué dices eso?

—Bueno, estaba pensando justamente en que las dos familias podríamos haber quedado para comer algún día. Ten en cuenta que nuestras hijas tienen edades parecidas y que seguro, ellas se lo habrían pasado en grande, al igual que sus padres. Pues lo dicho, mañana sobre las cuatro, me acerco a tu piso.

—Sí, te estaré esperando. Te invitaré a café o a té, o a lo que quieras. Prepararé algo para merendar.

—Ideal. Nos vemos. Si David hubiese estado aquí, pues… a él le habría encantado que yo conociese a su familia y su hogar.

—Seguro que sí, Alonso. Gracias por todo, por tu tiempo y por la confianza que tomaste con David. Intuyo que mañana será un gran día. Estoy deseando conocerte personalmente, ver la cara de alguien que cogió tanta amistad con mi marido.

—Cierto. Hasta mañana, Sandra.

…continuará…

2 comentarios en «EL PSICÓLOGO DEL MÁS ALLÁ (86) Una llamada muy especial»

  1. Que Inteligente Alonso! Ha valido la pena la espera por este Interesantisimo Capitulo,el mas importante de esta temporada por ser crucial que se ganase la confianza de Sandra!….que pesar,! tan joven y bella y con una niña que lo necesita tanto y tener que partir!…y esperar tanto para verles al menos….y volver a partir…para siempre!…cuanta tristeza nos causará!…

  2. Recuerda, Mora, que ese encuentro y la llamada telefónica fueron preprados cuidadosamente entre Alonso y David, para minimizar el riesgo de rechazo por parte de Sandra. El psicólogo le fue indicando a Alonso cómo debía abordar a su mujer, cómo debía aproximarse a ella, para que esta pudiese avenirse a ese diálogo en su casa. Abrazos.

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TwittearCompartirCompartirPin0 CompartirVeinticuatro horas después, un hombre bien vestido salía de su casa bajando los pocos escalones que daban acceso a aquella calle de Madrid. Junto a él, caminaba un espíritu con pinta de estar aún más nervioso que su acompañante del plano físico. —Bueno, no pretendo ser pesado, Alonso. Ahora […]